Category: Andanzas

Cartas babianas (CXI)

Queridos veraneantes:

Ya va siendo hora de cerrar esta correspondencia. Solo me quedaban en el tintero dos cartas, y las dos tienen que ver con Cataluña. La primera con su situación política, más bien habría que decir jurídico-constitucional, y la segunda con un catalán insigne, pero tiempo al tiempo.

Había empezado a escribir esta carta hace casi un mes, justo después del 1-O. Los acontecimientos han parado hasta esta hora, en la que el mundo descubre qué era la independencia prometida. Nada. Según parece en las comisarías se ha empezado a retirar el retrato de Puigdemont, convertido en un señor de Girona por obra tanto de la Constitución como de sus propias capacidades. Cataluña se ha despertado el sábado como se durmió el viernes, como una Comunidad Autónoma. El derecho, y se bien lo que me digo, es muy prosaico, incluso en las horas más graves. El artículo 155 se ha aplicado y, de momento, sin mayor resistencia. Salvo la del discurso del señor de Girona que, por recomendación de su abogado, no da un ¡viva! ni a la República de Argentina.

En la misma solemne sesión en la que el Parlamento de Cataluña votaba la tan ansiada independencia, ya se estaba acatando la fuerza del artículo 155. El Estado español (de Derecho) penetraba hasta el tuétano de los diputados autonómicos, que decidieron votar en secreto por miedo a la legalidad y fuerza del Estado del que se separaban.

Los independentistas no nos han hablado en serio ni el mismísimo día en que, por fin, dejaban de serlo. Han mentido a sus fervientes feligreses. Los mismos que en las primeras horas sacaron de sus bolsillos los DNI para quemarlos; menos mal que en el paquete de promesas no se incluía la de una nueva moneda, porque habrían hecho los mismo con los billetes de cincuenta euros, y a diferencia del DNI ya no los podrían recuperar a cambio de una pequeña multa.

Mucha gente, apisonada por la propaganda, les ha creído y hoy, al salir a la calle se dan cuenta de que el jefe de los Mossos es el Ministro del Interior y de que siguen en España como si el viernes no hubiera ocurrido nada.

Pero la verdad es que han ocurrido cosas muy serias. Han violado la Constitución y el Estatuto de Autonomía, de forma fría y premeditada. Esas normas son la que convierten a los hombres en ciudadanos, sujetos de derechos inalienables: a la vida, a la integridad física, a la educación… Y quien hace esto, debemos entender que está dispuesto a hacer cualquier cosa.
A estas horas, todo apunta a que a las elecciones autonómicas de diciembre se presentarán los independentistas. La última y definitiva prueba de que el viernes no querían declarar nada. La confirmación de que se someten a la Constitución, como cualquier otro ciudadano de este país.
Las bases independentistas están conociendo cómo realmente son sus cuadros. Tampoco se libran de la mediocridad de esta época.
Cuídense.

Cartas babianas (CX)

Queridos veraneantes:

Trato de estirar esta correspondencia para cumplir con las cartas que pensaba escribir. La frecuencia no puede ser la misma porque el curso ha comenzado. Estas cartas me llevan a mi infancia, un lugar inexpugnable que espero trasladar al pequeño. Comprendes perfectamente lo que digo porque has estado allí y sigues aquí.

Sánchez Ferlosio en el discurso de aceptación del Premio Cervantes recuerda la distinción entre los juegos no competitivos y los competitivos, juegos anagónicos y juegos agónicos; «agón» representa el principio de competitividad. El deporte profesional que vemos y, en cierta medida, el que practicamos como amateurs, es un juego agónico. Lo que cuenta es ganar, llegar el primero o, al menos, ser mejor cada vez.

En el ciclismo para competir primero hay que resistir. Sobre el ciclismo se ha cebado el dopaje y ha dejado de ser lo que era en los años noventa: el deporte del verano. Basta ver el impresionante documental Ícaro, para comprobar que no solo es un problema del ciclismo. No obstante, la traición se ve muy claramente en el ciclismo porque es un deporte (agónico) que requiere de héroes de carne y hueso. Después del confeso Amstrong tardará en haberlos.

Contador se ha retirado siendo el mejor en la resistencia. El ciclismo de ataque añade fuerza y sacrificio a la resistencia. Desde la perspectiva agónica si el ataque no te lleva a la victoria es vano. Sin embargo, en el ciclismo de ataque hay mucho de juego anagónico, donde la grandeza es ponerse sobre la bici y acelerar. Es la esencia del ciclismo: dejar que la fuerza te lleve hasta donde puedes llegar. Incluso, cuando la pierdes siempre te queda la resistencia, aunque a «agón» ya no le importe.

Al final, Contador rindió tributo a «agón» y ganó cuando ya parecía que no podía hacerlo. Quienes miden a los ciclistas por la victoria, no saben ver ciclismo y deberían ir al hipódromo. Aquí, la admiración se siente por cada corredor que acaba una etapa o una gran vuelta. Y la épica es probar tus fuerzas, agotarte tratando que tu fatiga sea más leve o tardía que la del rival. Contador ha vencido pero también ha sabido jugar anagónicamente al ciclismo.

La bici es el primer instrumento de libertad que un niño tiene. Precisamente por eso debería ser un derecho reconocido. La relación entre el movimiento y la libertad es obvia y la bicicleta logra ensanchar el radio. La satisfacción de llegar a un sitio lejano por tus propios medios, una especie de emancipación por fases. Con el tiempo, representa la posibilidad de que el aire te dé directamente en la cara, y de pensar tranquilamente. Afortunadamente, gracias a la tecnología textil la bici es para todo el año, como la libertad.

Aún me quedan dos cartas más en la cabeza, espero poder enviártelas con cierta rapidez. Lo bueno de Babia es que es un territorio no expuesto al tiempo, al menos al tiempo que miden los hombres, y que la condición de veraneantes la llevamos pegada, como el acento, a la suela de los zapatos. Así que las dos premisas de la correspondencia: Babia y la condición política de veraneante no serán perturbadas por la mora.

Cuídense.

Cartas babianas (CIX)

Queridos veraneantes:

Las romerías o fiestas al aire libre amenizadas por una o varias orquestas –cada día más pretenciosas–, fiestas de prao (en nuestro vernáculo ancestral) responden al mismo patrón sociológico. El grueso del grupo se limita a observar la actuación. Apenas se puede hablar porque el sonido está lo suficientemente alto como para que la atención se concentre, forzadamente, en los artistas. Una minoría baila y otro gran grupo mira y bebe, situándose lo más cerca posible del bar. En estos casos el generoso alcohol amodorra más que exalta, al menos, en los primeros compases de fiesta.

Hay personas que acuden por mera curiosidad, incluso hay quien no se quita ni las zapatillas para salir a la plaza del pueblo. Cambian la televisión por la verbena. Rodean el recinto para asegurarse de que han visto todo, acaban por trabar conversación con algún vecino o veraneante. Otra clase son los acompañantes, quienes se han visto forzados a ir por compromiso, cortesía o para vigilar a sus hijos. Se muestran tranquilos y desenfadados, y se conforman con hacer una crítica musical de la orquesta. Aunque no lo confiesen se percatan de que hay nueva música y de que el tiempo corre siempre en dirección a «una chica yeyé». Asumen que Julio Iglesias es un clásico respetable, pronto se deslizarán por la pavorosa pendiente de considerar el pasodoble como una pieza imprescindible.

Una fiesta es una fiesta y hay quien se la toma totalmente en serio. Se visten para la ocasión, se suben a unos tacones o abotonan una camisa formal. La fiesta es una cita social que sirve para relacionarse, y a pesar de las dificultades ambientales lo logran.

Lo que en una fiesta de esta clase cuenta son las miradas. Si uno tiene paciencia podría dibujar un mapa de miradas que se cruzan accidentalmente, que se buscan, que se detienen, que provocan otras o que fisgonean todo lo que pueden. Si trazásemos una línea por cada mirada, quedaríamos todos enredados en una tupida red. Hay quien llega, percibe la observación ajena y a partir de entonces se dedica únicamente a cultivarla. Busca concienzudamente la curiosidad especial de alguien (del observador sorprendido) o la general de cualquiera. Para conseguir su propósito se anima, comienza a bailotear sino lo hacía o a moverse leve y coquetamente, por temor a que su presa (el observador) encuentre a alguien más interesante al que mirar. Según avanza la noche, y el cruce de miradas, puede que el observado se convierta en observador. En esta clase de fiestas este juego furtivo de mirar para ser mirado puede que sea lo más interesante.

Esta semana han llegado los ecos de las críticas a la primera dama, Melania Trump, por haberse puesto unos salones de aguja de diez centímetros, es así como se llaman técnicamente los stilettos, para hacer la visita oficial a la zona afectada por el huracán en Texas. Los comentarios surtieron efecto y cambió la sofisticación por unos playeros tipo tenis clásicos. Pero, como arrepintiéndose, en la segunda visita a Texas volvió a calzarse sus habituales salones de aguja.

La indumentaria es una forma de comunicación. De la misma forma que nadie puede decir lo que quiera sin ser considerado como un grosero o mal educado, tampoco puede vestir como le plazca sin transgredir los usos sociales. Lo cierto es que hay muchos contextos en los que no se sabe muy bien cuál es el código de vestimenta correcto. No lo digo por lo de Texas, parece claro que para esa ocasión lo suyo habrían sido unas botas; sino en otros contextos. Sin ir más lejos en nuestra fiesta, ¿cómo habría que vestir? Entre las zapatillas y quienes se toman en serio la ocasión me inclino por los segundos, con el límite siempre del baile de disfraces. Frontera que en muchas bodas ya se ha rebasado. Cada vez es más habitual ver a las salidas de iglesias y ayuntamientos un desfile extravagante de cortesanos sin Corte ni Soberano.

La similitud entre vestirse y camuflarse que me temo que es lo que puede reprocharse a la primera dama.

Cuídense.

Cartas babianas (CVIII)

Queridos veraneantes:

La sequía ha dejado al desnudo el rastro del pueblo. Los restos de las paredes de los pastizales, el dibujo de los caminos y la huella de las entradas a las propiedades. El agua ha conservado algún resto de los puentes, aunque el río residual no siga el mismo cauce. Se desvelan los cuadros de las casas, incluso se conservan algunas de sus paredes. La sequía convierte a los pantanos en radiografías, en las que podemos ver las interioridades del pueblo muerto. Conocí a un señor al que la nostalgia nunca más le dejó vivir sin asomarse a diario al borde del pantano y recordar lo que fue y quien fue. Era un hombre huraño al que los niños temíamos sin motivo. Al conocer su secreto, dejé de tenerle miedo. Simplemente era un hombre solo que se había quedado sin pueblo.

Hace apenas unas horas ha caído una tormenta de verano que no pondrá remedio a la sequía.

