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Por fin es 24 de febrero

Viernes, 24 de abril de 2009

Anatomía de un instante. Javier Cercas busca explicar el 23 de febrero a partir del aguerrido gesto de Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Lo extraño es que lo consigue. Ha escrito un relato lineal, concienzudo, desechando las cábalas y exponiendo con verosimilitud los hechos. En realidad, coqueteando con la ficción (el fatal sino del escritor), ha conseguido poner fin a una historia interminable. Para valorar el logro, su lectura habrá de reposar y ser convenientemente cernida. Los que sólo sabemos por referencias ajenas, qué estábamos haciendo aquella noche, el que por fin amaneciera, nos ha aliviado, y en qué medida.

Los periodistas han urdido trabajosamente una trama inacabable, llena de flecos, de equis sin despejar, de silencios, de dudas, de insinuaciones, de fingimientos, de sombras… Con hechos deslavazados, alguna coincidencia pertinaz y extrapolaciones históricas tan extravagantes como socorridas, el 23 de febrero era un enigma sin resolver. Una conspiración más. No es que seamos conspiradores de café o salón, esencialmente somos un pueblo de conspiradores literarios. Lo sorprendente aquí, es que sea un escritor quien haga el conjuro expulsando a los demonios. La explicación sencilla se impone con estridencias, y expurga el rastro mítico del 23 de febrero. Ya no hay personajes inmaculados; la contradicción hace mella en todas las almas.

La ficción que contiene el libro se reduce a largos excursos basados en interpretaciones psicologistas. Marcadamente verosímiles, incluso conversaciones que si no ocurrieron así, hubieron de aproximarse. Cercas las recrea con sencillez, mostrando el lado más romo de personajes cebados por un instintivo e histriónico sentido de la responsabilidad histórica, bien como salvapatrias, bien como garantes del orden coronado. Y en todo caso, si no hubieran existido o si en medio del asedio hubieran conferenciado sobre la teoría del Estado, es decir, sin urgencia ni nerviosismo; insisto si así fuera, el libro quedaría indemne.

Los tres personajes que se mantienen erguidos, dirigen la narración, dirigida, insisto, a dar un final a una historia suspensa. El 23 de febrero pone fin a la transición y sepulta a los tres hombres. El presidente Suárez culmina de pie su obra, podría decirse, apurado por la lectura del libro, que nuestro hombre son sus gestos. Además de ese gesto, todos retenemos el rostro aliviado con el que vivió la aprobación de la Ley de Reforma Política, que acababa para siempre con quienes la habían aprobado.

Los lectores nos preguntamos: ¿a quién deja bien el libro? ¿con quién ajusta las cuentas el autor? ¿qué defiende? No hay respuestas, porque Cercas se aleja apoyado en datos. La realidad nunca corona a nadie, salvo que medie la fe de la secta. Por eso el libro desconcierta tanto, porque habla de la «placenta del golpe» de quienes limpiaron, armaron y cargaron aquellas armas. Expiadas todas las culpas, con el juicio a aquellos militares atrabiliarios y anodinos; las otras responsabilidades no desaparecieron, el libro las señala con claridad. La distancia parece traerme un cuadro de sujetos que se manejaron con cierta frivolidad, desestimando la amenaza o fantaseando frenarla con una operación ‘De Gaulle’ a la española. Delirante.

Javier Cercas ha desprogramado cualquier intento de consolidar una versión oficial, que por definición deje a todos bien parados. Al tiempo que ha evidenciado la insostenibilidad de un acontecimiento inexplicado, o de una trama velada. Ha puesto el guión de la película del 23 de febrero. El libro debería traducirse pronto al inglés y caer en las manos de Oliver Stone; de no ser así prefiero que el libro sea libro.

Costumbristas

Domingo, 29 de marzo de 2009

Mi infancia ha durado veintinueve largos años.

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El costumbrismo no tiene buena prensa, es la sublime tacha que puede hacerse a algo, después de una velada cool de las que aún quedan. El realismo se prefiere o mágico o kafkiano, pero nada de recrear la constancia y aun la fuerza de la rutina. Con esta píldora se despacharía fácilmente a Max Aub y a su «Calle Valverde». Pero también a Bruce Springsteen (tendrán que perdonarme el salto), sus imperecederas canciones viven de ese mismo aliento, tan incompatible con la sofisticación de la idea (del pecado) original.

