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Disappointing

Domingo, 4 de Octubre de 2009

La inocencia con que nuestra generación (completa y materialmente satisfecha) hace introspección, obliga a  un mínimo repaso. Los objetivos han sido razonablemente cumplidos. Aunque no suela decirse, todos los tenemos y a quien mejor se rinden cuentas es al tiempo; que con excepción de los niños y viejos, suele dar vértigo.

  Me sentaría esta mañana en cualquier banco a la orilla del Potomac. No es un lugar elegido arbitrariamente, pero no me demoraré en una inservible justificación. Baste indicar que quizá me sienta como un personaje de Salinger (al que no tengo tan leído como quisiera), haciendo tiempo, o esperando, que es lo mismo.

Pensaría en los límites de la elección directa y el asamblearismo. En cómo una idea magnánima se desborda en el cubo de la realidad. Cómo el resultado acaba reducido a un regocijo subjetivo, y tan emocional como el que podría haber provocado el método opuesto. Aunque nadie podrá pasar por alto el ensayo, pero tampoco negarse a ver en él, una atomización ineficaz, si se quiere, un despilfarro de fuerzas, del que será muy difícil, o acaso imposible, extraer un discurso sustancial.

Supongo que por fidelidad con el autor, acabaría, clavado en un andén. Estoy a la suficiente distancia como  para permitirme toda clase de idealizaciones, pero la edad ya no me acompaña, y no puedo evitar referir una cierta decepción.

Un olvido (de tantos) de mi hermano, me permite escuchar a Simon & Garfunkel en Central Park, perfecto para un ataque de nostalgia, y de paso, para no cambiar de costa.

De Lane sólo querría su abrigo y debo confesar, que a quien espera. Nunca escribiré nada de Flaubert, y mi ambición la colmaría el tren embocando la estación.

La parábola de los ajedrecistas

Domingo, 27 de Septiembre de 2009

La imagen de Karpov y Kasparov compitiendo de nuevo, me resulta nostálgica. El recuerdo a aquellos años en los que jugueteaba, más o menos en serio, con las piezas de ajedrez. Entonces, los telediarios informaban sobre los principales torneos (Linares, Jaén es un buen ejemplo), y cada partida era una pequeña epopeya. Una guerra reducida a la estupenda escala de lo incruento.

Aquí el ajedrez sigue gozando del prestigio que tienen los frikies. Y de la desconfianza que suscitan las minorías, que disfrutan con una buena apertura o un ataque contundente. No he desarrollado esa sensibilidad porque mi cabeza no puede anticiparse hasta ese punto. Pero admiro a quienes pueden y lo explican al resto.

La veteranía se impone como un valor absoluto. Experiencia y experto son hijos etimológicos de experientia; lo que anima a que se establezcan lazos indiscutibles entre el transcurso del tiempo y la eficacia. De otro lado, en sociedades en las que la vejez se mide por segundos, es casi imposible ser joven (mucho más si se está en la treintena); y se alimentan estúpidos debates sobre la conveniencia de que sea una cara joven la que presente los telediarios en prime time.

La cruda apelación al valor intrínseco de una u otra condición es ridícula. Sin embargo, es una potente arma para callar la eficacia de los jóvenes inexpertos o la de los experimentados senior. Se supone que el criterio del tiempo es neutral, la antigüedad es algo objetivo; pero no lo es menos, el resultado de su tarea. Veteranos frívolos y pretenciosos, o jóvenes ineptos se benefician, dependiendo de la moda, de ese valor objetivo que fatalmente portan.

La conclusión es desoladora. Nadie quiere poner nota al trabajo real; y en pos de la objetividad, se acuden a otros criterios imparciales, que no seleccionan con eficacia, ni se aproximan a hacerlo.

El ejemplo puesto habla, sin embargo, de dos veteranos que no pudiendo estar en la élite de un deporte que exige juventud; pueden hacer algo que los jóvenes no han logrado, reivindicarlo.