Aquí es raro hablar de sequía. La negación de un acontecimiento porque las posibilidades de que ocurra sean remotas no es una buena base para una estrategia.

Ha seguido lloviendo. El verano todavía no se retira, aquí suele resistir el mes de septiembre, aunque contra la brevedad de los días y el comienzo de las rutinas ya no se pueda luchar.

Me alegra leer este largo artículo de Oliver Burkeman, en The Guardian, sobre los Nuevos Optimistas, en el que a partir de datos y hechos se acredita (e insiste) que el mundo cada vez es mejor. Rotundamente. Esta verdad choca con nuestros sesgos cognitivos y con las situaciones individuales. Los dramas particulares no dejan de ser dramas. Está claro que ya no hay tantas hambrunas y que en China cada vez más personas gozan de las ventajas de estar en la clase media. Sin embargo, prestamos más atención a las noticias negativas hasta el punto de apartarnos de la realidad.

¿El Nuevo Optimismo es una visión ideológica para defender las democracias liberales de libre mercado? Parece más bien que es la constatación fáctica de que ha sido el sistema político más exitoso de la historia en términos de prosperidad y distribución de la renta. Los populismos han sido la reacción, simplemente han limitado el espacio de observación, no importa el progreso global sino la situación local. Con este enfoque capitalizan políticamente las frustraciones, imaginando un mundo camino del precipicio.

Lo mejor del Nuevo Optimismo es que nos proporciona argumentos para seguir mejorando. No se trata de una esperanza metafísica sino de la posibilidad efectiva de que con nuestro esfuerzo, nuestras comunidades progresen, como lo hace, agregadamente, el mundo en los últimos tiempos. La visión contraria acabará por hacer que nos rindamos.

Nuestras sociedades son demasiado complejas para las soluciones pesimistas. El populismo es la última manifestación del irracionalismo. Los datos y los hechos, la verdad, es lo único que puede librarnos de esta nueva caverna.

Cartas babianas (CVII)

Queridos veraneantes:

Los debates públicos que han dejado tras de sí los atentados revelan que falta información sobre los detalles fácticos, tan importantes en una democracia. Han ocurrido en pocas horas muchas cosas que las autoridades deberían explicar con orden. Me refiero a los datos que no afectan a la información de inteligencia, que en buena lógica deben preservarse. Conviene aclarar cómo ha circulado la información o cómo no lo ha hecho y cuáles fueron las circunstancias por las que no se consideró la hipótesis terrorista en la explosión de una casa ocupada, llena de bombonas de butano.

La falta de estas explicaciones alienta toda clase de especulaciones estériles y partidistas. Además de generar relatos ficticios sobre las cosas que podrían haber sucedido, que siempre son mejores que las que han ocurrido.

Las autoridades no pueden alimentar ficciones. Cualquier persona normal sabe que se trata de un riesgo complejo difícil de prevenir. Sin embargo, estamos leyendo insinuaciones o relatos que se alejan completamente de los hechos.

Agosto, visto desde los primeros días de vuelta al trabajo, es un mes incorpóreo en el que se planifica batalla a batalla la guerra del curso. No me cansaré de repetir que, no solo para mí, los años empiezan en septiembre. Hablo de España y si me apuran de mi barrio, porque en el resto del mundo, a juzgar por la prensa, hay mucha más actividad.

A la somnolencia de la ciudad no ayudan nada estos días oscuros. En las salidas en bici vemos como el parque se va llenando poco a poco de personas solitarias. Pasean sin convicción a un perro; deambulan hasta el límite de sus fuerzas; leen en sitios raros; se sientan simplemente; o se tumban en la hierba como si estuvieran en otro lugar. Por no hablar de los que corren o salen disparados en bicicleta. Para cada uno de ellos podríamos inventar una historia. Debo confesar que muchas veces me sorprendo imaginando qué harán cuándo lleguen a casa, o por qué han decidido salir en este preciso instante, qué vidas tienen, en qué piensan cuando nos cruzamos la mirada, o qué historia estarán inventando para nosotros dos.

Los libros se encadenan y el último eslabón es un interesante ensayo sobre las diferentes visiones que se tienen del derecho. Una traducción del gran Puig Brutau –uno de los mejores juristas españoles– de Roscoe Pound ‘Las grandes tendencias del pensamiento jurídico’, otra extraordinaria aportación del derecho norteamericano, de la que daré cuenta.

No sé si de tantas lecturas desordenadas conseguiré mi propósito. En todo caso, ya he renunciado a cualquier plan, así que trabajaré a salto de lectura. Espero que cuando llegue al pequeño (no sé cuando podrá ser) sea algo más que un amasijo de ideas mal digeridas.

Cuídense.

Cartas babianas (CVI)

Queridos veraneantes:
El otro libro al que me refería en la última carta es ‘Los diez mejores jueces de la Historia norteamericana’ de Bernard Schwartz. Es una historia de héroes. Ya no se escribe este tipo de ensayos sobre las peripecias de personas extraordinarias. El mundo está hecho de gente corriente pero no solo. Las sociedades no deberíamos disimular a los hombres excepcionales que tanto nos han ayudado. Al fin y al cabo necesitamos modelos que nos inspiren. Este libro lo hace.

Estados Unidos es una bella construcción jurídica. Un país fundado por granjeros, que sus jueces (y clase jurídica) han contribuido a desarrollar removiendo las estructuras que dificultaban el progreso. Sus grandes debates sociales (armas, aborto, matrimonio homosexual, competencias de la Federación y los Estados &c.) se ventilan en su Tribunal Supremo, el mejor órgano jurisdiccional del mundo. Escribe Tocqueville: «El Tribunal Supremo está situado en un lugar más alto que el que ocupa cualquier otro tribunal conocido… La paz, la prosperidad y la existencia misma de la Unión están en las manos de los siete jueces federales».

El juez Marshall dispuso los cimientos constitucionales de la nueva Nación; y el Tribunal Supremo de Warren estableció los principios constitucionales del Estados Unidos moderno. Amplió el contenido material del Bill of Rights (un republicano como Jefferson insistió para que la Constitución fijara derechos individuales y otro republicano como Warren consolidó una interpretación amplia de los mismos). Y acabó definitivamente con la segregación, poniendo fin a la doctrina de ‘iguales pero separados’ fijada en la sentencia Plessy v. Ferguson (1896).

Pudo ser considerado como un giro radical, pero como certeramente sentencia Schwartz: «Los conceptos y principios que no hace mucho tiempo se nos presentaban como claramente radicales, son hoy reglas jurídicas ampliamente aceptadas».

Destacaré a alguno de nuestros héroes. Un juez que no llegó al Tribunal Supremo, pero que presidió el del Estado de Massachusettes, Lemuel Shaw elaboró una teoría sobre la intervención pública y sus límites en los asuntos de interés general. Dejó una sencilla definición de la potestad de policía en su sentencia (Commonwealth v. Alger): «el poder de policía, el poder delegado por la Constitución en el Congreso para establecer, hacer y promulgar todo tipo de leyes razonables…, que no repugnen a la Constitución, al estar dirigidas a la consecución del bien común».

Cardozo, el juez que sustituyó a Oliver W. Holmes, en un voto particular cuando formaba parte del Tribunal Supremo de Nueva York, en Graf v. Hope Bldg. Corp.(1930), afirmó con rotundidad que: «No tiene el carácter de principio firmemente establecido la regla de que la equity obliga a los que han constituido una hipoteca a ejecutarla, sin consideración de las posibles apelaciones ad misericordiam, por muy urgentes o dignas de respeto que sean estas llamadas a la caridad». Recordando que el derecho debe servir al hombre, y el jurista a su comunidad.

Quien debe rematar esta carta es mi admirado Oliver Wendell Holmes: «la verdad es la única forma en que los deseos pueden llevarse a cabo con seguridad». El derecho debe ser el método para hallar la verdad, y una vez declarada con todo esfuerzo y solemnidad, debe prevalecer salvo prueba en contrario. Lo cierto es que la verdad jurídica no vive sus mejores momentos. A pesar de una absolución limpia y clara, muchos inocentes morirán culpables, con independencia del debido procedimiento legal.

Perdón por la insistencia.

Cuídense.

Cartas babianas (CV)

Queridos veraneantes:

El terrorismo amenaza a la civilización. Pretende infundirnos miedo y distraernos para que nuestras vidas no sean como queremos. Planean acabar con nuestras rutinas y nuestras seguridades, para imponernos las suyas, que sabemos son irracionales y ontológicamente inferiores a nuestra forma de vida. Es una lucha desigual porque nuestra sociedad y nuestros ideales liberales-demócratas son superiores a los suyos. Por eso, a la larga, estamos ganándolos. Lo que no impide que tengamos que resistir, sufrir y padecer. Este es el motivo por el que digo a mi hijo que las leyes deben cumplirse, porque es la mejor forma que tendrá de protegerse frente a los salvajes. Y todos aquellos que las incumplen o animan a hacerlo lo son.

***

He deshuesado los dos libros que, con realismo, me había propuesto acabar de leer y releer estas vacaciones. De ambos ya he hablado en esta correspondencia.

‘Quién obtiene qué y por qué’ del premio Nobel de Economía Alvin E. Roth, sobre el diseño de mercados y regalo de mi gran amigo Juan. Por no hacer demasiado larga la carta, destacaré tres cosas.

Primero. La importancia de pensar no solo en un emparejamiento primario donde comprador y vendedor se vinculan a través del precio; sino contemplar la posibilidad de ciclos superiores de intercambio de los que puedan beneficiarse más personas. El ejemplo propuesto es muy gráfico: pensemos en un hijo que necesita un riñón, su padre está dispuesto a donárselo pero resulta que son incompatibles. Esta situación biológica frustraría el emparejamiento. Sin embargo, si el riñón del padre se destina a otra persona para la que sea compatible, el riñón que correspondería a esa tercera persona –por ejemplo, procedente de un donante muerto– podría pasar al hijo. De esta forma, una acción, la disposición del padre a donar un riñón a su hijo habría dado lugar a dos emparejamientos beneficiosos. Si este caso se escala, contemplando a todos los posibles donantes vivos y muertos con todas las personas necesitadas de un riñón las ventajas son claras.

Segundo. La utilidad del algoritmo de asignación diferida para evitar las decisiones estratégicas de los que acuden a un mercado. Se llama decisión estratégica a la decisión que depende de lo que van a hacer otros. En este caso, el ejemplo puede ser la asignación de colegio, a través de un algoritmo de asignación inmediata. Tal y como está diseñado este mercado, los colegios cubren sus plazas según los puntos que tienen los candidatos (renta, proximidad, hermanos en el colegio), tomando a todos aquellos que hayan puesto como primera elección ese colegio, cualquiera que sean los puntos que tengan. Es decir, tendrán preferencia los candidatos que hayan elegido el colegio como primera opción, frente a un posible candidato con más puntos que lo haya elegido como segunda opción. El efecto es que los padres no eligen el colegio que desean, sino que hacen una decisión estratégica y optan por el colegio en el que tendrán opciones reales de ser admitidos.