Últimamente le escucho como quien oye una plegaria, en un estado de recogimiento fervoroso a veces, y descreído otras. Cualquier oración conduce a esa disyuntiva cruel e insoluble. Estos temas menores, como hablar del súbito enamoramiento de una cajera de supermercado, no inflaman a los críticos, que son seres muy difíciles de impresionar. Late en el fondo el falso desdén por lo que cualquiera podría hacer, y a lo que muy pocos llegan. No obstante se condena a que la bisoñez busque afanosamente minas que le aparten de la rutina; y en ocasiones el resultado es la extravagancia. Nada más lejos de esas letras o de esos cuadros tan reales como costumbristas del gran Antonio López. Siempre (creo que por herencia) he sido partidario de perderme en los detalles.

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Nunca es hora de hacerse mayor

 

La serie

Miércoles, 24 de diciembre de 2008

El escenario podría ser una mansión inglesa, de abolengo, mínimamente decadente. Se trata del Ala Oeste de la Casa Blanca, donde, en apariencia, sin mucho espacio trabajan los altos funcionarios de la administración norteamericana. La iluminación es tenue y en ese ambiente donde todo el mundo vaga medio a oscuras, la cámara nos lleva a un ritmo infernal propio de las personas ocupadas. El plató es más cinematográfico que televisivo, e insisto, no digamos la iluminación. También la cámara, que adopta la posición del narrador, planeando por encima de los personajes, sin reencarnarse en ellos. Nos conduce a aquello que queremos ver, postergando lo que deberíamos ver.

Las elipsis imponen su ritmo y concentran el argumento, servido por un guión que a veces parece recargado, pero sólo cuando el espectador olvida que aún quedan personas barrocas. El discurso caracteriza al personaje, otra vez la literatura. Sin ella los actores mueren expuestos a la voracidad de nuestros ojos. En el ‘Ala Oeste’ (West Wing), los diálogos los amarran, y los hacen ser hombres y mujeres excepcionales. Aunque algunos hallen en ello un reproche, no puede serlo, porque la trama misma exige el canon, el arquetipo. Nadie es perverso, todos tienen intereses, y el negociado donde se ventilan tiene por primera vez paredes transparentes. Los cálculos electorales, los miedos al inmovilismo, las presiones, se nos presentan como son en la política realmente existente, continuas concesiones, transacciones con la realidad. No apta para ingenuos. La grandeza del político (épica en la serie, como en el arte) es poner un límite inquebrantable; y velarlo a pie firme, mantener una intransigencia íntima frente a las advenedizas justificaciones.

El creador de la serie, Aaron Sorkin propone una presidencia ideal, que tiene sombras y está sometida, como cualquier otra, a graves decisiones morales sin consuelo posible. Nos muestra el trabajo más frágil del presidente, decidir, y es cuando perdemos la ventaja del observador. Embadurnarnos es la cortesía de la serie.

Si ven la primera temporada querrán ver la siguiente y lamentarán que sólo tenga siete, ni los gatos dan más.

En España sería imposible hacer una serie de estas características, no por  falta de ingenio, sino porque todos los días desgastamos las instituciones y los símbolos que las representan. No reina, precisamente un respeto al Presidente del Gobierno, por poner un claro ejemplo en el que se confunde al titular con el órgano. También hay vanagloria en perdérselo al Rey, como si en eso consistiese la quintaesencia de la democracia. La serie cultiva esos símbolos. Aquí la televisión pública la pasa en La 2, mientras que en Estados Unidos tuvo mucho público. Siempre nos quedará el DVD y el sabio consejo de Jesús.

Los emborronados límites del arte

Sábado, 22 de noviembre de 2008

La exacta crítica de Ángel Fernández-Santos me tranquiliza. Su pérdida es irreparable para el lector de periódicos, como lo fue la de Joaquín Vidal. El celo con que escribían sus artículos, los hizo indispensables.

‘La ciudad sin límites’ es la crónica de una familia, de un secreto. Pero también la palpitante demostración de que hay un buen cine español. No conozco cual fue su suerte taquillera, y en cualquier caso no hay una relación entre la calidad y el éxito. Con todo, puestos a subvencionar conviene extremar las garantías cualitativas. Lo que nos conduce a indagar sobre la pregunta de qué es arte. El sujeto se ha apoderado de la respuesta; arte es lo que hacen los artistas. Y ¿quiénes son? La pregunta ha de ser trasladada a las academias, las cuales, para evitar el intrusismo nos extenderán una hoja de inscripción, nos reclamarán una cuota para finalmente darnos el título. Entiéndase bien, no es una cuestión de dinero, tan sólo burocrática. Sin embargo, es casi imposible concebir a un artista de nuestro tiempo sin público. A algunos muertos les toleramos que hayan sido incomprendidos, pero sólo por haberlo sido hasta este momento.

