Archivo de la categoría ‘Andanzas’

Cena en noche menguante

Domingo, 28 de marzo de 2010

Hacen menguar (o crecer) los días por las noches. Se supone que se trata de aprovechar la luz del sol y ahorrar. Una tímida manipulación de la naturaleza, de la que somos sus primeras víctimas. Cuando aún jugábamos con el margen de la hora prudencial, nuestra rusa favorita nos advirtió de las horas y así con económica precipitación regresamos a la adulterada madrugada.

Hay diferentes teorías sobre el número apropiado de comensales para una cena, distinto, obvio es, del idóneo para los almuerzos. Quienes defienden las formaciones reducidas argumentan que mayor número sólo consigue fragmentar el diálogo. A lo que con la prudencia del inexperto añadiría, que suelen dejar descolgado a alguno de los comensales. La cena de ayer fue la demostración de que una conversación puede ser útil. Conseguimos cenar y cumplir el precepto religioso. Comimos y escrutamos la dificultad de los amores transoceánicos. Sólo se puede saber hasta qué punto el mundo ha cambiado, cuando te lo cuenta inteligentemente una rusa.

La noche acabó en un bar, echando de menos las ausencias y tramando el siguiente plan.

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Viernes, 26 de marzo de 2010

Hoy es un día ventoso. Nuestra misión en la ciudad no ha concluido y forzosamente continuará mañana. La semana de descanso será una mudanza. La inseguridad, acaso cualquier otra circunstancia inconfesa, se ha producido con una reiteración que nunca hubo de ser tolerada. Estamos hechos de materiales perecederos, solemos confundir el aplazamiento, con dar tiempo al tiempo. Y eso que lo primero es una táctica y lo segundo una estrategia. Las lecciones más valiosas siempre son demoledoras.

Ayer tampoco he escrito. Aunque los comentarios mantienen vivo el pacto del prospecto.

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Miércoles, 24 de marzo de 2010

Ayer he faltado al compromiso de escribir unas líneas diarias. En mi etapa de opositor procuré no faltar nunca al preparador, porque temía que podría acostumbrarme a la ausencia y acabaría por espaciar aquellas tres citas semanales. Sin querer escribo este prospecto, carente de todo interés, para evitar el fantasma de la flaqueza. A estas horas, sin su fuerza.

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Cosa de familia

Domingo, 21 de marzo de 2010

Las familias viven de explotar un anecdotario común. Las familias viven de la repetición, de crear lugares comunes más o menos probables en los que refugiarse. La familia mediterránea es una madriguera a la que siempre volver, o de la que nunca salir. La estirpe en vez de las cabezas. Los ausentes perviven en esas aventuras que denuncian nuestra levedad. La línea entre el infante y el adulto la marca la plena consciencia de la muerte. Sólo se puede tener, cuando la confianza en una suerte de inmortalidad, aun remota y excepcional, se ve defraudada.

Yo dejé de creer antes, pero ese hubiera sido un buen momento. Sigo sin atreverme a leer nuestra correspondencia, su último manuscrito. Y tengo pendiente una entrada, por todas las que él ya no pudo leer.

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ἄλλος-ἔργον (otro trabajo=alergia)

Sábado, 20 de marzo de 2010

Un invierno lluvioso es el antecedente de una primavera alérgica. La alergia, como la alegría, es cosa de ricos. No porque no corra entre los desheredados, sino porque las enfermedades se clasifican por sus prisas. Aunque también deberá de influir la mayor exposición al mundo de las sociedades ricas.

Al mismo tiempo que el furor del invierno se relaja, volviendo imperceptible al cambio climático —no era creíble que lo pudiéramos observar a simple vista—, desfilarán todos los tópicos sobre la primavera. La alergia es uno de los más nuevos, incorporada a la información meteorológica sugestionará a los millones de alérgicos, que a veces, conseguíamos olvidarla.

Un rasgo de la modernidad es la inflación de avisos de peligro. Detrás de este celo está la exención de responsabilidad y bajo la humana pretensión de escurrir el bulto se encuentran las aseguradoras. Las primas (el dinero) han acabado con la fuerza mayor y el caso fortuito. Quien no está asegurado no es nadie. La vida reducida a un cálculo actuarial, precisamente hoy, un día de tumbas.

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Viernes, 19 de marzo de 2010

Monto en el funicular y me pregunto «¿qué he hecho?». Las metáforas son demasiado salvajes como para explicarlo. Digamos que ha sucedido con la involuntariedad del deseo. Jamás volveré a esperar.

Más difícil que montar un hogar es desmantelar un cuarto. Llegado el momento hay que hacerlo. Sin trascendentalismos. Para esto último la ayuda de IKEA no basta; no hay ningún artilugio low cost y la poesía buena siempre es cara.

Tengo que pensar en una divisa para el frontispicio. Un lema con el que se me pueda identificar. Aunque no sea eterno, sería conveniente que pudiera perdurar.

Sigo sin explicarme nada.

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El dieciocho que llega

Miércoles, 17 de marzo de 2010

Esta es la última primavera con un tipo general del IVA al 16 por 100. Se teme que de tapadillo suban todos los precios. Cosas de pícaros suspicaces. No volverá a bajar, y nos acostumbraremos. Orwell decía que nadie es patriota en materia de impuestos, se trata de una verdad inexorable. Todavía hay quien piensa que porque no paga al médico la sanidad es gratuita. El estado de bienestar tiene un efecto mistificador nada despreciable, exagerado por sus enemigos y negado por sus defensores. Ese es su mayor problema, que el estado social se ha quedado sin defensas, es decir, se ha impuesto el gratis total —coste cero, demanda infinita—.

Estoy cansado

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El pacto del prospecto

Martes, 16 de marzo de 2010

Mi hermano se ha comprometido a redactar unas líneas diarias en su blog, le gusta estar en forma. Trataré de seguirle, romper con esta eterna transición. Una forma es aplicarse, como al principio, cuando esto era un diálogo y habitaba el torreón.

Mientras haya productos de limpieza, muebles, revisiones del gas… no temeré a la pantalla en blanco. El descubrimiento de esta temporada es el amoniaco. Apenas sabía de su existencia y ahora puedo cantar sus alabanzas como limpiador-desinfectante de toda clase de superficies. No recuerdo haber visto propaganda que lo anuncie, y debe de ser porque es el típico producto que se vende sólo. En cambio la lejía necesita del anuncio.

Aunque todas mis confusiones no acaban en los asuntos domésticos. Las otras las disipará el tiempo.

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“Imbornales”

Lunes, 15 de marzo de 2010

Fue mi primer autor serio. Pasé de Blyton a Delibes convencido de que era el momento. El momento de la seriedad. Entremedias y con el único propósito de impresionar leí, baldíamente, ‘El Quijote’. Como de casi todo me di cuenta años después. Entre mis planes está ‘La sombra del ciprés es alargada’, hace tiempo que soy incapaz de seguir un orden  y además rehúyo la novela. Lo hago sin la sesuda convicción de que más vale un ensayo, sino por falta de interés, como fluctúa, espero recuperarlo.

He consultado mis papeles y no tengo anotado ningún pasaje suyo. Si lo tuviera lo habría transcrito y así acabaría esta entrada. Aunque he encontrado el homenaje perfecto, titular la pieza con una palabra cedida por él, que pongo en plural, el número amigo de las metáforas.