Si se establece un algoritmo de asignación diferida, los colegios no negarán la admisión de alumnos hasta que se ocupen todas sus plazas con los que tienen la prioridad más alta (más puntos). Es decir, los candidatos tienen tantas posibilidades de entrar en el que constituye su segunda opción como si lo hubiera listado en primer lugar.

Aunque parezca elemental, la pereza o desidia de algunas Administraciones educativas hace que no se use este sistema y se acuda a la asignación inmediata; en el erróneo entendido que eso produce emparejamientos más ventajosos.

Si se preguntara a los responsables políticos ellos se remitirían a que las reglas son claras y todo el mundo las conoce de antemano. En definitiva, a esos responsables no les importa, o quizá les convenga que parte del alumnado huya de su sistema educativo a centros privados o deje la ciudad o el distrito educativo.
Por suerte para los bostonianos, sus autoridades educativas corrigieron el antiguo sistema con la ayuda de Alvin Roth. Otros alumnos de otras partes sin embargo, tendrán que fastidiarse.

Tercero. Las subastas ascendentes de segundo precio más alto son un mecanismo que incentiva que cada postor otorgue el valor que cree que tiene el objeto subastado, evitando maniobras estratégicas. La ganancia del mejor postor es lo que el objeto vale para él, menos lo que tiene que pagar por él, siendo la ganancia del resto de postores cero.

La explicación es la siguiente:

Supongamos que el verdadero valor para ti del objeto por el que estás pujando es de 100 $. Si ofreces 100 $, o bien tu puja será la más alta, en cuyo caso recibirás el objeto y pagarás el monto de la segunda puja más alta, digamos 90 $, o bien otro postor ofrecerá más, en cuyo caso tú no pagarás nada ni obtendrás nada.
Si tu puja es la más alta, recibirás un objeto que para ti vale 100 a solo 90 $, de manera que obtendrás una ganancia de 10 $. Qué pasaría si ofrecieras 95 $ en lugar del verdadero valor que el objeto tiene para ti. Pagarías también 90 $ ya que esta es una subasta de segundo precio más alto, de modo que obtendrías la misma ganancia. Pero supongamos que ofreces menos, digamos 85 $. En este caso, no serás el postor más alto y obtendrás cero ganancias. Por tanto, si el verdadero valor para ti es más alto que las demás pujas, reducir la tuya por debajo de ese valor no te sirve de nada cuando continúas siendo el postor más alto; si bajas tanto tu puja que dejas de ser el ganador de la subasta, saldrás perjudicado, porque tu ganancia se reducirá a cero.

Me temo que se me ha hecho muy tarde, dedicaré otra carta al otro libro. Aunque las vacaciones se vayan acabando espero prolongar esta correspondencia.

Cuídense.

Cartas babianas (CIV)

Queridos veraneantes:

Fin de semana en Babia. La luz de la tarde esmalta el paisaje. Las cigüeñas han abandonado el pueblo, son la primera ausencia del verano. A media tarde, caminamos en una marcha solidaria hacia Villasecino, Babia está llena de paseos memorables, caminos que tupen la comarca comunicando uno a uno los pueblos, a espaldas de la carretera principal. La pena es que estos pasos van claudicando por el desuso, tal vez ya se hayan perdido muchos y los que quedan están en peligro de desaparecer. Ante este trance quizá deberían pavimentarse para evitar su enterramiento.

Nos tropezamos con un rebaño de mil doscientas ovejas, mientras pasábamos, el pastor retuvo a los ocho mastines que ladraban despiadadamente. Llegamos al mismo prado en el que vivimos tantas noches de fiesta. Pura nostalgia.

En el patio, los pequeños disfrutan de la libertad del aire libre y de poder hacer cosas que en unos días le estarán vedadas. Un regalo que te hacen sin darse cuenta.

Estas vacaciones he abandonado la actualidad, como si pudiera. Solo oigo los ecos que vienen de Washington en donde el Presidente hace esfuerzos por distraernos a todos con la extravagancia de pronunciarse a través de tweets. A distancia, da la impresión de que nadie sabe a ciencia cierta con que apoyos cuenta, ni siquiera él que marca las distancias con cualquier auditorio, pensando en que pesca un poco de todos los bancos de votantes.

Me gustaría escribir de lo que leo, pero la verdad es que el tiempo se me escapa sin que pueda leer lo programado. Confío en que esta última semana de vacaciones pueda contarles algo más, pero será poco y la lista se seguirá acumulando sin remedio.

Cuídense.

Cartas babianas (CIII)

Queridos veraneantes:

Hoy el sol desborda el valle y a las ocho había tanta luz como si fuera mediodía. A veces, el verano es verano. De fondo unos episodios de Pocoyo y para hacer tiempo releo un librito del gran Bernard Schwartz sobre los diez mejores jueces de la Historia norteamericana. Una prueba más de la importancia que en una sociedad democrática y de derecho tienen los buenos jueces. También se ve con claridad cómo los jueces contribuyen al desarrollo social, o visto de otra forma, el carácter instrumental del derecho. Puede parecer obvio, pero en ocasiones el derecho es tratado como una doctrina inmutable y exenta, ¡«extra omnes»! El derecho americano está tejido, en gran parte, por las resoluciones de su Tribunal Supremo, que pone la teoría a la altura de la realidad. Al igual que las leyes físicas permiten construir aviones u otros ingenios al servicio de los hombres, las teorías jurídicas deben permitirnos mejorar, sin embargo, en no pocas ocasiones son un elemento retardatario.

Ozark es una ciudad de Missouri, el Estado del presidente Truman –quien nunca pensó que llegaría a ser presidente–, y sirve de escenario a una serie interesante. Sin destriparla, trata de las consecuencias de blanquear dinero para un cártel de drogas. La línea invisible entre el delincuente de cuello blanco o de ordenador y la delincuencia sangrienta. A pesar de que la empresa es la misma es indiscutible que se mueven en dos planos diferentes, con el riesgo de que ambos se confundan y se salden de la misma forma. Si eso ocurre se produce una vertiginosa fuga que se convierte en una forma de vida que arrastra a los personajes a hacer cosas inesperadas e impropias de una acomodada familia. Ya no huyen de la cárcel, que también, sino del asesinato como pena y fin. A medida de que uno se aleja de las ciudades (de la civilización) da con espacios propicios para la huída en la que contradictoriamente los «prófugos» nunca podrán pasar desapercibidos.

A mitad de la noche he despertado por los picotazos de un mosquito que actuaba con alevosía y ensañamiento. Es un picor nervioso, que solo se alivia con el paso del tiempo. Es inevitable rascarse hasta la herida, lo que seguramente provocará que el veneno entre con más facilidad en el torrente sanguíneo y el dolor se agudice. El frío del agua lo aplaca, pero vuelve con la misma intensidad una vez que se abandona esa terapia de urgencia. El invento para su aniquilamiento no funcionaba, el insecto se pavoneaba de su victoria. La guerra química será inevitable.

Cuídense.

Cartas babianas (CII)

Queridos veraneantes:

Las cartas no tienen el ritmo que me gustaría, pero cuando tengo tiempo para escribir me duermo. No hay nada mejor que acabar el día cansado. A pesar de que el tiempo está revuelto nos ha respetado: llueve al oscurecer y por la noche; durante el día las nubes esperan amenazantes su momento y a veces por la tarde escampa. Hoy parece que habrá sol desde el principio, aunque no tiene pinta de que haga mucho calor, de momento, no es agosto para playas.

La rutina incluye veinte kilómetros de bici en los que disfrutamos de una de nuestras conversaciones silábicas y onomatopéyicas. Hasta que advierten la presencia del pequeño, la gente me mira sorprendida y con un punto de indulgencia como perdonando la inofensiva enajenación del ciclista. Hacemos un circuito en el que evitamos el peligro de los coches, por unas carreteras que la vegetación va ocupando pausadamente, sin que parezca que nadie quiera evitar que se cierren definitiva e irreversiblemente. Ahora la prioridad la tienen los caminos de fibra o las señales electromagnéticas, pero de momento, no sirven para el tránsito físico de las personas, al menos, hasta que nuestros torsos no puedan dilacerarse, como diría el poeta.

No estamos en Babia, pero solo estamos a la distancia de un fonema. Prueba de que Babia es una red universal en la que uno siempre tiene la seguridad de caer. La vida adulta acorta los veranos, en los que también había espacio para el aburrimiento. Ahora, siempre quedan muchas cosas por hacer y libros por leer.

En todo caso hay que disfrutar tranquilamente de que el verano paralice todo, o mejor, ralentice todo. Ayer en una tienda de bicis y motos –como si pudieran juntarse sin violencia estas máquinas– un comprador preguntaba si su moto gris le podría ser entregada pronto. La chica del mostrador le explicaba que son meses muy malos, porque hay una distracción generalizada y ocurre que el encargado de los asuntos urgentes siempre es el que está de vacaciones, salvo ella, claro. El comprador le respondía, con el disfraz de una amable ingenuidad, que si se la daban en octubre, ya no serviría de nada, al fin y al cabo las motos son para el verano. Escuchaba su razonamiento y me convencía de que la moto en el invierno desaparecería, como se esfuman los pantalones cortos y los días interminables. Nuestra satisfacción está íntimamente ligada a la inmediatez.

Ahora mismo, parece que el cielo está dispuesto a negar el primer párrafo, pero aunque sea para confundirlo lo dejaré tal cual.

Si tuviera que definir el carisma emplearía este video. The Boss improvisando una canción de Chuck Berry. Al final, se van incorporando todos los músicos como si la canción formara parte del concierto. Con una espectacular sección de viento que sigue a un trepidante piano que convierte en clásica la melodía. La voz de Spingsteen recuerda que la canción tiene letra. La música es capaz de lanzarnos colectivamente y, en este caso, de ser un ejemplo de liderazgo.

Escuchen, disfruten y cuídense.

Cartas babianas (CI)

Queridos veraneantes:

Esta es una casa campamento, a la que día a día se van sumando efectivos, mientras escribo esto espero. La diferencia es que un campamento es orden y diversión, aquí prima lo segundo sobre lo primero.

Venezuela es el último ejemplo en el que una democracia muda en dictadura. Lo estamos viendo a golpe de tweet, resulta inevitable sentir impotencia. La distancia física no nos hace inmunes, las grandes catástrofes políticas se fabrican con lentitud, como un gran huracán necesita su tiempo en alta mar antes de desatar el infierno en la tierra. No estamos a salvo, tenemos que estar vigilantes y no sucumbir a los discursos fáciles llenos de «gente», «pueblo», «los nuestros», «los buenos», «los malos»… A todas las democracias siempre le acecha la amenaza de la tiranía, aunque se disfrace de la solución sencilla a los complejos problemas. No hay nada más primitivo que matar, encarcelar o callar al discrepante, nuestras Historias están llenas de ejemplos. Lo que debería acabar es cualquier mediación hasta que los orates no se detengan.