Argumentos ad personam et ad Deum

Sábado, 17 de Enero de 2009

La pobreza del panorama argumentativo hace que en los últimos tiempos haya proliferado la argumentación ad personam. El resultado es tan penoso como fijar la atención en la forma de sonreír de Rosa Díez, en la indumentaria de la Ministra de Defensa o en el posado de la portavoz parlamentaria Soraya Sáez de Santamaría. Sin que en la invectiva, importe su discurso o actuación política. Cosificación. Es muy llamativo que las presas escogidas por los anodinos, sean mujeres. Aunque también se lanzan contra hombres, la desproporción es manifiesta como ilustró bien aquella vieja polémica de las fotos ‘Vogue’. Es el triunfo de la banalidad, y en cierta medida una contaminación frívola de las páginas y secciones de opinión, a las que sólo la actividad argumentativa hace dignas. El caso es que se cuelan en el debate y obligan a que sus víctimas respondan de sus ropas o de su forma de reír. La respuesta (lógica, tras el ataque), es la última confirmación de la obediencia a la fruslería. Los agraviados deberían dejar que el dicterio siguiera su curso, la desintegración. Los consumidores exigir calidad, o gratuidad. Aunque cada vez se envuelvan menos bocadillos de chorizo.

En algunas ciudades los autobuses alertan sobre la existencia de Dios, mientras que otros proclaman su inexistencia. El ateísmo, desde la perspectiva cristiana quedó resuelto para siempre por Pablo de Tarso, la fe es una gracia, se tiene o no se tiene. Sin embargo la fe no ha recibido un trato tan categórico por el ateísmo, y debería. Muchos ateos se empeñan en hacer proselitismo, en crear comunidades de base atea, en instar expedientes de apostasía o en jugar a los herejes. Todo con cierta superioridad, no hay pruebas, luego el creyente, el visionario, es un ser irracional. La casuística sirve aquí para no aceptar el argumento. Si bien, debería tomarse por buena la escalera del Santo Padre Benedicto XVI, aceptemos que el catolicismo es una religión superior ontológicamente a todas las demás. Y adviértase que el siguiente peldaño es el ateísmo, mucho más ingrato y por supuesto inclemente, lo que justifica el número de unos y otros. También la impotencia de la razón frente a la gracia.

En ambos casos, no hay consenso en las leyes que deben regir el debate, así, no hay la menor posibilidad de convencer y por supuesto de ser convencido. Estado íntimo y personalísimo, tan infrecuente como los accesos o trances místicos.

Tweed

Jueves, 9 de Octubre de 2008

 Al parecer este otoño se impone el tweed, un tejido acorde a la crisis. Desde el punto de vista estético es una buena noticia. Volvemos a finales de los años sesenta, principios de los setenta, que aquí, por el cerrojazo franquista, no se vivieron a pleno pulmón. Se destrona sin mayor miramiento la estética Madona, la exageración y extravagancia de los ochenta, la horterada de aquellos chalecos que encapsulaban a Mecano o el abigarramiento de los personajes de la desternillante Mujeres al borde de un ataque de nervios. La reacción de los noventa nos condujo a la indiferencia de las tribus uniformadas, sin altisonancias reseñables, salvo aquel pretexto (si no prestigio) para no asearse que fue el movimiento grunge. En esta primera década del siglo XXI convive un cierto aire retro, con movimientos etnicistas e incluso la romántica e inverosímil promoción del traje regional.

La sobriedad del tweed evoca, no sé si el referente es fundado o ficticio, a Jacquelin Kennedy en un acto oficial. Un icono a salvo del tiempo, de los buenos y malos momentos. El uniforme de la aristocracia rural*, posible herencia de los padres fundadores, aquellos granjeros que en sus ratos libres organizaron un gran país.

No es una recomendación frívola, o por lo menos no tanto como seguir infravalorando el hábito del monje. Habrá que fijarse si las chicas, mucho más sensibles al valor de las ropas, inician ese prometedor viaje a finales de los sesenta. Si finalmente se atreven, arrastrándonos a los demás, explorarán el terreno por primera vez, no es la repetición de un ciclo (es decir, nada que ver con la pernera de elefante que nunca cesa), sino que tendrán que interpretar e importar un estilo que este país no conoció. Posiblemente para el feminismo superficial (oficial e imperante), será intolerable por retrógrado volver a la falda aunque sea tweed, pero es un escrúpulo débil; nunca se ha abandonado.

