Category: Ficciones

Semana veinticuatro (24), veinticinco (25), veintiséis (26) y veintisiete (27)

Semanas de ola de calor y de ola de trabajo. De lo primero se hace eco la prensa local, una forma de saber el tiempo que hace. Se supone que la meteorología llega a los papeles del país porque estos calores no son normales. El titular se trenza rápidamente con el cambio climático, de esta forma adquiere una gravedad que bien justifica el espacio empleado. Pero esta conexión, como casi todas las que van de lo singular a lo general, no está lo suficientemente trabajada. El fin del razonamiento no es informar sino el efectismo.

Las olas de trabajo aquí son imprevisibles. El mundo está demasiado desordenado, y el final del curso es el final del curso. Contra las prisas es imposible luchar; una buena organización, un trabajo planificado tampoco lo consiguen, aunque su alternativa es el caos absoluto. La ventaja de este aprieto es que, aquí, el verano suele pasar desapercibido.

En un diario como este, de páginas acumuladas, no puedo dejar de hablar de la humedad de estos días. La importancia del tiempo viene de que acabamos somatizándolo. Los días de sol son alegres e invitan al optimismo, el cielo azul y la luz aportan tranquilidad y serenidad. La lluvia es pura nostalgia, un tiempo de espera en el que inevitablemente se recuerdan los días de sol (y se les espera). La niebla produce confusión y desasosiego, un velo que no puedes rasgar, tras el cual nadie sabe lo que sucederá. La perfecta ambientación para el misterio. El viento produce locura, se percibe por los oídos, por los ojos y por la piel, es la infección del tiempo. La nieve produce tranquilidad porque viene con silencio, nunca he aguantado tanto tiempo tras un cristal sin hacer otra cosa que ver, con mis propios ojos, como iba cubriendo la nieve. El granizo es una llamada de atención efímera, una excitación, precederá al fin del mundo. La humedad es la frustración, es el agente invisible que se pega a tu cuerpo y no te deja. El cuerpo se defiende sudando, es decir, con más humedad y esa cadena no tiene fin. Sales de la ducha y de golpe vuelves a estar empapado. Las sábanas al final del día te recordarán que no hay espacio que la humedad no haya ocupado. Da igual que haga frío o calor. La humedad es insana.

Estas dos circunstancias debidamente combinadas me han impedido aparecer, sé bien que la falta de frecuencia hace que nadie te espere. No obstante, como esto es una lucha contra mí, venzo mientras yo mismo me espere.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 2 de marzo. Llevo días sin ponerme a escribir en el diario. Me he dedicado a colocar libros y ordenar papeles, muchos de los cuales no volveré a ver nunca jamás. A pesar de esta certeza me da tranquilidad saber que los tengo a mano. En el momento en que sería útil usarlos me digo a mí misma que es mejor partir del folio en blanco, para evitar la repetición. El caso es que me ha llevado mucho tiempo.

Mi vida social, de momento, se limita al gimnasio. En mi horario, en la bici de al lado está una chica joven que es médico, no habla apenas y lo que sé de ella es por un aspirante a bombero que no para de hablar. Nos interroga con poca sutileza, da la sensación de que las dos le podríamos interesar, tanto como sus marcas o el peso que levanta. El otro día creo que adelantó su salida para acompañarme, tras diez minutos me metí en un supermercado con el único objetivo de darle esquinazo. Será un buen bombero.

Para acabar con el jardín faltan dos o tres semanas y una de buen tiempo, según me ha dicho ayer el jardinero. El cenador lo instalarán la próxima semana, me alegro porque hay tardes en las que podré trabajar desde allí. Talar y retirar la palmera ha costado más trabajo del previsto. El jardinero se ha resistido desde el principio a ejecutar el encargo, le daba pena. Lo cierto es que la palmera estaba enferma y no pintaba nada en un jardín pequeño, supongo que en su momento sirvió como señal de riqueza. Me he quedado tranquila.

Semana veintitrés (23)

Sabemos que los Underwood solo quieren el poder. House of Cards trata de conseguir, a toda costa, el poder, para ostentarlo o detentarlo. No sabemos para qué lo quieren, en alguna temporada se colaba, como telón de fondo, el programa. En esta última, ni rastro, salvo el asunto del terrorismo internacional. En la serie, todo lo demás es absolutamente accesorio. También las relaciones personales entre los personajes, y por supuesto, entre los protagonistas. La ficción persigue a la realidad sin descanso. Mientras que la temporada acababa, el real exdirector del FBI Comey declaraba ante el Senado y afirmaba que no diría nada en público sobre el papel del presidente en la supuesta interferencia electoral rusa. Inevitablemente planeaba sobre la realidad la sombra del ficticio Petrov como antihéroe en una serie de antihéroes.