El día se recompuso con elegancia. A la sombra estaba fresco pero el sol hacía razonablemente su trabajo. En el paseo diario agotamos un camino que nos depositó en la misma puerta del cementerio de un pueblo cercano. Unos metros antes, las ruinas de una iglesia rendida al tiempo. En las desgastadas carreteras asoman los rastros de hierro mientras que el alquitrán se derrite por momentos.
En el supermercado una amable pelirroja me ha preguntado: «¿no tenéis una sección bio?», cuando advirtió el error se disculpó mil veces y se alejó por el pasillo en busca de la sección bio. Perderse en un supermercado es lo más normal del mundo, como tampoco hay mucho personal, es lógico que la pelirroja preguntara al primero que tuvo a tiro. En estos casos, los compradores deberíamos rastrear en manada, sin embargo impera el «sálvese quien pueda».
Dunkerque es una película interesante. Describe la angustia de las pequeñas historias de cientos miles de soldados sin destino. Sin embargo no se oyen tambores apocalípticos ni diálogos solemnes. La acción basta para contar como el instinto de supervivencia nos sostiene en los peores momentos. Todo parece empeorar por momentos cuando la muerte llama a la muerte. El final conocido no perturba la narración, la película no da con él sin más, sino que previamente ha dejado que la guerra se desenvuelva. Las historias de héroes deben escribirse siempre desde el barro; quien vaya al cine debe saber que saldrá embarrado. La vida es precisamente eso, lo demás son fabulaciones que nos protegen de la más extrema lucidez.
Cuídense.

Cartas babianas (C)

Queridos veraneantes:

Esta es la carta número cien. Esta correspondencia comenzó el 19 de julio de 2009 en este mismo lugar. Han pasado ocho años, ocho veranos. Podría escribir que parece que fue ayer, y que el tiempo pasa muy rápido. Estas cartas atestiguan que el tiempo simplemente pasa, ni rápido ni lento. En esta materia, la única sensación que tengo es que el mundo está cambiando muy deprisa, con independencia del ritmo con el que avanzan nuestras vidas.

En este tiempo, la principal novedad ha sido el pequeño, lo más parecido que me pasará a descubrir un nuevo mundo. Lo sabes muy bien, porque los anhelos se desplazan y sin darte cuenta, comienzas a confiar decididamente en un porvenir que ya no será el mío.

A los que me conocen –todos los lectores lo hacen− no les extraña que esta correspondencia haya durado tantos años. Solo ha sido posible por causa (culpa) de mi carácter, así que el mérito lo tienen quienes me han leído, cualquiera que haya sido el motivo. Salvo causa de extrema gravedad esta correspondencia durará. Se ha apoderado del blog, que sigue siendo la forma en la que lucho contra mí mismo.
La mañana en León ha sido muy agradable, un paseo por el centro deseando que llegara el momento en que nuestros cuatro ojos se detuvieran en la punta de nuestros zapatos y poco a poco se alzaran revelando la imponente fachada de la catedral. Estremecidos tuvimos que sentarnos y hablar de cosas corrientes, para quitarnos el peso de la historia.

En la comida disfrutamos de uno de los mejores conversadores que conozco, capaz de atraer mi atención a cualquier aspecto por muy remoto que esté de mi centro de intereses. Nos pusimos ante el Locus Apellationis y no pude dejar de pensar en el bien que siempre ha hecho el Derecho a la Justicia.
Por la tarde, debidamente abrigados, en formación de tres generaciones, dimos el paseo de rigor y aprendimos que cuando en el sureste hay nubes hace frío pero no llueve, sobre todo, si la niebla empapa a Peña Ubiña. Los observadores nos han precisado que estos signos indican que inequívocamente en uno o dos días llegará el buen tiempo.
Sigo siendo un simple veraneante, y el verano sigue siendo una isla.
Cuídense.

Cartas babianas (XCIX)

Queridos veraneantes:

Las vacaciones, poco a poco, han dejado de ser un espacio estanco en el que solo sucedían las cosas que uno quería. Esas fronteras se van haciendo porosas y cada vez es más difícil reconocer los minutos en los que uno vive. El caso es aprovechar la paz que teóricamente trae el no tener que hacer nada. Babia siempre ha sido eso, salvo en contadas ocasiones, en las que nos recluíamos aquí a preparar los exámenes de junio. El silencio y la distancia ayudaban a la concentración, los resultados fueron buenos. Ahora el reto es compaginar las dos cosas y descansar al máximo.

En las protocolarias despedidas de verano todo el mundo habla de desconectar. Me parece imposible, aunque pueda funcionar como placebo. Varias semanas no pueden apartarte del trabajo, podrán servir para que descanses, pero las preocupaciones –con la misma intermitencia de siempre− siguen ahí, aguardando su turno. Ya no hay exámenes que pongan el contador a cero.

Estoy leyendo con mucha parsimonia un libro sobre cómo funcionó la Comisión Warren encargada de investigar el asesinato de Kennedy. Es conocida por su categórica conclusión de que no hubo conspiración y de que Oswald actuó solo, por su cuenta y riesgo. En realidad hay dos grandes versiones: la conspirativa de Jim Garrison –promocionada magistralmente por Oliver Stone− y la del asesino solitario de la Comisión Warren. Al margen del asunto del quién, el libro tiene interés porque cuenta los detalles del trabajo de la comisión, y hay algunos sorprendentes.

Silvia Durán era una mujer con la que Oswald se supone que mantuvo una relación en un viaje a México, meses antes del asesinato. Una enigmática figura que podría haber sido un enlace con el gobierno cubano y un cabo de la supuesta conspiración.

Coleman era un abogado negro y republicano de la Comisión, que se entrevistó en nombre de ella con el mismísimo Fidel Castro. La entrevista se celebró en 1964, en el yate del dictador cubano y a instancia suya para aclarar que no había tenido nada que ver en el asesinato. Lo insólito es que Coleman había conocido años antes a Fidel Castro antes de convertirse en Fidel Castro. Ambos frecuentaban tugurios de Harlem donde a partir de la una de la madrugada tocaban las estrellas del jazz, que venían de haber actuado en los mejores clubs de Manhattan. Años después, sobre la cubierta de un yate en alta mar, aquel barbudo le explicaba que a pesar de todo (incluido The Bay of Pigs), admiraba al presidente asesinado.

Estos días no están siendo del todo veraniegos. Las mañanas son frescas y desagradables, de lo último se encarga un inoportuno viento. El día no alcanza el calor esperado, aunque esta tarde se ha cerrado con un cielo espectacular. Las previsiones no son halagüeñas y se espera que el fresco acabe siendo frío. Mientras que no llueva el abrigo será suficiente.

Cuidénse.

Cartas babianas (XCVIII)

Queridos veraneantes:

El verano, al otro lado de la cordillera, llega por días. E incluso en un mismo día puede haber dos estaciones. Ayer, durante la mañana, llovió con la pertinacia e invisibilidad que lo hace en el norte. El día estaba oscuro y a pesar de ello había gente en la calle, casi todos veraneantes –perdón por la obviedad–. En estos casos basta con un chubasquero sin capucha, soy partidario de melenas mojadas y pelo enredado. Pero para mí, los charcos son de momento un impedimento imposible de combatir. Ejercen sobre el pequeño una atracción irresistible, que siempre acaba de la misma forma. Nos retiramos los dos disgustados, él porque no pudo disfrutar de los charcos y yo porque no pude observar cómo se vive hoy bajo la lluvia.

La mañana no daba para más, salvo la interesante lectura de Alvin Roth de la que te hablaré cuando acabe. Antes, he de decirte que este verano he cerrado un listado de lecturas prudente y realista que consiste en ir acabando algunos de los libros empezados. También quiero repasar notas de los antiguos, sobre todo, para comprobar su utilidad. El verano sigue siendo el mejor momento para leer.

La tarde obedeciendo a la aplicación de la AEMET fue seca, pero nada calurosa. Así que nos montamos en la bici y dimos una vuelta de una hora y media entre carreteras estrechas escoltadas de maizales a medio crecer. De vez en cuando, se alza una casa señorial con una no menos imponente finca cerrada sobre sí misma por un alto muro. Estas casonas no solo se diferencian de las demás por su tamaño sino por sus piedras son de verdad, muros de sillería que han aguantado todo.

Leo sobre los cambios en la Casa Blanca y se apodera sobre mí una sensación de caos. Sigo siendo un gran partidario del orden, un antagonista de la improvisación. Me desasosiega pensar que el núcleo central del equipo presidencial no aguanta los vaivenes del presidente. La política es cosa de equipos, de personas que discuten primero y ejecutan después, lo que exige una confianza recíproca y crea solidez. Paro en un artículo de Político sobre la nueva asesora de comunicación Hope Hicks. Una joven de la estrecha confianza de la familia presidencial, que conoce bien a su patrón pero que no tiene el perfil para asesorarle, es decir, para contraargumentar, frenar, matizar… características básicas de un colaborador. Habrá que esperar, porque será ella quien deba definir sus funciones y su papel en la Administración Trump.

Hay un rasgo que me gusta mucho de ella: su discreción. Un colaborador debe estar en la sala de máquinas y pasar desapercibido. Es difícil porque este tipo de puestos suelen verse como un escaparate, que te lleven de asesor a asesorado.

Da gusto ver cómo los medios americanos escrutan a los asesores de los presidentes, senadores, congresistas, gobernadores, jueces federales &c. conscientes de su importancia. Aquí, apenas sabemos quienes están detrás del trabajo de nuestros políticos.

Habrá que seguir a «Hopester» que es como la llama POTUS quien a su vez le responde a «Mr. Trump».

Cuidénse.

Cartas babianas (XCVII)

Queridos veraneantes:

Comienza esta correspondencia estival sin que haya cerrado del todo la temporada anterior. No es necesario porque la vida es continua y mejor que no parpadee. Se acumulan las cosas que contarte, pero comienzo con las noticias malas. Sabes muy bien que la vejez pesa a razón de los muertos que uno va acumulando. Nos dejó mi madrina. Una mujer inteligente que con su agudeza siempre hacía reír. Para mí la rapidez sintética es inalcanzable y con la suya he pasado momentos memorables. Gracias a ella leí libros increíbles que ahora leo al pequeño, imitando lo mejor que me ha pasado.

Ya camina y lo hace por este patio en el que tantas horas y tantas ilusiones te dejaste. Pisa esta tierra sin saber, todavía, que es un premio que tiene gracias a vuestro esfuerzo. Como ya te escribí muchas veces su mirada me traspasa porque creo que con sus ojos me ven los tuyos. Disfruta como nosotros lo hicimos, ahora en un jardín arreglado, nosotros entre aquellas montañas de piedras que cada verano, procesionábamos de un lugar a otro.

