Fingimos que existe el riesgo en nuestras vidas. La hipotética subsanación del fallo, permite confiar plenamente en la existencia de una armonía universal, que dependería únicamente de la competencia y destreza humana. En realidad, el fallo humano es una redundancia, porque no puede haberlo de otra clase.
La vocación omnisciente de este principio, recuerda nítidamente a la explicación trascendente, donde un Motor Inmóvil gobernaba al mundo. Subrayando la inexistencia de un Dios que pueda operar sobre la causa, debe admitirse que no podamos, según el vigente estado de la ciencia, explicar todos los factores que conducen a un accidente; como tampoco sabemos de todos nuestros males. Lo que es tanto como expulsar de nuestro consuelo colectivo al culpable, aun al que se presenta en la modalidad más leve de las posibles.
La razón contemporánea no suprime la fatalidad, aquellos sucesos inevitables por imprevisibles.
Ante la muerte colectiva en un artilugio tan ligado a nuestra forma de vida, nadie contempla la posibilidad de que todo hubiera discurrido según lo previsto, y que una variable inexplicable aún para nosotros, haya sido la causa eficiente. De ahí que a estas tristes alturas lo adecuado fuera exigir reparación a quien nuestro sistema legal ha convertido en culpable objetivo (quien capitaliza los beneficios también ha de hacerse cargo de los costos).
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Una buena definición de la amistad, libre de afeites e imposturas, sería que el tiempo de ausencia queda suspendido. Es lo que me ocurre con Luis, al que siempre he visto el día anterior. Por tanto, la otra semana nos aferramos a la intensidad del turista, prolongando una rutina salteada por los años. Un hermanamiento familiar muy agradable.
Una semana de descanso a la que van a seguir otras trepidantes, donde los montones de papel, siguen cayendo del cielo, y yo parezco un explorador en la última entrega de una saga que ya ha conseguido aburrir al público en general. Demasiado opaco para que pueda entenderse, lo sé, pero los meses me irán transparentando.
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«(…) los proyectos de infantilización que promueven estados muy poderosos, como el norteamericano, han tenido un éxito BIOLÓGICO considerable y la edad actual de las poblaciones occidentales ronda los ocho o nueve años intelectuales. La lacra de la felicidad infantil ha extendido el deporte hasta convertirlo en un negocio de estado, sólo comparable con la fabricación de armamento nuclear; y ha rebajado las exigencias morales de los inexistentes adultos a niveles de jardín de infancia (…)»
(Historia de un idiota contada por él mismo, Félix de Azúa)
El más ambicioso de estos proyectos acaba de finalizar, y en algunos momentos he asistido con temeraria religiosidad. La asociación entre éxito deportivo, alegría propia e imbecilidad (también propia) es espeluznante; no ya tanto por la anterior tríada, sino por su contraria: fracaso deportivo, tristeza propia y de nuevo la persistente imbecilidad de uno.
Las trampas ungen al deporte-negocio. Primero las políticas, procurando que no haya pronunciamientos que afeen el acontecimiento, negando la realidad bajo el pretexto de la reforma. A continuación las deportivas, donde tanta adulteración y tanto control acaba por desviar nuestra atención.
El medallero suele ser un buen argumento para contrarrestar otros parámetros (calidad de vida, ratio de médicos o profesores por habitante, índices de delincuencia, de participación política &c.), y anunciar al mundo, lleno de niños de ocho años encorbatados, que ha emergido una nueva potencia. Mientras, algunos distraídos piden libertad para el Tíbet, sin lograr entender en qué consiste la tregua olímpica.
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Como fácilmente se puede comprobar no he podido mantener cierta regularidad en mis apariciones aquí. Y lo que es peor, para un ser disciplinado, no puedo comprometer nada al respecto.