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Salís todos

Lunes, 8 de marzo de 2010

La casualidad es la causa remota de la amistad, que nunca muere gracias a las excusas. El concierto del sábado era uno de esos pretextos para juntarnos. No importa el lugar. La conversación acabó recayendo en este blog, por ningún otro motivo que no fuera el interés de M. por distraer nuestras preguntas sobre el destinatario de su batería de sms. Lo consiguió parcialmente. Todos convenimos en la necesidad de una teoría general sobre el mensajito. Desconozco si se fraguan negocios de este modo, de lo que no hay duda es que muchas relaciones empiezan, flotan y se ahogan en el angosto espacio de 160 caracteres. Además de la degradación ortográfica y morfosintáctica —denunciada ad nauseam—, con el mecanismo ha aflorado una prosa breve, en la que por primera vez, se ventilan cosas graves. Importancia y extensión ya no van de la mano, léase TQM  y sálgase de dudas. Sin haber averiguado nada sobre la misteriosa identidad del destinatario, percibimos “algo” en estado embrionario, como la canción, el tiempo lo dirá.

La gran J. acudió por primera vez a una cita fuera del circuito. Lo que nadie creía posible, y muy gratamente sucedió. Mucho antes de que todos los nuevos snob —redundancia a parte— se reclamasen políticamente incorrectos, ella lo fue, no para traer discursos de contrabando, sino para llamar a las cosas por su nombre. Ya podemos confirmar nuestras sospechas: la noche tampoco puede con ella.

Alguna vez he dicho que la promoción es la unidad de destino del funcionario, la mía queda a buen recaudo en el Tridente. Un nudo de lealtades y complicidades. A pesar de que cierta información sensible llegue a destiempo participo de la infinita alegría de A&T. La excusa del concierto fue la trampa que sin saberlo, M. me tendió a través de B. Pagada con creces por su compañía y por la delicadeza de la que sólo los poetas son capaces, así lo atestiguará siempre el disco (toc, toc, toc, tocando a les puertes del cielu…).

Si la tranquilidad tuviera nombre sería A. quien llegó acompañado (por I.) y es ley del grupo que quien viene una vez puede hacerlo siempre.

L. y N. pronto dejarán de ser dos, e inexorablemente el grupo crecerá. Septiembre, insisto, es un buen mes para hacerlo. Son la constatación de que el tiempo no pasa, atropella. A la vuelta de la esquina, un pequeño o una pequeña nos lo recordará para siempre. Con ellos ha venido I. y ahora las palabras jamás podrá llevárselas el viento. El Madrid ganaba a su pesar pero resistió estoica y deportivamente la bulliciosa alegría de otros comensales y la inmensa satisfacción de un madridista voluntariamente exiliado como N. —doy fe, con su permiso.

La pequeña M. y J. fueron mis invitados. Observaron nuestra camaradería. Dirán que somos excesivos. Nosotros supondremos que se fueron encantados. J. ha descubierto la importancia del pijama y la maña que hay que darse para abrirse paso en nuestras conversaciones torrenciales. Faltaron P&C que ya saben cómo nos las gastamos, además  P. fue reclamado como perito de novios potenciales

No sé quién me trajo hasta aquí, pero nunca le podré estar bien agradecido.

Debo pedir disculpas a todos mis amables lectores por esta sopa de letras tan entrañable, a la que habría que haber unido a: A., B&J.

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Contra tanta cháchara, ppl

Domingo, 28 de febrero de 2010

Ayer Muñoz Molina se quejaba de la palabrería en su oficio. En el mío es moneda corriente. El gremio suele medir la potencia del argumento por la longitud de la frase. El amable y paciente lector sabe mi opinión sobre la cháchara que nos gastamos. Un ejemplo de ello puede ser este blog.

La cuestión es crear un estilo propio, preciso y limpio (ppl). Y el trabajo será ímprobo.

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Borrador para una nota de San Valentín

Domingo, 14 de febrero de 2010

Amanece entre la reticencia venal o la cursilería pagana. Detractores y partidarios. No nos importan. Dan tumbos por las calles y festejan encantados sus convicciones. No los escuchamos. La indiferencia de los contrarios apenas puede ocultar su resquemor por no participar. El júbilo de los otros, impostado o no, trae la apariencia hueca del protocolo. Y a ti y a mí, ¿qué nos importa? Hace tiempo que nos hemos rendido al mundo para quitárnoslo de encima; y ahora en la intersección de nuestras miradas, sabemos que es la libertad.

Siempre escribo aturdido, pero hoy pretendo que mis palabras sean tan pesadas que sólo podamos arrastrarlas juntos. No dejas de proporcionarme razones, y aun así no las esperas; por el día o por el tácito pacto de silencio, que sin saber cuándo, nos hemos impuesto.

Sin arrepentirme por este acceso, me sorprendo firmándote esta nota y retando a quien quiera que sea el que dude de nosotros dos.

Mi amor busca lo que ya ha encontrado como si aún no fuera suyo (L.B.)

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Cincinnati, OH.

Domingo, 20 de diciembre de 2009

(Segundo encargo)

Regreso al interior de Estados Unidos, siempre a lomos de Henry James, es inevitable. El interés es saber cómo van las cosas, las últimas noticias las tomo de Pérez Colomé. El recreo se ha acabado.

En Cincinnati a las cuatro de la tarde hace frío, dos o tres grados bajo cero. Las aceras están nevadas y eso que los operarios municipales limpian sin descanso. Hace poco que ha parado de nevar. Esta ciudad se ha fundado sobre la memoria de Lucius Quinctius Cincinnatus, un dictador romano, que salvó a Roma y volvió al arado. Su imagen debería ser el contrafuerte de todo despacho oficial. Ha dado al vigésimo tercer Presidente, Benjamin Harrison.

Las indicaciones han sido claras, pero como siempre sobre el terreno me pierdo. Vengo de la calle Elm, donde me he fotografiado delante de la imponente fachada del Music Hall of Cincinnati, he atravesado el Washington Park, y por fin encuentro el Courtyard Café en Main Street.

Me quito los guantes y oteo en qué mesa se encuentra Rachel Sullivan. Después de los saludos, y pedir un café caliente con galletas (o algo así), mientras ella lo transmite al joven camarero, yo miro alrededor.

—No es un milagro, es un político —me espeta, como contestación a los correos electrónicos cruzados. —Tenía que haber dificultades y las está encontrando, nadie dijo que fuera fácil ni rápido.

Habla del Presidente Obama, y Premio Nobel de la Paz, a la sazón, como pensamos muchos, el primer Presidente del Mundo. Así que yo niego la mayor, es un milagro. Todo el mundo espera que las soluciones provengan de él. Le piden que se olvide de los específicos intereses norteamericanos y administre el mundo. Eso sólo se pide al Papa, y Su Santidad nos bendice: Urbs et orbi.

Sonríe. Una sonrisa amplia y distraída, con la que toma distancia o carrerilla, para recordarme que así sólo se le ve en el extranjero. Antes de que le replique: ¿qué es el extranjero? ¿de qué frontera hablamos?, sus manos se abrazan a la taza de café. Aventuro que ha dejado de pensar en nuestra conversación e intenta recordar si le queda batido en la nevera. Lleva el pelo recogido en una cola alta, atada por una goma disimulada por el propio cabello. Da un coletazo, porque gira bruscamente para volver a la conversación (no tiene que pasarse por el súper).

—Nos preocupa el seguro médico, y lo está consiguiendo.

    Posiblemente sea la reforma estructural más importante en mucho tiempo. Volvería al milagro, pero me quedo en la astucia, o en la audacia, da igual. Las empresas políticas costosas deben hacerse al principio, y así lo ha hecho. Ha tardado un año en conseguir la mayoría de 60 senadores, aunque pueda perderla en el siguente. Con todo, el objetivo está cumplido.

—Está cerrando Guantánamo.

También lo habría hecho McCain. Lo que no desmerece a esta Administración, aunque sí, e inevitablemente a la anterior. Un contraste grotesco.