El mundo ha cambiado mucho en este año, no lo reconocerías. En política ha ocurrido lo imprevisible. Se supone que se abre paso una nueva etapa en la que los representantes, tras años de abusos, atenderán, por fin, a sus representados. Simplemente se trata de políticos capitalizando un malestar general. Su éxito pasa por decir exactamente lo que los representados quieren oír. Y el riesgo es que parece que lo van a hacer. Lo están haciendo. En Estados Unidos, el nuevo presidente dice hablar por la clase media-baja y a partir de ese momento, todas sus decisiones son benéficas para ellos. Se blindan a cualquier crítica. Como la política no puede solucionar todos los problemas a los representados, estos nuevos políticos caerán, porque les juzgarán inevitablemente por la gran expectativa que han creado: el elector como el cliente siempre tienen razón; y esta es la gran falacia de esta nueva época.

Julio es para Babia. Un mes en el que verano cae a plomo. Las cigüeñas planean por los alrededores del pueblo y crotoran en sus imponentes nidos. El calor agradable y seco hace estallar las vainas de las escobas. Todo en medio de un silencio sinfónico de redonda, como si se tratara del impasse en que la orquesta deja de tocar un instante para retomar con brío el concierto, a la señal del director. En el cielo azul de julio escriben los aviones de medio mundo su rumbo, ajenos a quienes desde tierra los avistan y siguen con sus quehaceres. Julio no es el mes del veraneante, pero es el mejor mes de Babia. Algunos veraneantes lo sabemos bien.

La brisa aquí es cicatrizante, seca y cura al mismo tiempo. Me he dedicado a devolver al pequeño los paseos en bicicleta que mi padre me dio. Conquistamos, con toda tranquilidad, pueblo a pueblo.

Cuídense.

Semana veinticuatro (24), veinticinco (25), veintiséis (26) y veintisiete (27)

Semanas de ola de calor y de ola de trabajo. De lo primero se hace eco la prensa local, una forma de saber el tiempo que hace. Se supone que la meteorología llega a los papeles del país porque estos calores no son normales. El titular se trenza rápidamente con el cambio climático, de esta forma adquiere una gravedad que bien justifica el espacio empleado. Pero esta conexión, como casi todas las que van de lo singular a lo general, no está lo suficientemente trabajada. El fin del razonamiento no es informar sino el efectismo.

Las olas de trabajo aquí son imprevisibles. El mundo está demasiado desordenado, y el final del curso es el final del curso. Contra las prisas es imposible luchar; una buena organización, un trabajo planificado tampoco lo consiguen, aunque su alternativa es el caos absoluto. La ventaja de este aprieto es que, aquí, el verano suele pasar desapercibido.

En un diario como este, de páginas acumuladas, no puedo dejar de hablar de la humedad de estos días. La importancia del tiempo viene de que acabamos somatizándolo. Los días de sol son alegres e invitan al optimismo, el cielo azul y la luz aportan tranquilidad y serenidad. La lluvia es pura nostalgia, un tiempo de espera en el que inevitablemente se recuerdan los días de sol (y se les espera). La niebla produce confusión y desasosiego, un velo que no puedes rasgar, tras el cual nadie sabe lo que sucederá. La perfecta ambientación para el misterio. El viento produce locura, se percibe por los oídos, por los ojos y por la piel, es la infección del tiempo. La nieve produce tranquilidad porque viene con silencio, nunca he aguantado tanto tiempo tras un cristal sin hacer otra cosa que ver, con mis propios ojos, como iba cubriendo la nieve. El granizo es una llamada de atención efímera, una excitación, precederá al fin del mundo. La humedad es la frustración, es el agente invisible que se pega a tu cuerpo y no te deja. El cuerpo se defiende sudando, es decir, con más humedad y esa cadena no tiene fin. Sales de la ducha y de golpe vuelves a estar empapado. Las sábanas al final del día te recordarán que no hay espacio que la humedad no haya ocupado. Da igual que haga frío o calor. La humedad es insana.

Estas dos circunstancias debidamente combinadas me han impedido aparecer, sé bien que la falta de frecuencia hace que nadie te espere. No obstante, como esto es una lucha contra mí, venzo mientras yo mismo me espere.

***

Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 2 de marzo. Llevo días sin ponerme a escribir en el diario. Me he dedicado a colocar libros y ordenar papeles, muchos de los cuales no volveré a ver nunca jamás. A pesar de esta certeza me da tranquilidad saber que los tengo a mano. En el momento en que sería útil usarlos me digo a mí misma que es mejor partir del folio en blanco, para evitar la repetición. El caso es que me ha llevado mucho tiempo.

Mi vida social, de momento, se limita al gimnasio. En mi horario, en la bici de al lado está una chica joven que es médico, no habla apenas y lo que sé de ella es por un aspirante a bombero que no para de hablar. Nos interroga con poca sutileza, da la sensación de que las dos le podríamos interesar, tanto como sus marcas o el peso que levanta. El otro día creo que adelantó su salida para acompañarme, tras diez minutos me metí en un supermercado con el único objetivo de darle esquinazo. Será un buen bombero.

Para acabar con el jardín faltan dos o tres semanas y una de buen tiempo, según me ha dicho ayer el jardinero. El cenador lo instalarán la próxima semana, me alegro porque hay tardes en las que podré trabajar desde allí. Talar y retirar la palmera ha costado más trabajo del previsto. El jardinero se ha resistido desde el principio a ejecutar el encargo, le daba pena. Lo cierto es que la palmera estaba enferma y no pintaba nada en un jardín pequeño, supongo que en su momento sirvió como señal de riqueza. Me he quedado tranquila.

Semana veintitrés (23)

Sabemos que los Underwood solo quieren el poder. House of Cards trata de conseguir, a toda costa, el poder, para ostentarlo o detentarlo. No sabemos para qué lo quieren, en alguna temporada se colaba, como telón de fondo, el programa. En esta última, ni rastro, salvo el asunto del terrorismo internacional. En la serie, todo lo demás es absolutamente accesorio. También las relaciones personales entre los personajes, y por supuesto, entre los protagonistas. La ficción persigue a la realidad sin descanso. Mientras que la temporada acababa, el real exdirector del FBI Comey declaraba ante el Senado y afirmaba que no diría nada en público sobre el papel del presidente en la supuesta interferencia electoral rusa. Inevitablemente planeaba sobre la realidad la sombra del ficticio Petrov como antihéroe en una serie de antihéroes.

No dudo de la importancia que tiene el poder, ni tampoco de su indiscutible atractivo. Pero el espectáculo resulta hiperbólico. Hay a quienes les importa más el para qué, aunque tengan que jugar, con desventaja, en la misma liga de quienes solo quieren quedarse con el qué.

Con todo, es forzoso reconocer que el poder, la eficiencia con que este se ejecuta es lo único que ahora cuenta. El liberalismo se esfuerza en impedir que el poder no se desboque.

***

Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 27 de enero. No estoy acostumbrada a dormir en la segunda planta de mi propia casa. Siempre he vivido en pisos, primero en uno compartido mientras estudiaba la carrera, luego en una buhardilla (sin cédula de habitabilidad); con mi primer trabajo, ocupé un pequeño apartamento. Siempre de alquiler. Tengo una sensación extraña, como si estuviera fuera de lugar. Son mis primeros días en esta ciudad, mis primeros días de huida. No conozco a nadie aquí. Voy de un lado a otro como si tuviera prisa. No tengo miedo. Sin embargo, a veces no duermo bien, en el insomnio se me aparece todo lo que no soy, ni fui, ni seré. No hay nada más perturbador que ponerse a recordar el futuro. La casa es grande, más grande que todas mis anteriores casas juntas. Ahora mismo estoy sentada en mi cama tecleando en el iPad. Llevar un diario me pone nerviosa. Preferiría contárselo a una amiga, pero aunque tuviera una a mano, no podría decirle lo que pienso escribir. A ninguna. No es por cobardía, es porque todas se negarían a escucharlo. Para cada una de ellas soy quien soy, no quieren que cambie, no por mí, sino por su propia seguridad. Las he escuchado tantas horas que podría escribir todo lo que me quisieron contar mientras fingían hacerme confidencias. A ellas les ocurrirá lo mismo respecto de mí, pero ellas no están aquí y tampoco sé a ciencia cierta si tienen tiempo y ganas para escribir un diario. Hace buen tiempo. La casa hace esquina, la calle por la que se entra es muy tranquila, pero la que hay que torcer para entrar no lo es tanto. Por eso oigo continuamente los coches, y a ratos el run run de los peatones. Tengo que salir, y no sé que ponerme.

Semana veintidós (22)

El acontecimiento es el estreno de la quinta temporada de House of Cards. Antes de las impresiones debo hacer una matización. Las series se diferencian de los culebrones porque en ellas los protagonistas cambian. Ocurre como en la vida, la vida nos cambia, aunque nosotros nunca, o casi nunca, podamos con la vida. Sin embargo, en los culebrones las circunstancias se deslizan por los personajes que inmutables solo las protagonizan.

No cabe duda que House of Cards es una serie. Una buena serie. Los primeros capítulos de esta temporada se demoran innecesariamente en establecer un contexto de la crisis constitucional, sobre la que se articula la trama.

A nuestros ojos parece imposible que una situación de colapso institucional pueda servir para desarrollar un argumento. Nuestra experiencia nos dice que en esas situaciones no pasa nada. Italia es un ejemplo de cómo la impotencia política no impide que el país continúe con normalidad. En Estados Unidos, la crisis electoral Bush-Gore paró el mundo. Teníamos que salir como fuera de aquel atolladero y así lo entendió el Tribunal Supremo.

Una política sin escrúpulos es tan fantástica como una política de ángeles. Sin embargo, los tiempos y la maldita brocha gorda hacen que los Underwood empiecen a ser verosímiles. La verosimilitud no es la verdad, pero por desgracia, muchas veces la desaloja. En ese panorama en el que lo único que importa es el poder, ha ido emergiendo poco a poco la señora Underwood. Es un mero complemento del presidente, hacen las mismas cosas. En sus maniobras no hay diferencias, es decir, el modelo de Thatcher frente al de Merkel, donde claramente la psicología femenina perfila su actuación. De momento, este binomio aporta pocas cosas más que una repetición, sobre tacones, este aspecto es lo más increíble de la serie.

Lo mejor es el tratamiento que da a la ambición. La coloca en el lugar central que verdaderamente tiene. E incluso, después de cinco temporadas, sigue siendo desconcertante. También resulta muy interesante el tratamiento que da a las relaciones personales. Sin filtros ni estereotipos proporciona una radiografía real, prescindiendo de los envoltorios. Es una operación arriesgada porque siempre resulta más comercial el deber ser, que el ser a palo seco. Ambas cuestiones están relacionadas, y por supuesto exageradas, pero es el soporte de la narración, lo que me hace seguir viéndola. Las relaciones con el poder han obrado cambios en el presidente y en su mujer; y también sus relaciones personales. No son los mismos de la primera temporada, podemos ver como los días (en la escala de minutos de la televisión) los ha ido transformando. Lo bueno es que los guionistas no nos han dado pistas de cómo acabarán. Nadie lo sabe, ese quizá sea el principal encanto de la vida y de las recreaciones paralelas con las que tratamos de evadirnos de ella.