No dudo de la importancia que tiene el poder, ni tampoco de su indiscutible atractivo. Pero el espectáculo resulta hiperbólico. Hay a quienes les importa más el para qué, aunque tengan que jugar, con desventaja, en la misma liga de quienes solo quieren quedarse con el qué.

Con todo, es forzoso reconocer que el poder, la eficiencia con que este se ejecuta es lo único que ahora cuenta. El liberalismo se esfuerza en impedir que el poder no se desboque.

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Diario ficticio de Sonia Terán, segundo apellido desconocido. Pendrive recuperado entre trastos abandonados en una mudanza.

Calle del Prado Picón, núm. 2. 27 de enero. No estoy acostumbrada a dormir en la segunda planta de mi propia casa. Siempre he vivido en pisos, primero en uno compartido mientras estudiaba la carrera, luego en una buhardilla (sin cédula de habitabilidad); con mi primer trabajo, ocupé un pequeño apartamento. Siempre de alquiler. Tengo una sensación extraña, como si estuviera fuera de lugar. Son mis primeros días en esta ciudad, mis primeros días de huida. No conozco a nadie aquí. Voy de un lado a otro como si tuviera prisa. No tengo miedo. Sin embargo, a veces no duermo bien, en el insomnio se me aparece todo lo que no soy, ni fui, ni seré. No hay nada más perturbador que ponerse a recordar el futuro. La casa es grande, más grande que todas mis anteriores casas juntas. Ahora mismo estoy sentada en mi cama tecleando en el iPad. Llevar un diario me pone nerviosa. Preferiría contárselo a una amiga, pero aunque tuviera una a mano, no podría decirle lo que pienso escribir. A ninguna. No es por cobardía, es porque todas se negarían a escucharlo. Para cada una de ellas soy quien soy, no quieren que cambie, no por mí, sino por su propia seguridad. Las he escuchado tantas horas que podría escribir todo lo que me quisieron contar mientras fingían hacerme confidencias. A ellas les ocurrirá lo mismo respecto de mí, pero ellas no están aquí y tampoco sé a ciencia cierta si tienen tiempo y ganas para escribir un diario. Hace buen tiempo. La casa hace esquina, la calle por la que se entra es muy tranquila, pero la que hay que torcer para entrar no lo es tanto. Por eso oigo continuamente los coches, y a ratos el run run de los peatones. Tengo que salir, y no sé que ponerme.

Series políticas

Las series son uno de nuestros principales entretenimientos. Una trama dividida en capítulos sucesivos, que sin embargo puede consumirse de golpe. La televisión convertida en una novela que se puede llevar a cualquier sitio. Socialmente cumplen una misión formativa (ejemplarizante) que ningún otro agente podría hacer. El fin principal de toda ficción es tomar la realidad. Por eso nunca he entendido que el dicho: «la realidad supera a la ficción», se presente como una paradoja. La verdadera vocación de la ficción es alcanzar a la realidad, en otras palabras, la ficción siempre va por detrás. Solo cuando triunfa el modelo que propone, cuando ese es su objeto, podría decirse que adelanta a la realidad.

Todo esto para tratar de explicar que las series de médicos acaban por crear más médicos, las de abogados más abogados… Si una sociedad quiere tener mejores abogados, una buena forma de conseguirlo es proponiendo un modelo atractivo, ¿cómo? a través de una serie de televisión. Creo haber leído en algún sitio una correlación entre las vocaciones jurídicas de los años 80 y la famosa ‘Ley de Los Ángeles’.

Últimamente han ido apareciendo series políticas. ¿Será un intento de mejorar nuestra clase política? Buscamos a un Presidente como Barlet, o la vacuna contra la falta de escrúpulos de Underwood. La idea, por necesaria, no parece descabellada. Mientras que ‘West Wing’ nos ofrece un modelo (el deber ser), ‘House of Cards’ nos describe, pensemos que hiperbólicamente, el ejercicio político real (el ser). El éxito de estas dos series demuestra que existe un interés real por la política. Se ven los intereses que mueven a los políticos, que podrían reducirse al de su supervivencia, pero también, los dilemas que les salen a su paso.

En un sistema democrático el instinto de mantenerse en el poder, en principio no es malo, equivale a conseguir la mayor adhesión del cuerpo electoral. Sin embargo, cuando esa es la única preocupación del político diremos, peyorativamente, que son populistas. En consecuencia aceptamos que las decisiones políticas son complejas y que en ocasiones, las mejores no dan lugar a un aplauso general e inmediato. Siguiendo el argumento, el votante racional está dispuesto a admitir como óptimas, decisiones que no le beneficien; de lo contrario, el populista sería el gobernante deseado. Apurando la conclusión, el político ideal debe estar dispuesto a perder, es decir, debe actuar contrainstintivamente. Churchill ganó la Guerra y perdió las elecciones, pero un tiempo después volvió a ganarlas.

