En el café del jueves comentábamos que nada volverá a ser como antes. Antes de la crisis. Las anteriores azotaron a nuestros padres, y esta repercute directamente sobre nosotros. Las explicaciones que tratamos de darnos son plausibles, pero no definitivas. Seguimos concentrándonos en el diagnóstico, en afilar con ingenio cuál ha sido la última causa que ha desatado el desastre. Esta conducta convoca al pesimismo (es imposible zafarse del análisis psicológico), asusta y paraliza. Por lo general, y también antes de la crisis (a.c.) consumíamos varios minutos del día despotricando. Diríase que somos un país que prefiere el malditismo de la tormenta. Nuestra literatura más reciente instruye bien sobre el particular. Quizá deberíamos leer (o releer) Los episodios nacionales, o estudiar atentamente nuestro siglo XIX, en el que algunos valientes combatieron contra el ‘¡viva las cadenas!’ Como nuestra maldición prescribe, fracasaron. La Transición política podría haber sido una tardía victoria. Pero ya hay depredadores ocupándose de ella.
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Me extraña y subleva que dentro de los poetas elegidos no esté Lidia Bravo. Sigue escribiéndose sobre la poesía y los poetas con ese cariz ñoño que da repelús. Si todos los poetas del mundo fueran así, es decir, sin en vez de decir: «hoy llueve», dicen «está diluviando», nadie podría quererles ni mucho menos vivir con ellos. Quizá deba alegrarme de no encontrarla entre aquellos e imaginarla sin raros poses. Despeinada y en zapatillas después de haber escrito:
GÉNESIS
Todos los peces llevan mares en la boca
y qué es el mar sino una boca abierta
y una noche que quiere ser de agua
para que el día en ella se sumerja y todo sea al fin,
como fue en un principio, una voz sola.
Sí y no, tú y yo, todo y nada, luz y sombra.
