Íbamos a ser el país que fuera nuestra selección. La maldición suiza nos alertó, y el pesimismo no cedió ni un milímetro. La potente metáfora deportiva desplegaba sus efectos. El caso es que ganamos, y en buena lógica, ya somos un país victorioso. Una potencia mundial de la industria deportiva: tenis, ciclismo, fútbol, baloncesto &c.
Hace tiempo, cuando éramos un país derrotado, alguien dijo que lo nuestro no eran los deportes de equipo. Cada español era un gladiador, luchaba contra todos, incapaz de la solidaridad, es decir, de la disciplina que exige el equipo. Aquel diagnóstico era el pretexto del mal perdedor, que es en potencia todo hombre. Creo que ahora sabemos perder, empezamos a apreciar la importancia de una buena derrota, o lo que es lo mismo no despreciamos al adversario —lo que sí es muy español—.
Seguiría molestándoles con mis impresiones acerca del exacerbado elitismo con el que se menosprecia el gusto por el fútbol, o por todo lo que no sea una buena partida de ajedrez, una exquisita aria o una productiva lectura de Hegel —si pudiera ser, inédita—. Pero ya lo ha escrito el maestro Azúa, así que con él les dejo:
La disputa llega hasta el día de hoy. No hace muchas semanas y con motivo del Mundial de Fútbol, uno de los últimos marxistas supervivientes, Terry Eagleton, publicaba un artículo que parecía escrito hace 40 años. En él acusaba a los aficionados al fútbol (“el populacho”, los llama) de haber sido devorados por el fascismo y al espectáculo mismo lo tachaba de “opio del pueblo”, como en vida de Engels. Daba risa, pero esa era la posición de la izquierda en la época de Adorno, cuyos artículos sobre música también nos hacen sonreír, sobre todo cuando se refieren a la música popular, el jazz o la “música de cine”.
Frente a esta posición reaccionaria, Benjamin no tenía la menor duda sobre lo inevitable de un arte popular y democrático en una sociedad tecnificada. Evidentemente él lo imaginaba en la senda del constructivismo ruso y el teatro de Brecht, pero también en la del cine de Hollywood donde Brecht ejercería de guionista. Yo creo que si Benjamin viviera en la actualidad, antes tomaría la senda de Zizek y sus análisis sobre las series de televisión que la de Eagleton y su episcopal excomunión de las masas.