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Este lobby está preocupado porque el inglés no es oficial en Estados Unidos, quieren protegerlo jurídicamente. Una forma como cualquier otra de hacer el ridículo, primero por pensar que el inglés está en peligro (no lo está en ninguna parte del mundo) y de otra por pensar que al declararlo oficial nadie hablará español (éste es el verdadero asunto, cuando se sabe que en unos años será el lugar donde más se hable).

La Constitución americana de 1787 no declara oficial ninguna lengua. Que los norteamericanos hablen lo que más les convenga, se reconoce así con toda naturalidad la impotencia del Derecho, una sabia decisión.

El romántico interés por las lenguas (también las vernáculas ancestrales) tiene en todas las partes el mismo fondo, unos quieren blindarse y otros quieren que la norma les sirva de adarga para imponer un idioma. Ese grupo destila un insoportable resentimiento al ciudadano no angloparlante, e identifica burdamente, la inmigración con el peligro al asedio lingüístico, a la pérdida de la identidad… Zarandajas que nos son bien conocidas, pero al menos en el extranjero se sabe bien de donde vienen: la ultraderecha. Aquí, sin embargo, estos mismos argumentos son asperjados por el hisopo del nacionalismo de izquierdas (sic). Deberían enlazar sus páginas, exhibiendo al mundo cuanto une una buena causa.



* Tweedy: A tweedy person is wearing tweeds and perhaps looks as if they are upper-class and live in the country (Collins Cobuild. English Language Dictionary)

El mes más largo del año

Jueves, 2 de Octubre de 2008

Septiembre es el mes más largo del año. Para siempre éste será en el que murió el gran Paul Newman, aquel mecánico de tiovivo, atirantado y retirado del hampa en ‘El golpe’. El mes que nos empuja a los tristes años treinta de un siglo tan ajado y ajeno como el veinte.

Rodeado de leyes, decretos, resoluciones, como siempre; me he entregado  a una tarea que con el fin de mes concluía. A las tantas, como exigen los plazos amenazantes y las torpes ideas que escapan en un chubasco de tinta.

El martes cuando en el salón de Plenos del Excmo. Ayto. de Laviana prometía el cargo Adrián Barbón, inesperadamente volví a nuestros años de bancada universitaria, para comprobar que no ha habido cambios notables. El estar allí era prolongar aquellas encendidas conversaciones en las que un pequeño gabinete de ocho o diez personas cambiábamos las cosas. Un emocionante reencuentro con nosotros mismos.

La crisis financiera está dando lugar a una explicación sorprendente. El clásico ejemplo de la falacia de la causa falsa (post hoc propter hoc). Nos dicen, sobre todo con mucho afán los dos candidatos a la presidencia americana, que la avaricia rompió el saco. No es posible. El capitalismo, según las doctrinas más ortodoxas, se basa en esa mano invisible y egoísta según la cual, si todos los individuos maximizan sus ingresos, se consigue un beneficio común mayor. Es decir, la suma de egoísmos es buena, si no necesaria. Por tanto el frenesí de dividendos no pudo provocar esta falta de liquidez, de la misma forma que el canto del gallo no hace que amanezca. Habrán de darnos otras explicaciones, por ejemplo, si un tiempo tan prolongado de bajos intereses ha podido propiciar esta desaforada huída hacia adelante.

Quizá sea muy pronto para darla. No para las soluciones, y éstas son conocidamente antiliberales. A la administración empresarial temeraria la salvan los contribuyentes. La derrota del neoliberalismo es patente, porque con un plan de rescate tan costoso, será imposible que ningún candidato en campaña pueda hablar de recorte de impuestos.

Los europeos (¡ay! de un Henry James vivo) impertérritos a todo esto, desde el púlpito ya hemos empezado la antifonía: «somos distintos/somos inmunes», al tiempo que se crean fondos o se compran directamente bancos. Como si durante este tiempo nadie hubiera dicho por aquí, que nos iría mucho mejor sin regulación. O con una regulación ficticia, por ejemplo, en la que los órganos encargados de velar por la competencia (llámense como se llamen), no acaben por establecerla del todo. O como si aquí nunca hubiera habido el más mínimo incidente bursátil, al que con inusitado asombro y pasmo, asistió la mismísima CNMV, que no la SEC.