Otro atentado en Londres. Supongo que viviremos amenazados durante mucho tiempo. La amenaza será más grave por la proliferación del discurso político irracional que nos invade. El Brexit, por no salirnos de las islas británicas, es un buen ejemplo. La salida de Estados Unidos del Tratado de París sobre el cambio climático es otro; o las restricciones a la inmigración. La Unión Europea podría asumir con brío la lucha por que la política se base en el conocimiento científico. Macron es una esperanza que se suma a la resistencia de Merkel. Si lo conseguimos por fin mereceremos, los europeos, el título de sujeto político.

El Real Madrid ha vuelto a ganar. Solo he visto diez minutos de partido que coincidieron con el tercer gol. Dominaban.

Semana veintiuno (21)

Cierra la librería Ojanguren, abierta a mitad del siglo XIX. Las razones son conocidas, los libros se compran por internet y se leen en soportes electrónicos. La rapidez de Amazon compite y gana al comercio a pie de calle. Sin embargo, la nostalgia de no tener a donde ir para tocar libros es invencible. Aunque lea mucho en el Kindle sigo transportando libros, y las señales de que ese mundo dará paso a otro, más pronto que tarde, se multiplican a cada paso.

Ojanguren es una de las mejores librerías jurídicas en las que yo he estado. Una magnífica sección de novedades me ha permitido leer libros sorprendentes, y a veces alejados de mis intereses. También me han encontrado libros raros publicados en editoriales pequeñas.

Siempre que he entrado en Ojanguren, salvo contadas excepciones, he salido con un libro. La vida discurre a base de recuerdos, personas, lugares que desaparecen y agrandan nuestro pasado. Será difícil pasar al lado de la librería cerrada. Un cadáver más en una ciudad que pierde brillo, sin que nadie haga nada para evitarlo.

Para conocer mínimamente el mundo que viene, uno debe entender ciertos conceptos como blockchain. No sé muy bien lo que significa, intuyo que sus aplicaciones cambiarán nuestras vidas; de momento, sirve para que una moneda sin patria, sin Tesoro ni Banco Central conviva con las monedas convencionales. Según he entendido su fiabilidad se basa en que cualquier cambio precisa de un consenso (lógico) muy difícil de alcanzar mediante mecanismos adulterados, puesto que son muchas las máquinas que deben ponerse de acuerdo. Además, cualquier operación registrada no se podrá alterar. La seguridad jurídica implica la interdicción de la reescritura, siempre interesada. Las cosas son como fueron o no son.

El mundo se complica por momentos.

Semana veinte (20)

Los parques infantiles son un ecosistema muy particular. No son un espacio de niños o, al menos, no solo de niños. El otro día lo pude comprobar cuando una niña de cuatro años se dedicaba sistemáticamente a expulsar a otros niños más pequeños de los aparatos y columpios. Ellos en su indefensión se apartaban o protestaban vanamente frente a la usurpadora. El problema no era la niña. Su abuela a una distancia prudencial iba reconviniéndola sin hacer nada para parar el abuso. Al final solo quedan dos posibilidades: encararse con la señora o huir. Huimos y me hubiera gustado poder explicarle que, en estos casos, la huida es siempre la mejor solución. Supongo que nieta y abuela se habrán quedado solas en el parque. La nieta habrá aprendido la impagable lección de que nuestra huida es consecuencia directa de su fuerza.

Durante la semana se ha debatido mucho sobre política. Se ha hablado del populismo y la irracionalidad del voto o el voto pasional. Tendría que hablarse también de cómo se está minando a la representatividad política, al mismo tiempo que se ensalza el papel de la asamblea. El modelo liberal se basa en los controles y equilibrios, un poder público controlado es más seguro para los ciudadanos. Por eso surgen los parlamentos que controlan al ejecutivo y que escogen (libre y democráticamente) los electores. Lo mismo podría decirse de los comités de los partidos políticos respecto del sumo líder. La asamblea es imposible que pueda exigir cuentas al jefe, mientras que a una comisión, escogida por los electores y representándolos le será más fácil. La continúa apelación al vosotros no es nueva ni mucho menos, y siempre fue la antesala de cualquier autarquía. Asusta comprobar que lo que esté en cuestión son los check and balances, y que se esté abriendo paso una idea antiliberal de democracia. Da igual quien lo acuñe, un oxímoron siempre es reaccionario.

Semana diecinueve (19)

Orwell escribió que no hay nadie patriota en materia de impuestos. En realidad la patria es un concepto que se usa a capricho y que está desdibujado. Pero los impuestos siguen manteniendo su contorno y, a pesar de la publicidad, entre ellos la patria o el Estado sigue habiendo un abismo. El quesito con el que nos explican nuestra contribución no rellena ese agujero. Supongo que la única forma sería visitar un país sin Estado, sin impuestos y ponerse malo de apendicitis. La política se ha convertido en el terreno de las promesas, por eso el debate técnico y árido del nivel óptimo de carga fiscal y quién debe soportarla ha desaparecido, al menos, a ras de calle Para prometer no hace falta recaudar. Es el momento de las soluciones simples. Una de ellas es la destitución masiva de quienes te llevan la contraria.

El catarro no me deja. Ya no sé qué hacer, a parte de seguir a raja tabla los tratamientos que me pautan. Cualquier mejoría pienso que se trata de un margen biológico que me permite continuar levemente indispuesto.

Del viaje me he traído una novela de Luis Sepúlveda. Es entretenida aunque el cruce de personajes exija paciencia. Mientras unos entran en la escena de los otros, cada capítulo mantiene el orden del desconcierto. El logro del narrador es que consigue el crédito suficiente para que el lector aguante. La confianza entre el que escribe y el que lee. No sabría decir si eso es una premisa necesaria o el motor que impulsa al lector. Un autor del que se desconfía inicialmente puede ir obteniendo poco a poco el crédito necesario para que el lector continúe. Aunque es difícil imaginar que alguien abra un libro o se disponga a leer a un autor desacreditado.

Fuera de la literatura, en el trabajo, debo leer por obediencia al margen de los autores. Como les ocurre a ellos con mis textos. En ocasiones, consigo disfrutar con alguna pieza en la que se explica con sencillez una idea compleja. La claridad del contrario me pone en guardia, y eso ocurre porque me convence. Por el contrario, los textos ampulosos o farragosos me hartan y lo único que consiguen es que trate de ser lo más preciso posible. Estoy seguro de que en ese contraste mis argumentos se impondrán. Lo mismo ocurre entre un educado y un maleducado, si bien, en este caso las fronteras se están borrando peligrosamente.

Semana dieciocho (18)

La autopista escinde el campo castellano en dos partes de una manta hecha a retales. Parece que el único sitio posible para una catedral sea Castilla. La excepción, o medio excepción, es la imponente catedral de León que no podría estar en mejor lugar. El silencio de las piedras es tan castellano como la sobriedad de Machado.

He acabado «Los restos del día» de Ishiguro. El tema central es la angustia de haberse equivocado en la vida. Pero la novela ventila otros dos aspectos, primero, la importancia de ejercer el trabajo con dignidad, hoy diríamos con profesionalidad y segundo, la contemporización británica en el periodo de entreguerras. El que más me ha interesado es el último. Es una forma de observar las razones de los apaciguadores, apuntaladas por la desconfianza que les infundió vencer y humillar al mismo tiempo. Esta perspectiva ayuda a comprender el mérito de quienes pronto advirtieron de que todo era un pretexto para la maldad.

Este artículo en The New York Times de Mooallem describe hasta que punto nos cuesta comprender que nuestras vidas están incrustadas en periodos demasiado largos para nuestra experiencia (amnesia ambiental). El cambio climático es un buen ejemplo, su existencia no depende de nuestra percepción. Pero podría aplicarse a cualquier clase de conocimiento, que casi siempre es una lucha contra nuestras intuiciones o sesgos cognitivos. 

El derecho ha establecido como cautela la presunción de inocencia, es decir, que de haber una impresión esta debe ser la de no culpabilidad. Si bien, en la vida, el derecho ha quedado arrinconado. Las sospechas se imponen peligrosamente, y todos podemos ser sospechosos, es decir, culpables.

Semanas quince (15), dieciseís (16) y diciesiete (17)

La puntualidad en un diario me resulta muy difícil. Pienso en frases redondas o en anécdotas para alimentarlo, pero nunca encuentro el momento. Antes me sobraban y desechaba casi todas las ocurrencias. Ahora por disciplina no me puedo permitir ninguna pérdida.

La agrupación tiene sentido si en el centro colocamos al catarro. Las enfermedades leves que no llegan a dolor pero son molestas dan lugar a una melancolía efímera. El recuerdo inmediato de cuándo tragar saliva era un acto imperceptible, o los escalofríos era la descripción literaria de un destemple. Hay muchas clases de melancolía, el presente siempre acabará convirtiéndose en melancolía futura. Todos, salvo excepciones, acabamos girando la cabeza. Incluso para recordar lo bien que se pasea sin que los ojos picaran. Las melancolías más graves y profundas exigen tiempo para pensar, recordar y que nuestra cabeza describa meandros y dibuje islas en las que detenerse siempre. Por eso soy lector de memorias, diarios y biografías, porque tengo una profunda curiosidad por el carácter melancólico del hombre. La novela que tengo sobre mi mesilla de noche ‘Los restos del día’ también sirve para estudiar esta cuestión.

En estas semanas han ocurrido muchas más cosas, pero vale más dejarlas reposar antes de pasarlas al diario. Por seguir con las lecturas, he comenzado un libro de un amigo sobre el Tribunal de Garantías Constitucionales previsto en la Constitución Española de 1931. En derecho conviene repasar bien de dónde se viene para saber dónde estamos. Compararse con otros y compararse con uno mismo son las dos mejores formas para detectar las necesidades y afanarse en los cambios. Lo comentaré.

Para acabar dejo este párrafo sobre un manifiesto en favor de la jerarquía impulsado entre otros por Julian Baggini, que representa el exacto concepto que tengo del poder:

La jerarquía se hace opresiva cuando se reduce a un simple poder sobre los demás. Pero también hay formas de jerarquía que entrañan compartir el poder con los demás. El taoísmo se caracteriza por este tipo de poder, en efecto, y lo vemos a través de la imagen de montar un caballo, cuando a veces uno tiene que tirar y a veces dejar la brida suelta. Esto no es dominar, sino negociar. En el taoísmo, el poder es cuestión de energía y de competencia más que de dominio y de autoridad. En este sentido, una jerarquía puede empoderar y no tiene por qué incapacitar.