Llegar hasta el público exigiría paciencia, baste alertar que lo fundamental es el número. Es falsa la dicotomía entre el arte comercial y el alternativo. Hasta el punto de que el movimiento underground ha conseguido el número adecuado para continuar la forja del mito. Cualquiera puede hacer una obra de arte minoritaria, y esta es una frontera cuantitativa. Claro que no sólo, sino que la cantidad ha de estar de acuerdo en el bautismo artístico, digamos que esa mayoría ha de concertar en lo que ha de clasificarse como arte. Es aquí donde actúan la desinformación y la influencia de minorías especializadas.

La falta de criterios estéticos firmes se debe a una negligente educación artística (cada vez más acuciante), que impide al común de los bachilleres disponer de criterios que delimiten aquello que no es arte y aquello que al menos, puede ponerse bajo sospecha. Siendo esto  así, nos vemos obligados a delegar en minorías a las que suponemos debidamente documentadas para que hagan la correspondiente función depuradora. Tan viejo como el principio de autoridad. Tan temible, que antes de atreverme a escribir que ‘La ciudad sin límites’ era una muy recomendable pieza, he acudido al especialista. Nadie sabrá que hubiera escrito en caso contrario.

Pero en nuestros días el principio de autoridad se tambalea, lean críticas de todo tipo e intenten analizar sus argumentos; abunda el mero subjetivismo o las interpretaciones psicologistas que exigen piedad para el autor. Es en este crucial brete en el que se encuentra el arte contemporáneo;  ya casi nadie se fía de quien engola su voz para decir que el huevo estrellado contra el lienzo es arte. O en todo caso, no puede cohabitar con el retrato de Inocencio X. La cúpula de la Capilla Sixtina es arte, si conocer es comparar, difícil lo tienen quienes pretenden homologarla con la de Barceló en la ONU o con las pinturillas del sectario Argüello en La Almudena.

Justificada mi remisión a la crítica y reconfortado por la coincidencia, vuelvo a ‘La ciudad sin límites’ donde se amasa un secreto familiar. Las familias son un cúmulo de secretos, dormidos o despiertos, entrañables o desgarradores, miserables o magnánimos, interesados o inocentes que la hacen estar estructuralmente en crisis. La película lo cuenta de forma transparente, y en el intenso intercambio entre Fernán-Gómez y Sbaraglia se evidencia que el amor del hijo al padre hubiera podido acabar con el mismísimo hijo non nato. La épica suele verse en los sacrificios cruentos, pero no en las torturas incruentas. La película no sólo se monta sobre esta elipsis formal (comentada por el mismo crítico, respecto de otra gran película de secretos familiares), sino que aborda sin tapujos que la indiferencia suele ser la causa del silencio, de los secretos.

Separándome del reparo de Fernández-Santos:

«Y sólo cabe reprochar a éste un exceso de elevación en el tono sinfónico inicial, un punto de abuso en el énfasis de la línea dramática de arranque, que genera una inoportuna sobreabundancia de expectativas para un tramo final que es bueno, pero que sin duda sería doblemente bueno si hubiera sido preparado por una más cautelosa dosificación en la vibración y las resonancias del dramatismo de su planteamiento.»

La película no puede tener final más vibrante, declarando un hijo a su padre, que desvelado el secreto, aun le quiso más.

Zola visita las nuevas factorías

Jueves, 24 de julio de 2008

 Si hoy a las cuatro de la tarde me hubiera acompañado Émile Zola, hubiera sacado de su bolso un cuaderno y comenzaría a hacer exhaustivas anotaciones sobre la entrada y salida de un centro de tele-operaciones. Si hubiera lugar a ese anacrónico acontecimiento, observaría por encima de sus hombros y si  tuviera suficiente confianza, le transmitiría mis impresiones, como estratagema para trabar una conversación en la que acabara por contarme detalles sobre su famosa carta ‘Yo acuso’. Es un misterio si esa epístola le llevó a la muerte, y aun más si se entiende la ironía de sus líneas más envenenadas:

«En cuanto a las personas a quienes acuso, debo decir que ni las conozco ni las he visto nunca, ni siento particularmente por ellas rencor ni odio. Las considero como entidades, como espíritus de maleficencia social.»

Abandonemos el finisecular caso Dreyfus, para describir; sin la exactitud, ni la minucia del naturalismo; la entrada al tajo de los tele-operadores. Llegan arracimados, a sabiendas de que acceden a un lugar que no importa donde está. Los fumadores absorben concienzudamente aceleradas y abundantes dosis de nicotina, calculando que sean suficientes hasta el siguiente descanso. En el ambiente, se cruzan anécdotas inverosímiles de llamadas recibidas desde cualquier parte del país, un intercambio para sobrevivir a desconocidos. Puro nerviosismo.

Predominan las mujeres y el atuendo fashion, como si la envoltura desafiara el verdadero destino de las trabajadoras. Resulta extravagante el desfile de gafas de sol grandes (tipo estrella de Hollywood), de ahuecados y vaporosos vestidos, de sandalias y zapatos de colores, formas y alturas imposibles, en medio de un polígono industrial, donde los trailers se hacen sitio en medio de un hormiguero de furgonetas. El prisma berlanguiano coloca las cosas en su sitio y borra el contraste.

Ya no hay sirenas, en el patio hasta el más rezagado sabe hasta cuándo puede apurar el cigarro, momento en el que fin del turno arroja a borbotones a los mismos que acabamos de ver entrar. Se esparcen rápidamente, y sin dejar rastro desaparecen hasta mañana. Cuando llegarán desocupados, como si hubieran olvidado lo que pasa dentro del fortín. Buenas noches le atiende… ¿en qué puedo ayudarle?

Gore Vidal, D.C. (después de Cristo)

Domingo, 13 de julio de 2008

 Después de haber leído muchas memorias,  de políticos, periodistas y escritores, he concluido que el género es una suerte de obsesión por aclarar para la posteridad quien fue verdaderamente uno. Casi siempre estos autores han sido objeto de estudios, y muchos de ellos cuentan con biografías o aparecen aludidos por otros, de ahí el ahínco con el que quieren fijarse. Un vano intento de querer colocar al personaje, creyendo que prevalecerá su última palabra. En cualquier caso es interesante el juicio ético que hacen de su propia vida; porque aunque uno no conozca los detalles polémicos de la biografía del memorialista, pronto advierte cuando éste rememora uno de esos aspectos escabrosos. Más que un ajuste de cuentas, las memorias pretenden ofrecer una justificación a lo hecho; desde una perspectiva histórica (omnisciente) es más fácil articular una sólida cadena de motivos y causas. Sin que con ello quiera decir que las memorias son una expiación. En fin,  en ellas el lector puede ver los cosidos, y eso a mi juicio las hace sumamente interesantes.

Acabo de terminar ‘Navegación a la vista’ el segundo volumen de las memorias de Gore Vidal, un escritor que me atrae por el conocimiento directo que tiene de la política norteamericana, amén de dominar su historia. Si conocer es comparar habremos de dar por buenas las conclusiones del autor sobre la actual clase política, en contraste con la de los primeros tiempos de la República. En sus recuerdos aparecen personajes tan importantes como Truman Capote, Tennessee Williams o los hermanos Kennedy; a los que desnuda escribiendo con toda naturalidad lo que piensa sobre sus vidas e incluso sobre sus muertes. Parte de que su generación está hecha por el cine, como la nuestra por internet. Así cuenta la película de su vida, sobre todo sus idas y venidas, divorcios y segundos y terceros matrimonios de sus padres, hermanastros, y su homosexualidad. Tema sobre el que aplicó la normalidad, negando que su identidad derivase de sus prácticas sexuales, lo que claramente contrasta con la tendencia actual de considerar que la condición gay del sujeto le hace automáticamente portador de una serie, generalmente de ‘virtudes’, que quien no lo sea nunca podrá tener.

Después de ‘Navegación a la vista’ se concluye que la fama de provocador de Gore Vidal es exagerada, incluso no existiría sin esa desmedida predisposición a ser escandalizados, propia de timoratos.

Cito el último párrafo de una carta al director que nuestro autor envió el 7 de julio de 1977 a The New York Times (periódico que lo silenció durante años), para que puedan verlo al natural:

«Dejando a un lado estas objeciones, agradezco a su empleado que haya demostrado tan a la perfección y en una sola frase muchas de las razones por las que The New York Times será eternamente un mal periódico, destinado a defender a figuras tan cuestionables como Judith Miller» (El subrayado es mío)