Ahora que repasaremos los órganos de supervisión de los mercados, no para evitar el egoísmo de los operadores, sino las trampas y desmanes; conviene que pensemos, por ejemplo, que nuestros inspectores de entidades financieras no son funcionarios. Y a pesar de que el Banco de España es un notable ejemplo  de buen funcionamiento, no estaría de más reforzar su estatuto jurídico e implementar la autoridad moral que tienen con la que el Derecho público puede darles.

Seguimos queriendo que exista

Martes, 26 de Agosto de 2008

 Fingimos que existe el riesgo en nuestras vidas. La hipotética subsanación del fallo, permite confiar plenamente en la existencia de una armonía universal, que dependería únicamente de la competencia y destreza humana. En realidad, el fallo humano es una redundancia, porque no puede haberlo de otra clase.

La vocación omnisciente de este principio, recuerda nítidamente a la explicación trascendente, donde un Motor Inmóvil gobernaba al mundo. Subrayando la inexistencia de un Dios que pueda operar sobre la causa, debe admitirse que no podamos, según el vigente estado de la ciencia, explicar todos los factores que conducen a un accidente; como tampoco sabemos de todos nuestros males. Lo que es tanto como expulsar de nuestro consuelo colectivo al culpable, aun al que se presenta en la modalidad más leve de las posibles.

La razón contemporánea no suprime la fatalidad, aquellos sucesos inevitables por imprevisibles.

Ante la muerte colectiva en un artilugio tan ligado a nuestra forma de vida, nadie contempla la posibilidad de que todo hubiera discurrido según lo previsto, y que una variable inexplicable aún para nosotros, haya sido la causa eficiente. De ahí que a estas tristes alturas lo adecuado fuera exigir reparación a quien nuestro sistema legal ha convertido en culpable objetivo (quien capitaliza los beneficios también ha de hacerse cargo de los costos).

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Una buena definición de la amistad, libre de afeites e imposturas, sería que el tiempo de ausencia queda suspendido. Es lo que me ocurre con Luis, al que siempre he visto el día anterior. Por tanto, la otra semana nos aferramos a la intensidad del turista, prolongando una rutina salteada por los años. Un hermanamiento familiar muy agradable.

Una semana de descanso a la que van a seguir otras trepidantes, donde los montones de papel, siguen cayendo del cielo, y yo parezco un explorador en la última entrega de una saga que ya ha conseguido aburrir al público en general. Demasiado opaco para que pueda entenderse, lo sé, pero los meses me irán transparentando.

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«(…) los proyectos de infantilización que promueven estados muy poderosos, como el norteamericano, han tenido un éxito BIOLÓGICO considerable y la edad actual de las poblaciones occidentales ronda los ocho o nueve años intelectuales. La lacra de la felicidad infantil ha extendido el deporte hasta convertirlo en un negocio de estado, sólo comparable con la fabricación de armamento nuclear; y ha rebajado las exigencias morales de los inexistentes adultos a niveles de jardín de infancia (…)»

(Historia de un idiota contada por él mismo, Félix de Azúa)

El más ambicioso de estos proyectos acaba de finalizar, y en algunos momentos he asistido con temeraria religiosidad. La asociación entre éxito deportivo, alegría propia e imbecilidad (también propia) es espeluznante; no ya tanto por la anterior tríada, sino por su contraria: fracaso deportivo, tristeza propia y de nuevo la persistente imbecilidad de uno.

Las trampas ungen al deporte-negocio. Primero las políticas, procurando que no haya pronunciamientos que afeen el acontecimiento, negando la realidad bajo el pretexto de la reforma. A continuación las deportivas, donde tanta adulteración y tanto control acaba por desviar nuestra atención.

El medallero suele ser un buen argumento para contrarrestar otros parámetros (calidad de vida, ratio de médicos o profesores por habitante, índices de delincuencia, de participación política &c.), y anunciar al mundo, lleno de niños de ocho años encorbatados, que ha emergido una nueva potencia. Mientras, algunos distraídos piden libertad para el Tíbet, sin lograr entender en qué consiste la tregua olímpica.

 

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Como fácilmente se puede comprobar no he podido mantener cierta regularidad en mis apariciones aquí. Y lo que es peor, para un ser disciplinado, no puedo comprometer nada al respecto.