Y como colofón, no puedo dejar de citar una vez más el folleto que en el Reino Unido se entrega a los funcionarios una vez ingresan en el Civil Service (tomado del maestro Alejandro Nieto en un estupendo artículo de 1992, ‘La jerarquía administrativa’):

«Legalmente sirve usted a la Reina. Lo que significa, en la práctica, que está al servicio del Ministro responsable de su Departamento, quien ejerce sus poderes en tanto miembro del Gobierno de S.M.; y puesto que el Ministro es responsable ante el Parlamento, usted sirve al Parlamento y, por ende, a la Comunidad… En un país democrático corresponde a los representantes elegidos el definir la política gubernamental… y a usted hacer lo que el Gobierno desea que haga».

Semana catorce (14)

He acabado En Movimiento, las memorias de Oliver Sacks, una expedición por su vida, llena de interés. Todas las vidas lo tienen. Incluso cuando los diarios no reflejan todo. O cuando lo que reflejan no sea exacto. La primera persona, como la tercera, es compatible con la verdad; es decir, unas memorias no son ontológicamente tramposas. Sacks nos cuenta quien fue a través de sus intereses científicos. Tendía a escribirlo todo o casi todo: lo que no estaba en sus cuadernos dejaría de estar en el mundo. El lector también acaba por tener una imagen de quién es él por su relato sentimental: su relación con sus padres y hermanos –fundamental como en todas las vidas– y por sus amores. Estos van sucediéndose a lo largo de la vida, desafiando a la creencia de que el amor solo nace en la juventud y a partir de ese momento únicamente cabe su administración. Al final de las páginas, el amor aparece sobrio, a tiro de piedra del final.

En mi mesilla de noche me gusta explorar otras vidas. A veces las leo con admiración aun cuando son libros hiperbólicos, en otras ocasiones con interés antropológico y literario como me ocurre con Trapiello. Siempre acabo encontrando un poso común a mi propia vida y también a la tuya lector. Sucesos y pensamientos que al leerlos podemos reconocerlos sin dificultad. Conductas, comportamientos, miedos, celos, envidias, inseguridades, conflictos que nos convierten en seres corrientes, mucho más simples de lo que a veces podamos pensar.

El incendio que arrasa un archivo es como morir sin dejar rastro escrito.

Spotify me ha arrojado una canción que nunca hubiera buscado. Ha hecho que la encontrara como quien se tropieza en la tele con una película que ya no puede dejar de ver. La canción es Locura transitoria de Extremo Duro. Una inverosímil coda para este semana.

He comprado el mismo par de pantalones que gasto desde los quince años. Renuncio así a encontrar la caja perdida de la última mudanza, donde creo que podían estar. No hay mudanza en la que no se pierda algo.

La próxima será la quince.

Semana trece (13)

Ha llegado la primavera con las turbulencias de siempre. Tan pronto llueve, hace calor, o el cielo se vuelve gris.

Por Oliver Sacks me entero, aproximadamente, de lo que es el darwinismo neuronal. Nuestras propias neuronas luchan y vencen las mejores, o las que mejor se adaptan a las circunstancias. No deja de ser sorprendente que en nuestros cuerpos se libre la terrible batalla de la supervivencia. En esas luchas intestinas está el origen del individuo, o dicho de otro modo, la causa por la que no hay dos niños en el mundo que hayan aprendido a andar del mismo modo.

Por Chesterton: la pobreza implica la pérdida de los derechos civiles. La cara oculta de los derechos negativos, como por ejemplo, el derecho a no ser pobre.

La próxima semana será la catorce.

Semana doce (12)

La rutina siempre te salva. La novedad perenne no existe y si existiera sería una prisión. Las buenas rutinas dejan espacio para la sorpresa cotidiana, una especie de fatiga vital, cómoda, para quienes no tenemos que luchar para sobrevivir.

La semana ha pasado veloz. Las vistas en St Paul’s son a la calle, a la vida real donde las cosas suceden tal cual. Se pierde y se gana. Pase lo que pase, nada se detiene. Los hombres a esa distancia parecemos hormiguitas acarreando granos de azúcar y migajas. Aprendo muchas cosas, aunque me costaría decir el qué. La primera es la confirmación del valor de la apariencia. Las cosas y los hombres tienden a ser lo que parecen.

La presidencia Trump no ha podido reformar el Obamacare. Las exigencias de la minoría radical lo han impedido. Mientras, algunos medios insinúan la idea de que ciertos poderes del Estado (Deep State) trabajan para arruinar al propio presidente. Una vez más, la teoría de la conspiración como prolongación de la impotencia propia. Tampoco parece que vaya a ser rápida la ratificación del juez propuesto para el Tribunal Supremo, Neil Gorsuch. En su hearing, dijo que un juez no era un algoritmo y que por tanto no podía adelantar ni generalizar su criterio jurisdiccional sobre los casos concretos que se le plantearan. Yo no me hubiera atrevido a hacer esa afirmación, porque veremos cómo la inteligencia artificial intervendrá decisivamente en el ámbito jurídico. La ironía del juez es la expresión confiada de toda la profesión que considera que solo los hombres de carne y hueso podrán administrar justicia. Veremos.

Viene al pelo esta cita de Pinker: «As people age, they confuse changes in themselves with changes in the world, and changes in the world with moral decline –the illusion of the good old days».

Este es el enésimo intento de salvar este blog y de asomarme semanalmente. No sé si lograré esquivar todas las interferencias, pero debería. A todos nos conviene poner en orden nuestras ideas, y mi modo de hacerlo es a través de este diario.

La semana 13 será la próxima.

Decadencia (y II)

Las calles en las que ha discurrido mi infancia están descuidadas y ajadas. Una decadencia física y aplastante. Baldosas rotas, calles sucias, paredes manchadas. Un paisaje irreconocible y hasta ahora insólito. La crisis histórica de las comarcas mineras, que ha acabado en las calles. Esta decadencia es nostálgica y amarga. También es reversible aunque tenga que esperarse a las urnas.

***

Patria de Fernando Aramburu es un libro pleno. Una novela que nos pone en medio de las víctimas del terrorismo. La cobardía de los vecinos, el proceso en el que uno empieza a ser víctima, desde las primeras pintadas, a la retirada del saludo, hasta el asesinato. Y todo lo que sucede después para las víctimas, una muerte en vida.

La novela describe la vida cotidiana de dos familias, donde todas sus peripecias quedan relegadas por el crimen. Para las víctimas es imposible vivir de espaldas al asesinato. Los asesinos, incluso antes de que lo sean viven al otro lado del muro ético. En el relato hay hueco para el arrepentimiento. Sin embargo, esta sigue siendo la cuestión más escabrosa. Primero si su naturaleza es franca, ¿es posible un arrepentimiento sincero? ¿cómo se puede conocer un arrepentimiento de esta clase? Segundo sus efectos, ¿sirve para algo arrepentirse sobre algo irreversible? ¿Hay arrepentimiento sin posibilidad de rectificación? No tengo respuestas, aunque la novela apunta a esa posibilidad como forma de pasar página.

El arrepentimiento exige para que sea perfecto el perdón. Sobre este tengo menos dudas. La naturaleza del perdón es noble, en el perdón no hay cálculo. Para la viuda, para el huérfano el perdón no atenúa en nada su pérdida. El arrepentido siempre encuentra beneficios o los busca.

La asimetría está presente en toda la novela. Para un lector distanciado no hay perdón posible, las penas del delincuente son las que le corresponden. En la novela se cuentan abusos, que solo caben dentro de un relato de ficción; en la vida, tanto las víctimas como los verdugos están sujetos al reino de la realidad, a lo que los hechos pueden demostrar.

Decadencia (I)

La decadencia de la ciudad es un hecho. Las primeras horas de la madrugada del domingo son la prueba irrefutable. No obstante lo importante sigue siendo juntarse y hablar ininterrumpidamente cuatro horas. No hay mejor cosa que tener que resumir para los amigos. Así uno aprende a ajustar sus propias cuentas, a ser el narrador de sus últimas peripecias. A sorber las de los otros como si fueran cucharadas de una sopa que comerás bordeando el límite entre el calor y la quemadura. Las vidas solo discurren juntas si se cuentan, si las risas y los inconvenientes se arrojan sobre la mesa como si fueran género que hay que vender rápido. A casi todos nos ocurren las mismas cosas, incluso aquellas que jamás contaremos y que llevamos con nosotros, quién sabe si como un escudo o como un pesado fardo.

En la calle apenas hay gente y la que sale a nuestro paso parece aburrida y apática. Es sábado noche y no se adivina ninguna emoción. No veo por ningún lado la gloria de conquistar esa noche que ha costado seis largos días. Parece como si la ciudad hubiera tomado como rehenes a toda esa gente, borrando de ellos cualquier atisbo de alegría. No caminan con desorden, parecen que están ocupados en un trámite molesto que no tiene pinta de acabar. Hay corrillos en las puertas de los bares, da la sensación de que dentro no hay nadie. No me imagino lo que ocurrirá cuando haga frío de verdad. En la ciudad no corren, como en otro tiempo, historias de sábado noche. No digo que no las haya, pero sospecho que ya no ocurren en la calle, que para conocerlas habría que mirar por las ventanas de las casas. Hay muchas iluminadas, y esa es la prueba definitiva de la decadencia de la ciudad.

Mientras que eso ocurre puede que en algunas casas se viva un nuevo y desconocido esplendor. Opaco. En ninguno de esos pisos iluminados las cortinas están retiradas. Si en alguna ocurre, y se puede entrever una o dos siluetas será por descuido. El exhibicionismo está socialmente penado. Pero como el verdadero interés nace de la prohibición, me gustaría observar el esplendor de las vidas domésticas, para compararlo con la decadencia de la calle.

Después del campeonato del mundo de ajedrez, donde Magnus Carlsen ganó al ruso Karjakin, he visto la película sobre Fisher. Sobre el campeonato del mundo que ganó en Islandia. Destacan sus excentricidades, quizá porque sea muy difícil contar cómo ganó. El secreto del ajedrez consiste precisamente en entender la grandeza de una victoria que casi siempre nace de una gran resistencia. La película tiene el valor de sugerir que el ajedrez es emocionante y no un juego para frikis. Incluso, hay hueco para los aficionados y para los jugadores de negras.

De los nuestros

Llevar un diario es una actividad de riesgo. Basta que alguien vuelva las hojas para que detecte contradicciones o incongruencias. El tiempo hace que las cosas caduquen, sin embargo, las opiniones o cualquier anotación sin mayor importancia son resistentes. Aunque nadie tenga ni la paciencia ni el interés en retroceder a través de este diario, a mí, sus páginas, sí me acechan sin necesidad de releerlas. En mi mesilla de noche, el género de diarios se ha impuesto como forma de recorrer otros caminos, casi en tiempo real, sin margen para el asombro.