Nos adentramos en un debate sobre la proporcionalidad de las decisiones políticas. Lo que nos lleva al terreno de las guerras justas, principio proclamado por Obama al recoger el Premio Nobel de la Paz. Ahora soy yo el que se despista, de pronto me doy cuenta que a pesar del frío, a Rachel una vez desprovista de su plumífero, le basta un fino jersey de lana de cuello de pico, azul marino, sobre una camiseta blanca. Aquí atizan el fuego sin cuidado. La miro entregada en la defensa del Presidente, y no digo nada. No quiero acabar hablando de Copenhague.

Me acompaña hasta el taxi. Antes de cerrar la puerta, concluyo: he’s a miracle worker, we know. Sonríe y agita su enguantada mano. Hasta pronto.

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Inocentes años treinta

Sábado, 19 de diciembre de 2009

Escribir por encargo es el privilegio de quienes lo hacen a sueldo. En cierto modo ese es mi trabajo. Estando ya ejercido comienza a resquemarme la trampa de mi propia cháchara. Ellas siempre tienen razón. La pragmática lucidez con que las niñas se desenvuelven. Me desvío como siempre, y de momento, no quiero. Últimamente me han hecho dos encargos, los acepto de buen grado. Empezaré por el primero, la crónica de un cumpleaños. Cuando uno tenía tiempo —y no le daba importancia— la hubiera escrito espontáneamente; y en realidad de eso van los cumpleaños del tiempo.

En el centro, una cena deconstruida, ningún alimento sabe a lo que representa. Minimalismo y delicia. Todos los personajes esparcidos en derredor aventando cuentos y conversaciones insólitas. De lejos no hay duda, es un experimento. Personas que sólo podrán encontrarse en esa mesa, esa noche, esas horas. Sin orden del día. Por delante sólo comida y conversación. Funcionó, no hay reunión que bajo su convocatoria descarrile.

Con tales auspicios la anfitriona consiguió su objetivo: cumplir treinta años. La cosa no es fácil. Al fin y al cabo, sólo se trata de cambiar la primera cifra. Un cambio cada diez años da pereza. A la salida de esa noche, se descubre la velocidad con la que el tiempo pasa. La buena compañía, aunque sea accidental y extraña, hace que las cosas vayan endemoniadamente veloces. Profundidades las justas, pero esta década es la de la rapidez, el primer acto del nudo, y eso se nota desde el comienzo.

En los discursos, con la solemnidad que impone la presencia de autoridades, quedó traslucida la personalidad de la cumpleañera. Detengámonos, no en su contenido, sino en el hecho de que en un cumpleaños haya discursos. Esa es la perfecta marca del grupo. Con los últimos restos de tranquilidad de los veinte, a las tres laudatio respondió la chica de la noche, exhibiéndose tal cual, con una franqueza ya imposible de encontrar. Si la inocencia no estuviera tan desacreditada, no hubiese sido hollada por la mala conciencia de los incapaces de ella y no se hubiera confinado a un frío día de bromas; el discurso-respuesta sólo cabría calificarlo como inocente.   

Apenas nos hemos sentado y tenemos que levantarnos; el rito de la nocturnidad —cada vez más ajeno a mí—. El tópico de que en la noche se confunde todo, se cumplió religiosamente. A salvo queda siempre el cambio de impresiones con N. Transformados todos en personajes danzamos y nos tanteamos, cada uno a su manera.

Como siempre, se hizo tarde prematuramente, no en vano ya había entrado en los treinta. En los inocentes años treinta.

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Disappointing

Domingo, 4 de octubre de 2009

La inocencia con que nuestra generación (completa y materialmente satisfecha) hace introspección, obliga a  un mínimo repaso. Los objetivos han sido razonablemente cumplidos. Aunque no suela decirse, todos los tenemos y a quien mejor se rinden cuentas es al tiempo; que con excepción de los niños y viejos, suele dar vértigo.

  Me sentaría esta mañana en cualquier banco a la orilla del Potomac. No es un lugar elegido arbitrariamente, pero no me demoraré en una inservible justificación. Baste indicar que quizá me sienta como un personaje de Salinger (al que no tengo tan leído como quisiera), haciendo tiempo, o esperando, que es lo mismo.

Pensaría en los límites de la elección directa y el asamblearismo. En cómo una idea magnánima se desborda en el cubo de la realidad. Cómo el resultado acaba reducido a un regocijo subjetivo, y tan emocional como el que podría haber provocado el método opuesto. Aunque nadie podrá pasar por alto el ensayo, pero tampoco negarse a ver en él, una atomización ineficaz, si se quiere, un despilfarro de fuerzas, del que será muy difícil, o acaso imposible, extraer un discurso sustancial.

Supongo que por fidelidad con el autor, acabaría, clavado en un andén. Estoy a la suficiente distancia como  para permitirme toda clase de idealizaciones, pero la edad ya no me acompaña, y no puedo evitar referir una cierta decepción.

Un olvido (de tantos) de mi hermano, me permite escuchar a Simon & Garfunkel en Central Park, perfecto para un ataque de nostalgia, y de paso, para no cambiar de costa.

De Lane sólo querría su abrigo y debo confesar, que a quien espera. Nunca escribiré nada de Flaubert, y mi ambición la colmaría el tren embocando la estación.

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Cartas babianas (y XII)

Martes, 25 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

 

El verano ha concluido. De hecho, escribo esta carta fuera de Babia, de vuelta a la rutina. Me he procurado un día de respiro, antes de la definitiva vuelta al cole.

Como ya sabes ha sido un verano deliberativo, apartado de cualquier plan que no fuera el libre albedrío, escapando de las nuevas circunstancias de uno mismo, como si se pudiera. Sólo si aparecieras de pronto, no dejaría de contarte, pero no es posible.

No hay mucho: sol, bicicleta, Historia de la Revolución Francesa, bádminton, gimnasia y paseos al atardecer (era la primera vez que paseaba por pasear, abandonando todo escrúpulo utilitario).

No obstante, ayer he tenido un día tonto, muy tonto, y como si mi cuerpo presagiara el desenlace de estas vacaciones de burgués, sólo me pedía que me tendiera en uno de los dos sillones verdes y me dejara hacer por la tele. No pude defenderme, en aquel instante, levantarme era una remota y costosa posibilidad, contemplada únicamente para ir al excusado, y sólo antes de reventar. Inerme como estaba, me puse a ver todos los programas de cotilleos, juzguen por sí mismos:

Una pelea entre la ex de un torero y su actual esposa, matrimonio sobre el que, a su vez, se posan nubarrones que dan mal  fario. En realidad, todo son elucubraciones, insultos (arrojados sin el menor cuidado) y chismorreos que consiguen, sorpréndete, apoltronarme más. Por momentos, no sé si estoy en el salón de mi casa o en una imaginaria sala de interrogatorio en la que de un momento a otro entrará un hombre descomunal; pienso que me han puesto la tele como sucedáneo del suero de la verdad. Cantaré, a cambio de que me devuelvan la facultad deambulatoria, para irme. Mi situación era tan angustiosa que no hallaba en el mando el dos, única salvación posible: los animales.

Ponen un vídeo en el que un invitado dice a una de las periodistas que le preguntan, cosas que sin ser un especialista en Derecho penal, bien servirían para ejemplificar el delito de calumnias. Siempre a salvo de la exceptio veritatis, es decir, que el impávido torero (no puedo dejar de pensar: ¡madre mía!, cómo está el mundo taurino), traiga las pruebas de lo que dice.

Después de horas,  consigo moverme, desentumecidas las piernas salgo desorientado, dando vueltas a lo que me acabo de tragar, con mucha facilidad, es decir, con mucho gusto. Me palpo, dudo de mi integridad, y archivo lo visto como munición para sobrevivir a cualquier conversación.

Al tiempo que te escribo esta última carta estival, aterrizo en una de esas redes sociales. Virtualmente equivale a una visita indiscriminada a amigos y conocidos, a través de un escaparate que algunos de ellos deben de juzgar opaco, a tenor de lo que escriben. También me sucede a mí aquí, así que no hay cuidado. Supongo que cuando se lean dentro de un tiempo, se espantarán; aunque sólo sea por haber pensado tanto y no dejar de hacerse preguntas retóricas. En alguna parte de esto de internet, pondrá en letra pequeña: «virtual no significa invisible». Pero no lo leemos, quizá porque estamos hasta el moño de contenernos, por muy aconsejable que siga siendo en muchos casos.

Con todo, espero que hayas podido ver la foto del perfil de la pequeña. Habrías sonreído satisfecho.

Cuídense.

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Cartas babianas (XI)

Domingo, 16 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Los meteoros han decidido desmentir aquella teoría mía. Luce el sol, como corresponde a Castilla  en agosto.

He perdido la regularidad en nuestra correspondencia, unilateral, por otra parte; a medida que he implementado mis rutinas veraniegas. He tardado demasiado en acostumbrarme y eso que he decidido que estas vacaciones tuvieran un tono más de retiro que de actividad. Después de tantos ajetreos, algunos hondamente tristes, suponía que me vendría bien detenerme y repasar. A alguien de tendencia conservadora como yo, esto no le resulta muy meritorio.

Este desliz, reclama una aclaración por mi parte; aun cuando tú sepas bien alcance de conservador. Si rescatamos el término del exangüe argot político, adivinarás que cualquier persona no predispuesta a las novedad, aunque no opuesta a ella, es un conservador. Digamos, que alguien reacio al cambio; lo que resulta difícil ya que, socialmente, el cambio se asocia, ridículamente a lo bueno. En su favor, debe decirse, que cuando entraña adaptación no sólo es bueno sino imprescindible. Por consiguiente, alguien que se siente seguro en la estabilidad debe ser tildado de conservador.

Estos días de silencio epistolar me he puesto muy contento con el nacimiento de R. Ya tengo amigos que son padres, y esa circunstancia acaba por interpelar a uno. Supongo que estas preguntas se arremolinan en torno al inminente cambio de década,  aunque creo que sólo es un débil pretexto. En una sociedad dominada por la hipercorrección, buena es la coartada que nos otorga cierta naturalidad.

Desconozco si mis cartas consiguen distraerte, o si las lees con escepticismo o aquejado por tu ilimitada curiosidad. En cualquier caso, ya no dispones de mucho tiempo para responder y así te lo hago saber.

Si hubieras vivido en Francia en la década del noventa del siglo XVIII, ¿hubieras sido girondino  o jacobino? Creo que te habrías escapado de este dilema y que a pesar del severo juicio que nuestros ojos te dispensarían hoy, te hubieras decantado por Lafayette, un héroe y un hombre de orden. No habrías dejado de ser conservador, más partidario de la reforma que de la ruptura. Un hombre de esos, a los que la Historia suele motejar como templados, porque pocos la escriben como Michelet. Templado o no, léelo.

Cuídense.

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Cartas babianas (X)

Miércoles, 12 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:
El anticiclónico sol de las Azores impide que suba, tome el ordenador y te escriba a diario. Ya se sabe, en este país se toma la pluma o se inviste al teclado cuando hay algo de lo que quejarse, o tiempo para inventarlo.
A pesar de lo que yo podría sospechar, ahí fuera, en el mundo, cada vez hay más personas que escogen trabajar en agosto. Se rebelan contra la costumbre, y del mismo modo que han ido dejando de ir a misa, prefieren disfrutar sus vacaciones en mayo, junio o septiembre. Es como si nadie tuviera hijos o si estos hubieran dejado de guiarse por el curso académico. También puede ser que los hijos hagan por su cuenta las vacaciones, dando descanso a la institución familiar. El caso es que la apariencia de que en verano todo paraba, no la percibo. Sólo quedan fieles al agosto feriado los Tribunales y que dure. En consecuencia el suplicio de trabajar en este época, salvando la envidia de no tener lo que no se tiene porque ya se tuvo o se va a tener, se desvanece y hay quien canta sus ventajas. Las escucho al sol y a pierna suelta.
En estas vacaciones sólo me he traído, por si fuera poco, a Michelet (‘Historia de la Revolución Francesa’) y no me resisto a copiarte aquí, una soflama que los españoles deberíamos haber escrito a Fernando VII, se adelantó el inglés Payne trabajando, en 1791, por la causa revolucionaria:

Acabamos de experimentar que la ausencia del Rey es mejor que su presencia. Ha desertado, abdicado. Jamás devolverá la nación su confianza al perjuro, al fugitivo ¿Qué importa que su fuga se deba a él o a otro? Embustero o idiota, resulta de todos modos indigno. Nos hemos librado de él y él de nosotros; es un simple individuo Luis de Borbón. Francia está segura de que no se deshonrará por su seguridad. La monarquía ha concluido. ¿Qué vale un oficio entregado al azar del nacimiento, que puede ser desempeñado por un idiota? No es nada, una nulidad.

 Después de esto me resulta muy difícil continuar la carta. No puede defenderse con más aplomo la causa republicana; que nunca lucha contra la corona sino contra quien la ciñe. Los buenos reyes sofocan el republicanismo con la misma eficacia, que el pan al hambre.
Contigo no puedo disimular, y en esta última línea te confieso que no tenía ni idea de la Revolución Francesa.
Cuídense.

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Cartas babianas (IX)

Lunes, 10 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Luce el sol y la jornada será la propia de un día de agosto. Aunque por las noches, como advertencia, ya hiela. En este lugar, los ciclos naturales se retrasan, la primavera tarda en entrar, cuando es una estación de natural tempestuoso. Sin embargo, la acumulación de retraso es tal, que el verano nunca llega del todo.

Ayer no pude franquearte la carta, y no fue ni por falta de tiempo ni de cobertura; más bien sentí la pigricia propia del ocioso, me entretuve con otras cosas. Además, el día pasó muy rápido, la visita de L. y N. hizo que de la una a las ocho no mediara nada. El tiempo pasa rápido cuando uno desearía su lentitud. He aprendido de ellos muchas cosas, que sería imposible desgranar aquí. En resumen, la lucidez es un bien escaso, encontrarla en una pareja de amigos resulta entrañable y digno de admiración.

Mientras que desayunaba mi café americano manchado de leche, mojando galletas ‘María’ de dos en dos, tomé el suplemento de esta semana con la intención de mirar los santos y poco más. Este artículo sobre ‘El arte de pescar pareja’ llamó mi atención, el tema es una de esas serpientes de verano, una metáfora tópica cada día más próxima a la realidad. Aún no he leído a Fromm y su canónico libro ‘El arte de amar’, pero sospecho que todo lo que en este giro se escribe se alimenta de él.

En algún momento uno repara en las capturas perdidas, no obstante es peor pensar en aquellas no emprendidas. Respecto de las primeras, el periodista Miralles dice: “merecería la pena plantearse el porqué de este autoboicoteo, ya que la persona que elige mal una y otra vez se obliga a fracasar inconscientemente. Detrás de este tipo de inercia puede ocultarse el miedo a vivir el amor en toda su intensidad.” Este fragmento constituye un pretexto que todos los singles del mundo deberíamos retener. Nuestra sociedad donde no hay peligro suele inventarse un miedo.

Como no eres muy propenso a seguir mis enlaces, te transcribo la conclusión del artículo para que hagas con ella lo que quieras:

Para atrapar a un compañero con el que compartir nuestra pecera es conveniente aprender a pescar en aguas profundas. Tal vez la captura se demore un tiempo y nos vayamos a casa más de una vez con el corazón vacío, pero el pescador sabio sabe que la pieza más preciada, el amor de nuestra vida, suele llegar cuando menos se espera.

El día acaba de pasar con toda rapidez, hoy la visita de parte de la familia que crece nos ha puesto contentos. Es una alegría ver al pequeño A. despertando en su primer verano y anunciando que esto va muy deprisa; quizá demasiado.

Mañana comienzo el ejercicio, inercia que pretendo arrastrar hasta el invierno o hasta el primer “imponderable” que me desmienta.

Cuídense.

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Cartas babianas (VIII)

Viernes, 7 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Podría decirse que hoy el tiempo resulta del todo engañoso. En apariencia, luce por momentos el sol, pero en verdad, sólo puede estarse fuera con jersey. Una constatación más de que la clemencia veraniega está en horas bajas.

La lluvia ha respetado a la celebración, algo que los sabios supieron, al ver oculta a Peña Ubiña por la bruma, infalible indicador de que no llovería.

No sé si hay un ensayo sobre las formas de diversión de nuestro tiempo. Si lo hubiera, sería imposible que pudiera pasar por alto este tipo fiestas, que aun siendo vestigio de las romerías (de gaita y tambor), han tendido a la sofisticación (orquestas y discotecas móviles). Son las fiestas de prao, que resisten a duras penas tal denominación. El centro del encuentro social, ha sido ocupado por el alcohol; la música en vivo o enlatada sirve de acompañamiento, pero la disolución del baile académico es evidente. Sabes que agradezco su desaparición, y que por su muerte no me enlutaría, porque conoces muy bien lo torpe que puedo resultar en movimiento. La ventaja personal no me ciega, y lo sitúo como un retroceso social, al fin y al cabo, el baile es un acto reglado que convoca como todos los de su estirpe a la certidumbre. El alcohol vale en sí mismo, es decir, ni siquiera sirve a una supuesta desinhibición; en una palabra, deja de ser medio; tesis que abonan las cantidades consumidas.

Este tipo de fiestas, a las que podría suponerse mayor fecundidad en relaciones individuales, no suelen alcanzar tal objetivo, porque, con carácter general, son  los mismos individuos quienes asisten. La renovación es mínima y casi siempre hay un marcador gregario previo; pertenencia que a su vez, operará como requisito para actuar. En definitiva, la fiesta se convierte en lugar de destino, o mejor, en un predestino condicionado de antemano.

Pasa una hora y media de las doce, y estoy tan despeinado como si hubiera tomado parte en una fiesta que no sea la fiesta ontológica que te he diseccionado.

Cuídense.

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Cartas babianas (VII)

Miércoles, 5 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El día estuvo bien hasta las cinco, momento en que se preparaba una tormenta que aún no ha basculado. Como puede observarse, se cumple mi teoría.

Hoy es víspera de la fiesta patronímica, y en otro momento esta inestabilidad me traería en vilo. Sin embargo, para mí, mañana jamás tendrá derecho a ser fiesta, así será, aunque incurra en desacato. Tampoco te enviaré la carta. Lo que no te importará, porque a estas alturas, no creo que nadie digiera, ni tú tampoco, estas líneas torcidas al ritmo en que se van sucediendo. Quizá un oficinista aletargado o constipado por el aire acondicionado, las use para demorar su quehacer. Habría cumplido mi incierta misión.

En estos pagos, las fiestas no se adaptan al calendario, ni éste forcejea con ellas. Son el día estipulado, caiga quien caiga. La recogida se supone que ha acabado y por tanto, no hay cuidado.

Lo que si noto para consternación de la especie, es que la afluencia de veraneantes se contrae a lo que podríamos llamar la ‘Semana Grande’. Temo por nuestra extinción como categoría, y eso son palabras mayores. ¿Qué haría esta tierra sin veraneantes? ¿y qué haríamos nosotros despojados de esta condición? Por un momento llegué a pensar que que lo seríamos todos, fundando una utopía íntima que como todas, son lastradas por la realidad. De ahí, a desaparecer, o lo que es lo mismo a habitar una semana, lo que exigiría un nuevo bautizo. Porque si en algo se caracteriza nuestro estado, es en la estabilidad, sé muy bien que preferirías inmutabilidad, pero créeme si te digo que no nos conviene.

Cuídense.

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Cartas babianas (VI)

Martes, 4 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Es mediodía y hay sol y nubes. Me las prometía más felices. Desde que los veranos se acortaron, no los hay como los del escolar aplicado, urdí una imaginaria hipótesis que creo que se está cumpliendo, lo que no deja de inquietarme.

El mes de agosto, con los años, veintitantos años de observación son buena muestra, había dejado de ser aquel mes garantizado. Se desataba una intempestiva brisa que dificultaba jugar a bádminton; por las noches, el fresco de la montaña se convertía en frío. Así era como mi cabeza reaccionaba contra la privación. No tenía la menor intención de convertirlo en hipótesis empírica, y si lo repetía en público, era para convencerme. Sin embargo, me doy cuenta que la realidad ha convertido a agosto en un mes climatológicamente azaroso.

Resuelto el expediente del tiempo, quiero decirte que en este pueblo está garantizada la continuidad generacional. Como todas las generaciones, nosotros creímos que tras la nuestra, el desierto. Fingíamos no ver a las pequeñas, y en todo caso, después de ellas nada. En cambio las bicis siguen enjambrándose de un lado a otro, y las mismas aventuras de siempre acontecen en el pueblo. En otra carta anterior, hablaba del estado de naturaleza y la playa; quizá sirva para los adultos, pero para los pequeños, la libertad del pueblo es inigualable. Si se lo preguntaras, no cambiarían este verano por nada. Nosotros que ya sabemos lo que es la caducidad, les podríamos decir que esta misma tierra será un lecho de aburrimiento, o una encrucijada imposible entre lo que uno fue y quien es. Están lejos de saberlo. Además, los paralelismos sólo los ensambla la nostalgia, quién sabe realmente lo que piensan de este verano. Es indudable que están mucho más separados del medio físico, tienen móviles, videoconsolas que sirven para todo, ordenadores, películas que ven tantas veces como quieren en cualquier dispositivo de mano; saben que Australia está lejos, pero que pueden pasearse por ella en cuestión de minutos sin moverse. No reciben cartas postales, y por tanto no se exasperan con los retrasos del correo. A sus novietas  les escriben diariamente media docena de sms y les dejan decenas de llamadas perdidas. Por eso, aunque vayan de un lado a otro, siguen en el mundo y su mundo, con toda certeza es que el que acarrean en su bolsillo. Nuestros veranos eran, en realidad, otro mundo, y las novias debían ser otras, o no tenerlas. Escribíamos cartas compulsivamente en las que nos contábamos nuestros veranos y pegábamos la efigie del Rey.

Diríase que el pueblo no se acaba. Pero es mentira, los pueblos se extinguen con uno, y en eso tienen razón los niños; cuando se tapan los ojos son invisibles y cuando duermen todo se detiene. Sólo los padres tienen derecho en pensar en la posteridad, y con moderación, porque aún vivos, pronto, la fortuna y desventura de sus hijos no dependerán de ellos. La diferencia entre el final (inapelable) y la extinción (paulatina).

Fin de la plática.

Cuídense.

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Cartas Babianas (V)

Lunes, 3 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

Como estaba previsto, el tiempo ha dado hoy su mejor cara, la Castilla, secadero de los asturianos. La culpa de mi estancia aquí, la tiene exclusivamente un campamento Junior, al que mi padre asistía, estas calizas le fascinaron y aquel gusto marcó nuestros gloriosos veraneos. A mí no se me ocurriría hacer una casa en mitad de la sierra madrileña, persiguiendo los magníficos recuerdos de aquellos campamentos de bolsillo. Y no por el paraje que es extraordinario, sino por la persecución. Estoy seguro que no saldría bien.

Además de veraneante (a mucha honra), ahora soy turista interior. Esa nueva clase de turismo que se me antoja soberanamente aburrido, pero que distingue a quienes lo hacen. El turismo interior nació con la emigración rural, pura necesidad, los hijos de los obreros emigrados eran privilegiados, sus camaradas de ciudad no podían escaparse, en un tiempo sin piscinas municipales y sin dinero para bicicletas. Ahora, a base de precios prohibitivos y paquetes cool se ha convertido en un lujo. Nuestra primera industria ha tenido que emanciparse de la idea de sol y playa, e intentarlo con el turismo interior, de menos éxito.

La playa recuerda vagamente al estado de naturaleza, y cada vez más; eso explica su poder de convocatoria por encima de otras consideraciones.

El caso es que he estado secando, y espero poder hacerlo durante los siguientes días. Hasta ahora, estar blanco como la leche, era signo de aplicación y consideración social. Sin embargo, en estos momentos, resultaría sospechoso, y como sabes muy bien, no tengo ninguna inclinación por el A.R., es decir, por empolvarme el rostro e ir a danzar a Viena, como si nada hubiera pasado.

Cuídense.

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Cartas babianas (IV)

Domingo, 2 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El mal tiempo se enmienda como pecador contrito, lenta y confusamente.

Tengo una agenda desorganizada, lo cual si nos dejamos llevar por el tópico, traerá cosas buenas. El desprestigio de la organización es incomprensible, cuando tan buenos resultado ha dado. Sin embargo, quienes nos gusta tener un plan y cumplirlo en sus propios términos, somos pasto de toda clase de desconfianzas. Tímidos recelos, porque al cabo, todo paciente quiere ver ordenada la mesa de su cirujano. No obstante, la bohemia tiene sus adeptos y resulta convincentemente seductora. Lo que ya no tengo tan claro es, que exista una correspondencia entre la edad y el atractivo por el desorden. ¿Dónde queda la preferencia por la provisión y la previsión?, tan determinante, según la antropología.

Llegados a este punto, son ya conocidos, para el amable lector de estas cartas estivales, mi más sentido y radical racionalismo. Nadie escoge azarosamente, y cualquier elección responde a criterios, de cuya consistencia sólo puede responder la inteligencia, acaso la experiencia del elector. “Obviedades”, dirás con razón, pero necesarias para alcanzar lo interesante: saber por qué se elige a un desordenado frente a un organizado. Lo que de verdad nos interesa, y sé que no puedes resistirte a las conclusiones de esta investigación, es ver la hoja de los pros y los contras. Nuestra curiosidad, ciega en estos trances, nos empuja a clasificar los ingredientes; conscientes como somos de que el resultado (la elección) una vez consumado, no puede reconstruirse, sin riesgo de hacerlo a base de aventuradas hipótesis psicologistas, que aunque no lo sepas, rechazas tanto como yo.

Puede que este factor (orden/desorden) no sea determinante de ninguna elección, ni tampoco de las de carácter sentimental, más determinadas, si cabe, por criterios de orden material, por no decir estético.

Claro que yo podría explayarme sobre mi criterio en la cuestión. El principio de prudencia impone que sólo lo haga ante una solicitud formal, y con tiento para que mis palabras no sean una red en la que caer atrapado. Con todo, no arrojaría mucha luz al asunto, como siempre. Y más en este fresnedal. 

Cuídense.

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Cartas babianas (III)

Sábado, 1 de agosto de 2009

Queridos veraneantes:

El cambio de mes ha traído la tormenta. Aquí, cuando el tiempo se embosca, no hay esperanza posible: se acaba el verano. En un verano caben mil veranos. En tardes como esta, la influencia de los meteoros en las personas es un tema recurrente y propicio. Si no fuera porque tengo somnolencia, y ganas de cambiar el principio de mis vacaciones (por ceñirme sólo a cambios mínimos), me precipitaría al juicio rápido e intrascendente de siempre, pero no estoy de humor.

Me resistiré a que el sueño sobrevenga, y en ese ejercicio acabaré soñando y es  lo peor que puede suceder, quedar traspuesto y soñar. El despertar, siempre enojoso, se vuelve turbador, porque hasta que transcurran unos minutos creeré que estoy en aquel lugar con aquella compañía. A medida que cobre conciencia y me vea donde realmente estoy, mi mal humor aflora y es incontrolable. Por cortesía me reporto. Olvidaré la siesta.

Estos días volvemos a enredarnos en justificaciones y en vez de ver, a los asesinos tal cual son, pensamos en malditos cumpleaños. No aprendemos y no tengo la seguridad de que estemos convencidos de lo que realmente son. Sin saberlo, estamos venciendo. Devastador.

Vendrán cartas mejores.

Cuídense.

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Cartas babianas (II)

Domingo, 26 de julio de 2009

Queridos veraneantes,

El buen tiempo se adhiere a este lado de la montaña con irremisible voluntad. La mitificación del paso es inevitable. El día es inmejorable. Al igual que uno al descolgar el móvil siente la necesidad, o tiene el escrúpulo de decir dónde está; a mí, al echarte esta carta me ocurre lo mismo. Si resultara pesado, discúlpame y si por el contrario sintieras curiosidad, no pospongas una visita.

Me tienta la cursilería, y escribir como si nadie me leyera: que el tiempo aquí se detiene. Algún despiadado lector, de juicio tan rápido como agudo, me detiene. Eso es la prudencia, tan difícil de hallar exenta. Y sólo cuando se da apartada de las consecuencias de su ausencia, puede tomarse como virtud.

El que no lo escriba no quiere decir que no tenga esa sensación. Me inclino a pensar que se debe al silencio, a oír sólo  un rumor asilvestrado que invita a  quitarse el reloj; aunque no (y es pronto para las confesiones) a desconectar el teléfono. Los ruidos imprimen velocidad.

En la oficina el ruido constante de alguna instalación, seguro que bendecida por AENOR y sus ISOS, nos convierte en la lenta digestión de un depredador supremo. Y esa velocidad impide pensar; hay dos condiciones para que pueda pensarse: la lentitud y la compañía (alguna idea contra la que pensar).

En este lugar, lo difícil es hacer algo sin pensar. Es más, es imposible no estar dándole vueltas a algo, sopesar causas y ponderar efectos. Quien dice poder conseguirlo miente. No considero extraño que haya que mentir para evitar ser un pensador, categoría más escuálida, diría yo, que la de intelectual; pero no por ello menos grave. Todos rehúyen la gravedad, y yo el primero.

En realidad quería hablarte del mes de agosto de 1789, pero la cogitación se ha hecho demasiado larga y el corral (como aquí se conocen los jardines y patios) me llama. Ya habrá tiempo… sobre todo aquí.

Cuídense.

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Cartas babianas I

Domingo, 19 de julio de 2009

Queridos veraneantes,

En los veranos habita el recuerdo, si hubiera que ser más preciso, reside en estas mañanas luminosas y frescas que anticipaban un día fantástico. En altura, el frío y el calor se intercalan y la presencia de uno no descarta la visita del otro. Un matrimonio bien avenido que aturde al turista despistado. No es mi caso, aprendí a andar y a balbucear aquí, por eso, si tuviera que inventariar los sitios a los que pertenezco éste, sin duda, estaría entre ellos. Aunque siempre es preferible hacer inventario de las personas a las que perteneces, y dejar la tierra para pisarla.

La categoría de veraneante, te otorga la suficiente ajenidad como para observar (también ser observado) y no intervenir. En su momento, la imposibilidad de actuar y la marginación que ello suponía, me irritaba. Ahora, me divierte comprobar todo lo que me ha ahorrado la vecindad civil de veraneante.

La palpable constatación de que el mundo ha cambiado, es que yo pueda escribir esta carta. Aunque hay otras evidencias menos halagüeñas, apenas hay ganaderos. La verdadera depauperación del medio rural, de la que no se habla porque su crisis, suele reportar ventajas para el consumidor (lecha más barata). Sin embargo, no encuentro  el menor resquicio de indignación. El destino de este lugar, inextricablemente unido a su nombre, acaso perseguido por él, es la placidez, la resignación y la resistencia.

Juran haber avistado a un oso, y hace tiempo que los jabalíes bajan a hocicar en los contenedores de basura. La civilización los había alejado, a medida de que esta se aparta y se hace invisible (como esta conexión gprs), regresa lo salvaje, nimbado por la romántica (y tan urbana) idea del conservacionismo.

Son las once y media, una bóveda azul rasgada por los reactores nos auspicia, está fresco, y el sol ya es imponente. Todo sigue igual. Aquí, como en ninguna otra parte, un panteísta vería a Dios por doquier.

El que ha cambiado soy yo.

Inauguro esta serie epistolar, aprovechando que pronto empezaré mis primeras vacaciones remuneradas.

Cuidénse.

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La hora de la vocación

Viernes, 22 de mayo de 2009

(Intervención en la graduación del Colegio Sagrada Familia-El Pilar, curso 2008/2009) Para Tatu, que siempre venía a recogernos. 

Antes de nada, desearía agradecer esta presentación cebada de tanto afecto como exageración.

 

Directora General,

Muy querido Director técnico de Primaria,

Claustro de profesores,

Padres,

Y muy especialmente graduados,

 

Felicidades, dais un paso que no olvidaréis nunca.

 

Para mí es difícil regresar a un lugar en el que por primera vez  conoces la amistad, la enemistad, en el que te enamoras o en el que te rebelas contra la autoridad tanteando sus límites; en este Colegio hice política y representé tan bien como puede a mis compañeros. Digo que es difícil regresar porque quizá nunca me he ido. Aunque seáis escépticos, os ocurrirá igual, porque no hace tanto tiempo, cuando estaba yo donde vosotros, deseaba perderlo de vista; como luego me ocurriría con la Universidad

En realidad vuelvo a un Colegio (Sagrada Familia-El Pilar) que se hizo más grande para ser mejor, y lo hago con alegría para apadrinar a vuestra promoción.

Un Colegio regido por dos Congregaciones indisolublemente unidas a la vida de este Concejo. Su misión pastoral y estrictamente religiosa, debe ser enjuiciada por los creyentes. Sin embargo, quiero yo en este solemne acto, encarecer su trayectoria de servicio a la comunidad.

El Instituto de la Sagrada Familia de Urgel, a través del Colegio procuró a muchas mujeres un nuevo horizonte de oportunidades, permitiendo que pudieran alejarse de la fatalidad de un sino de sumisión. No nos engañemos, la verdadera emancipación requiere autonomía, y la educación, es el primer paso para lograrla. La eficacia con la que hoy se impone el justo principio de igualdad, es tributaria de estos pequeños esfuerzos que han cristalizado en mujeres médicos, profesoras, abogadas, ingenieras etc. Sin estas religiosas, lograr aquí la igualdad hubiera sido mucho más difícil. Lo que nos muestra los efectos redentores de la educación. Su servicio se prolonga en la atención a los ancianos y antes, aunque no nos acordemos, en el hospital. Y esa actitud, perfectamente simbolizada por la Fundadora, Ana Mª Janer al elegir el suelo como lecho de muerte, debe alertarnos de las necesidades de orden social que nos acechan y ser conscientes de que hay personas entregadas a procurar su solución, y sobre todo de la deuda que tenemos contraída con ellas.

Yo no estudié en el Colegio Ntra. Sra. del Pilar, en cambio, por razones obvias y familiares me siento pilarista. La Compañía de María representa, como ninguna otra, el compromiso con la educación de calidad. Su ideario que condensan bien el lema evangélico: «La verdad os hará libres», transmite la fulgurante idea, de que un hombre y una mujer debidamente formados podrán transformar la realidad que les rodea. Sin rehuir de la razón, ni trazando un discurso dogmáticamente ortodoxo y anquilosado, sino abiertos al mundo; lo que les permite estar en Lena y al mismo tiempo en la Universidad de Dayton en Ohio, Estados Unidos. Este mensaje del Beato Chaminade se os ha dado y ahora está en vosotros la responsabilidad de llevarlo a término.

Debéis estar orgullosos de personificar esta síntesis, reconociendo siempre como algo propio a este Colegio.

Pero la verdadera dificultad, de mi regreso aquí, estriba en un malentendido que debo aclarar ya. Vuestra generosa invitación implica que tengo cosas interesantes que contaros. No es así, me temo que doce años no me han hecho lo suficientemente viejo. Tampoco tengo ingenio como para relatar de forma simpática, cómo un policía municipal irrumpió en nuestra clase de matemáticas en tercero de BUP o de qué manera nos paseábamos furtivamente por la biblioteca en el carrito de los libros; o la forma en la que interceptamos un examen de latín en la papelera de la fotocopiadora, y memorizamos la traducción de vuestra profesora María Dolores Tirador, dedicada entonces a dar clases particulares; aquel ingenuo fraude no tuvo el recorrido deseado y tuvimos que repetir el examen con preguntas sospechosamente más difíciles.

Lo que sí puedo hacer es volver la vista, y hacer que la volváis conmigo. Esta retrospectiva la sentiréis como propia, con otros rostros, con otros momentos y como dice el clásico con otros afanes, pero en el fondo es la misma.

Os encontráis en el punto exacto en el que dependéis de vosotros mismos, y es justo reconocer a quien con tantos, y muchas veces, invisibles esfuerzos y sacrificios os han puesto aquí. Vuestros padres. Es el agradecimiento crucial de esta tarde, el único verdaderamente indispensable y quizá el que se da siempre por supuesto.

Vuestros maestros y profesores han estado a vuestra disposición, se han equivocado muchas veces, pero han acertado muchas más. Son imprescindibles para instruiros, para transmitiros conocimientos, lo que constituye su única misión. Sin embargo, a pesar de que son irremplazables, la complacencia social los arrastra a diario cargando sobre ellos toda clase de responsabilidades. Se transmite la lacerante idea de que están contra los alumnos; lo importante es que vosotros sabéis que no, que  os han ayudado y que han trabajado duro. Ahora que dejáis de ser colegiales, cuando leáis o escuchéis esa colección de tópicos sobre los profesores, acordaos de los que tenéis a vuestra espalda y contestad sin reticencia: «hay cosas que sólo a ellos se las debemos».

No tengo tiempo para enumerar mis deudas particulares con mis profesores. No obstante, citaré las más importantes. La maestra Olimpia Fernández me enseñó a leer, a escribir y a perder, enseñanza que no hace mucho tiempo tuve bien presente. María Teresa González Díaz me mostró el camino para pensar por mí, y para dejarme convencer por los argumentos de los otros, la valiosa lección de que hay que estar atento a la razón. Las Hermanas Consolación Tirados y María Ángeles Hidalgo me transmitieron que hay personas que dan mucho trigo y predican muy poco, su vida es un ejemplo.

Podría seguir porque hay más, pero también quiero que os acordéis de vuestros compañeros. Los echaréis en falta. El tiempo hará que vuestra suerte no sea la misma, pero tened en cuenta que han sido vuestros compañeros y ayudaos, este fue el ruego que nos hizo aquí mismo el padre José María Osborne a finales de mayo de 1997 y hoy os lo hago a vosotros al tiempo que renuevo yo ese mismo compromiso. Al hacerlo me acuerdo de María Jesús, de Ruth, de Oscar, o de Camilo, un compañero de bachillerato que es un amigo íntimo. Y de muchos más cuya enumeración nos retrasaría.