Cada vez que respiras

Domingo, 6 de Julio de 2008

 La televisión formal (en la distinción de Gustavo Bueno), hace que sin previo aviso lo remoto acontezca en tu propio salón. Ayer, rocé las dos de la madrugada para ver y oír como ‘The Police’ tocaba ‘Every breath you take’, una canción que importamos de la discoteca de mi hermano-primo Alejandro; la primera vez que me abandoné a una letra incomprensible,  mecido por una nana eficaz. Esa canción podría ser el título de un ensayo sobre una generación sin marcas, que vivió emplazada entre otros movimientos pretendidamente más transgresores, de los que sólo quedó una efímera estética.

Veo a los tres músicos sobre el escenario con el privilegio televisivo del primer plano, y sigo preguntándome por su sobriedad en una década sobrecargada y excesiva. Es más fácil imaginárselos tocando en tu salón que ante una multitud festivalera, porque lo cierto es  que no hay show, podrían fundirse todas las luces del escenario y nada cambiaría. Por eso esta canción (y las demás) les sobrevivirá, siempre que la arqueología halle una grabación.

Los intérpretes se apartan majestuosamente, y el bajo  dicta imperturbable los movimientos del diafragma del enamorado. Tan importante como la letra es el espacio en el que sólo oímos su respiración, para inmediatamente comprender que decir respiración es decir todo, proclamarlo hasta la extenuación: ‘you belong to me’.

El marcado y constante ritmo nos descubre que este tipo de declaraciones se hacen en la soledad de la desesperación, cuando la distancia, la huída se han cobrado definitivamente la oportunidad; las cosas que nunca se dicen, que se postergan suelen acabar en una canción, un poema o un silencio. El recuerdo nos devuelve encarecido lo irrisorio, nadie se lamenta por aparatosos valores universales, sino más bien, por un movimiento, una palabra, un juego… la rutina a la que tantas veces desprecia la inconsciencia.

Quizá el amor sea sólo su rastro, es decir, la nostalgia.  A pesar de la empírica comprobación de que sólo se valora lo que no se tiene,  el bajo policial se aferra como náufrago a un pecio, a la esperanza de que ‘I’ll be watching you’, cuando ya es demasiado tarde.

Me conjuro para que cuando llegue el momento sepa sobresaltarme cada vez que tú respires, y la canción sea simplemente nuestra nana.

Instrucciones para un suicidio, comencemos por las palabras

Viernes, 13 de Junio de 2008

 Las palabras acabarán con nosotros. Una vez que nosotros las hayamos triturado. Estos últimos años han sido la era del significante, lo importante es el sonido o la grafía que se usa, y en su elección podemos fácilmente consumir nuestros mejores días. El debate es mucho más físico, mecánico, que léxico; importa la textura, el movimiento y sobre todo la suavidad de los términos, no su contenido. El desprestigio de ‘las letras’, su postergación en el sistema educativo, caracteriza el momento; las palabras son lo que cada sujeto quiere que sea, y para entendernos cabalmente, habremos de solicitar a nuestro interlocutor su propio diccionario (es decir, su TAC). Un solo diccionario para el mundo es utópico, pero uno por alma es disolvente.

La generalizada aceptación a emplear toda clase de eufemismos, que dulcifiquen para otros la realidad (siempre es para quien la niega), no es más que el pacífico acatamiento a una serie, cada vez mayor, de prohibiciones. Un tabú es una prohibición, así ‘crisis’ está proscrita de nuestra lengua, aquí y ahora, en cambio el salvoconducto lo tiene ‘desaceleración’ (= trasvase/transferencia). Ocurre con frecuencia y les ocurre a todos, acuérdense del par ‘toma de contacto o temperatura’/ ‘negociación’.

A pie de calle, donde se habla para que a uno le entiendan, no suelen acatarse esta clase de restricciones, quedando sólo para quienes pueden permitirse el lujo de cumplir los mandados, porque están lo suficientemente alejados de la realidad, tan sucia y tan innombrable.