Ningún problema tiene una solución fácil, llegados a un punto, el político solo trata con dilemas, con soluciones que siempre son difíciles. El argumento de estas series siempre se arma sobre un dilema. Los espectadores vemos la justificación que sirve para desmontarlo, y las contradicciones que forman el irreductible núcleo de la decisión política.

Los políticos deberían darse cuenta de que los ciudadanos conocen estas circunstancias y actuar de acuerdo con ello.

‘Borgen’ es la serie europea que muestra el interior de la política parlamentaria de Dinamarca, con el interés añadido de que el poder está diseminado en varios partidos y el pacto es imprescindible. Con los tiempos que corren será bueno que todos la veamos aquí.

El soldado.

Tenemos mucho frío. Llevamos más de cuatro horas en este cruce. Como siempre, en la última media hora del relevo, tenemos miedo. Pensamos que lo que no ha ocurrido en las anteriores cuatro horas y media va a suceder justo al final. Es irracional. El caso es que en esta media hora los cuatro guardamos silencio. El conductor se aísla del resto. Sin que él se dé cuenta me gusta observarlo. Tendrá unos veintidós años y creo que sigue alucinado, tengo dudas sobre si realmente sabe dónde está. En medio de la nada. Solo espera que yo le ordene dar media vuelta, una vez que llegue el refresco. Hasta ahora no hemos hablado mucho, nunca lo hacemos. A veces, como si el peso de tranquilizarles recayera sobre mí, les pregunto cómo van los Celtics. Me contestan y la conversación acaba muriendo, es raro el día en que continuemos y enlacemos con otra cosa. Cuando eso ocurre, el mayor del grupo, el cabo Rodríguez, nos habla de sus cinco hijos como si acabara de haberlos visto. Pienso en sus tres vidas como ellos pensarán en la mía. Todo es muy extraño.

En estos minutos en los que nos esclaviza la incertidumbre, me pregunto por qué demonios estoy aquí. «[…] Y quiero decir algo a los escolares de toda América, quienes estaban mirando en directo el despegue del transbordador. Sé que es duro de entender, pero algunas veces, sucesos dolorosos como este ocurren. Es parte de la exploración y el descubrimiento. Es parte del proceso de expandir los horizontes del ser humano. El futuro no pertenece a los temerosos, el futuro pertenece a los hombres con coraje. La tripulación del Challenger nos estaban conduciendo hacia el futuro, y nosotros los seguiremos […]». Esta es la explicación, aquel discurso del presidente Reagan en el salón de mi casa junto a mi padre, a mi madre y a mis dos hermanos. «El futuro no pertenece a los temerosos, el futuro pertenece a los hombres con coraje». Esas palabras siguen resonando en mi cabeza, después de tanto tiempo. Cuando explotó el transbordador estaba viendo el lanzamiento en casa de mi amigo Tom. Enmudecimos, aunque no sabíamos exactamente lo que había pasado. Después el locutor lo dijo, y nosotros seguimos jugando. La vida nunca se detiene. En cambio, cuando mi padre nos pidió que nos sentáramos a escuchar al presidente, me pareció que lo había entendido. «El futuro pertenece a los hombres con coraje». Y yo quería tenerlo.

A mi madre le costó mucho entenderlo. Mi padre me apoyó, porque siempre cree que los principios son el mejor motor para la acción. Mi hermana sigue todavía asustada, y donde quiera que esté, apretará cada cinco minutos sus dientes por mí. Con mi hermano nunca he hablado sobre esto, pero es como si estuviera aquí, esperando a que la radio nos dé la orden de volver a la base.

Faltan quince minutos y solo puedo pensar en ti. Llegaré a mi barracón, abriré el ordenador y veré, una vez más, todas tus fotos. Si tengo conexión (y ánimo) hablaremos por el Skype. Fingiremos que no tenemos sospechas y que tú no ves los vídeos que los muchachos suben a Youtube. Nos quedaremos sin palabras y nos conformaremos con oír nuestras respiraciones, mientras nuestros ojos eludirán la cámara. Hoy cenaré con el coronel y el resto de oficiales. Te echaré en falta y en medio de esas conversaciones solo pensaré en ti. Me retiraré de los primeros, quizá escuche música. Me interrumpirá algún compañero que quiere tanto como yo, hablar y guardar silencio. El calor denso del barracón contrasta con este frío que no nos deja. Es forzoso reconocer que la vida aquí es muy distinta a la tuya allí. Tengo escalofríos. Sin embargo, ninguna distancia, ni la más larga de todas, podrá impedir que en estos minutos sepa por qué debo aguantar.

Por mi reloj solo quedan tres minutos para acabar por hoy. Hace mucho frío, mi mano derecha aprieta la izquierda y no puedo mirar al cielo.

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