Antes he afirmado de pasada, que dependéis de vosotros mismos. Es muy probable que no seáis conscientes de ello, que ignoréis hasta cierto punto que es la hora de vuestra vocación. Tomada no con una retórica idealista, en la que se sacrifica la vocación por las salidas profesionales; como si se tratara de un debate entre pragmáticos e ilusos. Sino interpretándola como hacen los ingleses, lengua en la que calling sirve para vocación y profesión; donde no se separa la voluntad de ocupar un concreto lugar en el mundo, del lugar que finalmente se ocupe. No significa que os empuje a una elección temeraria, muy al contrario, os exhorto para que trabajéis denodadamente porque vuestra vocación sea finalmente la forma en la que honradamente vais a cansaros durante largos años de vuestras vidas. Por muy grande que sea la exigencia no os rindáis, trabajad más. No es cierto que eso conduzca inexorablemente al éxito, pero sí a la tranquilidad de haber hecho todo lo posible y elimina el escozor de penar con «el qué habría sido de uno si hubiera hecho algo distinto…»

La historia de mi vocación, en lo que os pueda servir es, en resumen, la siguiente. Siempre quise ser abogado, estudiar Derecho; la resolución con la que contestaba a la sempiterna pregunta «¿qué quieres ser de mayor?», debía de resultar perturbadora para los mayores que la hacían. Muchas veces, aquella precoz resolución les irritaba, se extrañaban o la festejaban como ocurrencia de niño parlanchín o relamido. Sólo yo conocía el verdadero alcance de aquel compromiso.  

Nadie tiene una vocación sin motivos; sin poderosos y urgentes motivos. Entonces ¿cuáles fueron los míos? Al hacer esta investigación, me he dado cuenta de que eran bien modestos. O por mejor decir, que no me había dejado guiar por luminosos principios de comprometida concreción real. Pretendía conocer las reglas que nos dirigen, distinguir el poder legítimo del ilegítimo; pero también, saber cómo se distribuyen los bienes de una persona después de muerta o lo que es una sociedad anónima. Donde hay dos o más personas, hay Derecho. El mismo que nos acompaña desde que nacemos: cuando un nervioso padre nos inscribe en el Registro Civil, él nos pone nombre, el Derecho nuestros apellidos;  y nos sigue hasta la muerte, sólo nos enterrarán o incinerarán, previa autorización judicial. El Derecho es la atmósfera que nos envuelve, está en este mismo salón, donde vuestro título de Bachiller es un simple acto administrativo.

Además el Derecho encauza los conflictos, con el objetivo de que los individuos no usen la violencia. La paz social sólo existe cuando hay árbitros que pongan punto final a una controversia; ello es necesario, pero sólo será suficiente cuando lo hagan de forma objetiva, y únicamente el Derecho permite que el hombre no dependa de otro hombre.

Junto a estos motivos, debo reconocer, late una preocupación, podría decirse que un anhelo, por contribuir a alguna forma de justicia. Algún modo en el que de forma eficiente, las sociedades podamos distribuir razonablemente las cargas evitando que sean los débiles quienes hayan de arrostrarlas sin más. Un Derecho justo, sólo pueden hacerlo juristas justos.

Hasta aquí el brillo de la vocación y la importancia de este momento. Pero sin concesiones a la realidad, debéis saber que escojáis lo que escojáis, encontraréis dificultades que tratarán de apartaros de vuestra vocación. Tendréis que adaptaros, ser firmes en vuestro propósito, sin que nada os desvíe. Es decir, tenéis que estar preparados para luchar y en ocasiones contra vosotros mismos. Vuestra verdadera forja ha comenzado, es la hora de la vocación.

Ante todo estoy hoy aquí, para ser vuestro padrino de promoción; por tanto, si en algo os puedo ser útil no dudéis en buscarme, nuestra contraseña será, si os parece: no has sido breve, pero podría haber sido peor.

 

Muchas gracias

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Age

Miércoles, 20 de mayo de 2009

Nunca me ha preocupado la edad, debe de ser porque mi apariencia denuncia a un joven que no lo es tanto. He convivido con la rectificación de ser, en verdad, el hermano mayor. Sigue sin preocuparme, no descarto la frivolidad. No obstante, en la cita mensual, sobrevuela un estado de ánimo que debo atribuir directamente a la treintena. Una gran encrucijada en la que despistadamente, nos congregamos. Ya no se trata de la crisis de identidad de la adolescencia, ahora empieza a escocer todo aquello que un día nos pareció remoto. Se trata de que los planes se cumplan y sean duraderos, pero no cualquier plan, sino el nuestro.

También puede ser una casualidad, o una circunstancia efímera que tenga que ver más con la primavera que con los años.

Desde fuera, alguien podría habernos visto agitados y urgidos. Ninguno de nosotros sabría decir porqué.

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La célebre sombra

Domingo, 17 de mayo de 2009

Mientras tecleaba las dos últimas entradas, las leía por encima de mi hombro, la más célebre de mis sombras. Aquella que me observa en los momentos importantes, y sin que nadie pueda oírla va diciéndome con su lengua acerada, cosas que me estrangulaban. Hace tiempo que he conseguido domesticarla, y a duras penas he ido arrinconándola. No obstante, comienzo a dudar si he hecho bien, y me pregunto si no sería mejor volver a darle voz. Sin duda, si la hubiera escuchado, no habría escrito nada de eso. Tal vez, hubiera sido mejor así: ensombrecido por la  más célebre de mis sombras.

Aborrezco, espinosianamente, al arrepentimiento, pero no así a la rectificación. Convendría pues, hacer una fe de erratas, y ponderar la conveniencia de desembridar a aquella, para que con su impertinencia habitual, nunca más, me deje de la mano.

Éste, es uno de esos minutos que agrandados quiere salir de sí, llenando espacios para los que no tiene capacidad. En eso consiste la tristeza, en un desagradable minuto con vocación de infinito.

 

Fe de erratas.- El infinito no existe, aunque pueda padecerse.

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Sinfonía núm. 9, Coral, en re menor, opus 125

Martes, 12 de mayo de 2009

A todas las Karoline Unger que pueblan la tierra,

De vez en cuando escucho la Novena de Beethoven, al tiempo que hago otra cosa (principal, supongamos);  lo hago con la seguridad de que en algún momento la música me interrumpirá. Aunque mi relación con la música es extraña; la que escucho me viene prestada y sólo muy poca es elegida. A ésta puedo desgastarla hasta convertirla en el himno de un momento o de un estado de ánimo. No es el caso de la Novena que siempre vuelve impetuosa, para luego descansar aguardando su momento.

El de la tediosa tarde en la que uno tiene que ser asaltado por la interrupción, apabullante, sinfónica. El allegro assai me sacude y pone las cosas en su lugar. O como escribiría con más tino mi admirado Donne:

It cannot be/Love, till I love her that loves me.

Los siete minutos y medio bastan. Respiro y como hombre nuevo, regreso a la tarea. Eso sí, lamentando no haber podido pasear junto a Ludwing.

 Nota.- El estreno  de la Novena tuvo lugar en Viena, en el Kärntnerthortheater, el 7 de mayo de 1824, después de sólo dos ensayos. Beethoven se colocó junto al director, de espaldas al público. Al finalizar la interpretación, Beethoven, completamente sordo, permaneció durante unos instantes mirando a los músicos, hasta que la contralto Karoline Unger le cogió por los hombros y le hizo volverse para que pudiese contemplar la reacción de los asistentes, cuyas muestras de júbilo obligaron a la policía a intervenir: ¡cinco salvas de aplausos, cuando el protocolo sólo tenía previstas tres para la familia imperial!

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