Por todo ello, como el mundo lo hizo un hombre, y la lengua sus hijos varones para dominar a sus hermanas, la utilización de cualquier masculino común en cuanto al género, es la perversa consecuencia que hay que borrar de la faz de la Tierra (¡-a!), a base de cambios tranquilos, tipo miembras. El servicio a tan edificante causa, bien vale el ridículo. No nos engañemos, el riesgo es Babel, pero ahora no es Jehová quien pretende que «ninguno entienda el habla de su compañero» (Gen 11, 7).

Sint ut sunt, aut non sint

El vértice del triángulo invertido. Los proletarios de la enseñanza concertada

Miércoles, 4 de Junio de 2008

 La enseñanza concertada tuvo un papel clave en la universalización de la educación, permitiendo que el Estado pudiera ofrecer enseñanza básica gratuita a los chicos del baby boom. Fueron los gobiernos socialistas quienes implementaron efectivamente las previsiones que incorporaba ya la Ley General de Educación de 1970. Pero como se trataba de dar dinero al clero, lo hicieron temerosos de que el asunto disgustara o de que en tales centros comenzara una despiadada y generalizada limpieza de sesos que mutilase cerebralmente a quienes fuimos sus alumnos. Por tanto, se parió una normativa medrosa,  parcial, confusa, alicorta y ambigua, que pudo ser presentada al poderoso lobby sindical de la enseñanza pública como una colección de concesiones graciables y notoriamente desiguales al de su sector. En síntesis, se produce una relación triangular: trabajadores-empresas-administraciones. La titularidad de los centros (por cierto, no siempre religiosa) ejerce como empresario: elabora las nóminas y dirige la actividad educativa; sin embargo quien paga a los trabajadores es la administración educativa, que fija cuantas unidades puede tener un centro y dicta, entre otras, las normas que rigen la admisión de alumnos. Por tanto el trabajador, vértice de este triángulo invertido, debe estar y pasar, de facto, por lo que de un modo u otro determinan sus dos empresarios.

Cuando la natalidad descendió, y la red pública podía asumir la prestación del servicio (más teóricamente que en la práctica), se comenzó a discutir la legitimidad de este servicio público, así lo considera la Ley Orgánica de Educación. No obstante, antes, los trabajadores habían estado discriminados salarialmente respecto a sus compañeros funcionarios. Se quebraba así, con el marchamo progresista, el principio de: «a igual trabajo igual salario». A pesar de los compromisos y los asentimientos en privado, el privilegio  inexpugnable y rancio del funcionario era determinante: sostenían que en realidad no es el mismo trabajo. En el aspecto más dramático de ese sucio argumento, despunta la verdad de la fuerza de los hechos, resulta que los docentes de la concertada trabajan más y con plantillas más limitadas. Cualquiera puede ver aquí una discriminación, consentida y alimentada por administraciones temerosas: débiles con los fuertes y envalentonadas con los débiles.

Transferidas las competencias a las Comunidades Autónomas, cada una tiene una política diferente al respecto. Las discriminadoras se justifican en que los centros concertados incumplen las normas, originando que sea la pública la que asume a la mayor parte de la población inmigrante; si se produce así, la administración educativa dispone de instrumentos de coacción suficientes para que los colegios cumplan con la ley, desde las sanciones a la retirada de los conciertos educativos. Sin embargo prefieren el ahogo a la claridad.

Ayer, en Oviedo, un sector cansado y en su mayaría más cerca de la jubilación que de la mocedad, tomó las calles para clamar por un estatuto laboral digno que se les viene negando desde los años ochenta. En realidad, se busca perjudicar a trabajadores de la enseñanza concertada, que además de enfrentarse a los problemas comunes de cualquier docente ya de por sí graves; trabajan más y son peor pagados, además de soportar en ocasiones un despótico poder empresarial. A lo que se une, el sectarismo de un cierto sector que con simpleza y abundantes dosis de desinformación prefiere ser cualquier cosa, antes que ponerse del lado de los trabajadores.

Resultaría conveniente que los representantes de éstos lo hubieran sido, pero no, ahora son políticos profesionales.

La esperanza del burro

Domingo, 1 de Junio de 2008

 Intentando justificar el desorden de mis lecturas, decía que estaba haciendo el Bachillerato; exageraba, porque habrá  conocimientos de aquel currículum que nunca tendré. Cuando nuestra generación, los últimos de Villar Palasí, desarrolle el complejo correspondiente, será la que vuelva a poner un Bachillerato selectivo.  Esa esperanza mía se alojaba en el sentido pendular o cíclico de la historia,  lo que no deja de ser una suerte de determinismo, que no puede explicar racionalmente nada. Y es muy posible que nunca se reproduzca ese sentimiento de carencia, es decir, que nos sometamos, sin más a la explotación.

Pero el Bachillerato se me acabará pronto,  me dedicaré a sobrevivir, a disimular, a estar constantemente calafateando la nave. Espero, en el tiempo que se avecina, dejar de pensar tanto -es pernicioso–. Además hay gente bien comida que lo hace por mí, y soy un fervoroso defensor de la división del trabajo, pero mucho más de las buenas viandas.

Las cosas están tan feas que mi hermano amenaza con sólo leer cosas de antes de Cristo, y sólo es descabellado porque la tarea le agotaría. El consumo generalizado de nuestros coevos, hace que despreciemos  a los antiguos y la manida sospecha de una eterna repetición nos intranquilice para siempre. De nuevo el círculo, y de nuevo Babilonia, siglo VIII a.C., inventando el ritmo: días y noches, meses lunares y años solares. Algún día todo volverá a empezar. La esperanza del burro.

Hablemos del tiempo

Sábado, 31 de Mayo de 2008

Evito con un cerrado silencio, refugiarme en las conversaciones climatológicas cuando no se tiene nada que decir; casi siempre.  A veces no lo consigo, y me lanzo a comentar con propios y extraños el último meteoro. El ascensor es el lugar propicio para amasar este tipo de diálogos insustanciales, sea el tiempo o el inevitable fútbol. Materias sobre las que todos sabemos y sobre las que tendemos a pontificar. No obstante, observo cómo cada vez sabemos más de muchas más cosas, lo que nos permitirá muy pronto asistir a inopinadas conversaciones sobre la ley electoral (un verdadero intríngulis) o sobre la filosofía de Hegel o sobre quién lleva razón: Santamaría o los sicarios del posmodernismo culinario. Esto ocurre, sin que nos representemos cabalmente su última consecuencia: aquellas conversaciones de escalera dejarán de ser aburridas. Aunque tal vez, toda esta sapiencia llegue tarde, hemos perdido la emoción por comunicar con nuestros congéneres.  

En prueba de que mi recelo a no hablar sobre el tiempo,  nada tiene que ver con esa indolencia social generalizada; hoy  escribiré que no recuerdo un mes como este, en el que no ha habido ni un día de sol. La esperanza de acabar con la sequía,  desisto  imaginarme el final de sus agoreros, alivia la incomodidad de los charcos y sobre todo de la humedad reinante. Incluso estas lluvias (pluviosidades que dirán, circunspectas las filólogas) permiten derogar Reales Decretos-Ley, un señero ejemplo de la cláusula  rebus sic stantibus. También del cinismo con el que suelen tejerse muchos de los argumentos jurídicos, según tengo entendido, no era un trasvase porque se producía en la misma cuenca, con lo cual, si no era trasvase y además el agua tomada era un excedente, nada se oponía a la proclamación general de que nadie trasvasase ríos por ningún sitio. Era un argumento atendible, que negaba la mayor y salvaba la situación, que no era otra que negar agua al sediento (incluso, algunos sedientos se oponían, primo filosofare…) Ahora que llega el agua, aquel argumento queda sepultado por otro igualmente jurídico, la urgente y extraordinaria necesidad. ¿Hay en la sala algún abogado?

Rescoldo.- Ernest Shackleton publicó en los periódicos británicos un anuncio, con el objeto de reclutar voluntarios para una expedición a la Antártida (1914): «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.» Muy similar al que yo respondí en septiembre de 2002, del que así, he descubierto su inspiración: «Se buscan hombres y mujeres para un viaje peligroso. Sin sueldo. Monotonía extrema. Largos años de soledad absoluta. Trabajo constante. No es seguro acabarlo. Honor y reconocimiento en caso de éxito. Y siempre coraje y fuerza.» Tiéntense antes de responderlo y nunca lo hagan con solicitud.