El abandono de este diario tiene muchas explicaciones. Pero el amable lector sabe que nunca es un abandono definitivo. Siempre acabo por volver, aunque solo sea por escapar de los pretextos que me rodean.

St. Paul’s es un lugar de corrientes. Frías corrientes que pueden llevarte a la tumba. Las corrientes hay que evitarlas, el abrigo no las combate. Puede que evitar algo suene a huida y que la huida suene a cobardía. No es así. En ocasiones la única victoria es haber evitado la lucha y la propia derrota de tu adversario. Esas cosas se entienden con el tiempo.

En Estados Unidos el presiente electo está diseñando su equipo a su imagen y semejanza. Sus colaboradores serán el brazo ejecutivo de sus ideas y declaraciones. Sin sorpresas ni conflictos internos que dan muy mala impresión. Un jefe absoluto quiere subordinados absolutos. Un jurista, que niega la influencia de la actividad humana en el clima, dirigirá la Agencia de Medio Ambiente. El presidente electo tiene serias sospechas de que los hombres no tienen nada que ver con el cambio climático. Se las confirmará, con pruebas de obediencia, un exfiscal. Nadie señalará al presidente la contundencia de las conclusiones de la comunidad científica. Ni siquiera se tomarán el tiempo para discutir y hablar abiertamente del asunto. En materia de creencias todo se da por hecho.

La política estadounidense será un mar de contrastes. El primero es que los hombres del nuevo presidente serán inequívocamente de los suyos. Esos primeros e improbables apoyos, cuando nadie le tomaba realmente en serio, estarán en el gobierno. Su antecesor, el cuadragésimo cuarto presidente, Barak Obama, mantuvo y nombró a un secretario de defensa republicano. Además de haber designado a Hilary Clinton como secretaria de estado. Adversarios y rivales en el mismo bando, tras la lucha.

Son dos formas de entender el poder. La nueva se basa en su ocupación, todo el poder será mío (nuestro). La antigua considera el poder como una transacción entre opciones que no son absolutamente ni buenas ni malas. La búsqueda de un equilibrio imposible, débil y precario. La lucha de las ideas y los hechos frente a la acción, al rodillo. La mejor señal de inteligencia de quien manda es tener en su equipo a alguien ajeno cuyos consejos no sigan la «línea del partido». La presidencia de Obama ha sido una continua negociación, basta examinar su política exterior. En las buenas negociaciones nunca hay ganadores absolutos.

La política de los nuestros negará los hechos y tratará de imponer los principios sin que nadie pueda discutirlos. Ya sabemos que si el cambio climático no tiene nada que ver con la actividad humana, el hombre podrá volver a emitir lo que quiera. Cualquier retroceso en esto es un peligro para todos, pero el nuevo presidente no tendrá a nadie cerca que pueda decírselo.

Un diario como este es un diálogo mudo, pero no sordo.

Cartas babianas (XCVI)

Queridos veraneantes:

Por fin las conclusiones sobre Oakeshott. Este verano no es un verano para leer.

El principal eje en política es izquierda/derecha. Ahí está la Revolución Francesa y las disputas doctrinales entre Burke y Pain. En ese momento germinal, la derecha quedaba alineada con el Antiguo Régimen, escrito a brocha gorda, porque Burke aunque no era partidario de la Revolución tampoco lo fue del Antiguo Régimen. Esta distinción se quiera o no, no llega a tener un alcance objetivo, simplemente sirve como marca. En cada momento ha tenido una significación propia, al principio para la derecha era fundamental el derecho natural (preferentemente de origen divino-religioso) y la izquierda militaba en un racionalismo dogmático. Después de Marx la izquierda se caracterizó por ser materialista frente al idealismo romántico de la derecha (el espíritu del pueblo…). La izquierda, en aquel tiempo, fue internacionalista y solo reconocía al hombre –cualquiera que fuera su nacionalidad– como sujeto político, obreros del mundo uníos. Ahora se acepta la existencia de nacionalistas de izquierdas que como todo nacionalismo incurren en idealismo y metafísica dejando de lado el materialismo. La derecha hubo un tiempo en que era partidaria de la descentralización, de las regiones, aún lo es en Estados Unidos en la lucha entre la Nación y los Estados, decantándose claramente hacia estos. Después abandonó cualquier idea de intervencionismo económico y se identificó con los postulados liberales. En todo, menos en las costumbres donde sigue asimilándose a la norma cristiana, al menos en la Europa demócrata-cristiana.

Por tanto, los confines de izquierda y derecha no están claros. Posiciones históricamente propias de la izquierda hoy son asumidas por la derecha. Rasgos tradicionales de la derecha aparecen en los discursos políticos de la izquierda. Hoy, y quizá siempre haya sido así, ser de izquierdas o de derechas responde a la autodenominación del partido al que uno se adhiera.

En el meollo de esta cuestión está sin duda la pregunta de por qué las personas de derechas e izquierdas piensan lo que piensan. Si nos atenemos al batiburrillo antes enunciado, la respuesta nunca podrá ser racional. Tomemos a la vida como ejemplo, las posiciones de la izquierda y de la derecha son diametralmente opuestas en relación con el aborto y la pena de muerte. Las circunstancias no son las mismas, pero sí lo es el bien a proteger en los dos casos, la vida humana como valor.

A pesar de todo, la etiqueta izquierda/derecha sirve para reconocer superficialmente las ideas de los individuos. Y en cualquier caso, así funciona nuestra política, que prescinde de cualquier complejidad perturbadora.

Este eje también se ha conocido como progresista/conservador, y Hayek lo rompe para formar su famoso triángulo: socialistas/conservadores/liberales. Pero cualquier nombre es demasiado brumoso para que de él nazca una categoría, lo que por otra parte sería de esperar.

Me tendrás que disculpar por lo lejos que he ido, y con una cierta sensación de simpleza que no me puedo sacar.

Oakeshott define lo qué es la tendencia conservadora:

Así pues, el gobierno, tal como lo entiende el conservador, no empieza con una visión de otro mundo, diferente y mejor, sino con la observación del autogobierno practicado incluso por hombres apasionados en la conducción de sus empresas; comienza en los ajustes informados de intereses entre sí que están destinados a liberar de la frustración mutua de un enfrentamiento a quienes tienden a enfrentarse. Estos ajustes son a veces no más que acuerdos entre dos partes para mantenerse cada una fuera del camino de la otra; a veces son de aplicación más amplia y de carácter más duradero, como ocurre con las reglas internaciones para la prevención de colisiones en el mar. En suma, la sugerencias del gobierno deben encontrarse en el ritual, no en la religión o la filosofía; en el disfrute del comportamiento ordenado y pacífico, no en la búsqueda de la verdad o la perfección.

(…) El custodio de este ritual es el “gobierno”, y las reglas que impone constituyen la “ley”.

Así pues, gobernar –tal como lo entiende le conservador– es proveer un vinculum juris para los modos de conducta que, en ciertas circunstancias, tienen menos probabilidades de conducir a un enfrentamiento frustrante de intereses; proveer reparación y medios de compensación para quienes sufren porque otros se comporten de un modo contrario; a veces aplicar castigo a quienes persiguen sus propios intereses independientemente de las reglas; y, por supuesto, proveer una fuerza suficiente para mantener la autoridad de un árbitro de esta clase. Así pues, se reconoce la gobernación como una actividad específica y limitada; no la administración de una empresa, sino la reglamentación de quienes se ocupan de una gran diversidad de empresas de su propia elección.

Esta es una idea luminosa, el gobierno de las reglas mínimas que permitan a los ciudadanos elegir y seguir su propio camino. La política entendida no como la plasmación de un ideal propio sino como la posibilidad de que cada cual pueda realizar el suyo, sin merma del de los demás.

No me resisto a una cita larga que podría servir de justificación para disolver todas las organizaciones políticas juveniles, que a lo único que sirven con toda eficacia es a descapitalizar a medio y largo plazo a sus mayores:

Entre las muchas implicaciones de esta visión de las cosas que podrían señalarse, advertiré solo una, a saber: que la política es una actividad poco apropiada para los jóvenes no a causa de sus vicios sino de lo que por lo menos yo considero sus virtudes.

Nadie pretende que sea fácil adquirir o sostener el talante de indiferencia que requiere esta manera de la política. Controlar nuestras propias creencias y deseos, reconocer la forma actual de las cosas, sentir el equilibrio de las cosas en nuestra mano, tolerar lo que es abominable, distinguir entre el crimen y el pecado, respetar la formalidad aun cuando parezca estar conduciendo al error: estos son logros difíciles que no deben esperarse de los jóvenes.

Los días de juventud de todos son un sueño, una locura deliciosa, un dulce solipsismo. Nada en ellos tiene una forma fija, nada un precio fijo; todo es una posibilidad, y vivimos felizmente del crédito. No hay obligaciones que deban observarse; no hay cuentas que llevar, nada está especificado por adelantado; todo es lo que puede hacerse de él. El mundo es un espejo en el que buscamos el reflejo de nuestros propios deseos. La atracción de las emociones violentas es irresistible. Cuando somos jóvenes no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el equilibrio de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un bate de críquet. No nos inclinamos a distinguir entre lo que nos gusta y lo que estimamos; la urgencia es nuestro criterio de la importancia, y no entendemos fácilmente que lo que es tedioso no es necesariamente despreciable. Nos impacienta la restricción, y creemos fácilmente, como Shelley, que haber contraído un hábito es haber fracasado (…) Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política debe ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro (…) Para la mayoría existe lo que Conrad llamaba la “línea de sombra” que, cuando la rebasamos, revela un mundo sólido de cosas, cada una de ellas con su forma fija, cada una con su propio punto de equilibrio, cada una con su precio, un mundo de hecho, no de imagen poética,en el que lo que hemos gastado en una cosa no podemos gastarlo en otra; un mundo habitado por otros aparte de nosotros mismos que no pueden reducirse a meros reflejos de nuestras propias emociones. Y el hecho de llegar a sentirnos cómodos en este mundo común nos califica como jamás podría hacerlo ningún conocimiento de la “ciencia política”), si así estamos inclinados y no tenemos nada mejor que pensar, para participar en lo que el hombre de disposición conservadora entiende que es la actividad política.

Puestos a ser largos, esta es su definición de la libertad bajo el prisma conservador:

Nos consideramos libres porque, tomando una perspectiva ni corta ni larga, nos mostramos reacios a sacrificar el presente a un futuro remoto e incalculable, o el futuro inmediato y previsible en aras de un presente transitorio. Y encontramos la libertad una vez más en una preferencia por los cambios lentos, pequeños, que tienen tras de sí un consenso voluntario de la opinión, en nuestra capacidad para resistir la desintegración sin suprimir la oposición, y en nuestra percepción de que es más importante para una sociedad moverse junta que moverse rápido o lejos.

A estas alturas ya te sentirás un conservador.

Cuídense.

A %d blogueros les gusta esto: