Category: Política

Realistas y populistas.

Seguro que hay quien cree que no es para tanto. Sin embargo, el cambio es de tal magnitud que no hay que esperar a las consecuencias. Las primeras órdenes presidenciales de Obama se dirigían a cerrar Guantánamo. Es decir, a suprimir un espacio sin garantías judiciales, un lugar alejado de la razón, un lugar oscuro. No lo consiguió, porque la lucha por la razón implica un trabajo ímprobo, que acaba siendo una carrera de relevos sin meta (Prometeo). En los próximos cuatro años no parece que vaya a cerrarse. Las primeras órdenes de Trump se dirigen a acabar con el Obamacare, sin que haya una propuesta alternativa que asegure a quienes el mercado expulsará de la atención sanitaria universal. No hay que esperar, los crónicos más pobres no dispondrán de un seguro de salud razonable. Son pocos y cuestan mucho. Es difícil creer en una Unión indestructible en la que no haya mecanismos compensatorios que garanticen el derecho a la salud de todos. Me dirán que este párrafo está sesgado por ese paternalismo europeo de Beveridge y Bismark, o por puro partidismo. Puede ser. Aunque creo que es una cuestión de justicia material.

Pero al margen del contenido, en ambos casos, el nuevo presidente quiere borrar la peor huella del anterior. No a Guantánamo y no al Obamacare. En esta acción está la distancia entre los dos nuevos bloques políticos, el que lidia con la realidad y el populista. La relación con la realidad es lo que permite discernir hoy a nuestros políticos. Unos trabajan a partir de ella y asumen que no hay soluciones mágicas. El mundo es complejo, su transformación exige que la política se base en el conocimiento, en la verdad disponible. Sabemos que el progreso y la prosperidad es algo endeble, frágil y costoso. Los otros no admiten la realidad, dicen y hacen lo que al pueblo le conviene oír. La palabra pueblo frente a la palabra ciudadano. Encerrados en una categoría como aquella somos los perfectos destinatarios de toda clase de ensalmos y dogmas, nunca puede haber un pueblo sin un mesías.
Paine y Burke discutieron con argumentos. Ninguno ignoró la realidad. Sus puntos de vista eran distintos, y esa discusión nos legó un mundo político y moral mejor. En cambio, de esta nueva división del mundo político no cabe esperar muchas cosas. Los populismos asumen que deben seguir la corriente del pueblo o de los militantes, a quienes claro está, no les gusta oír que necesariamente sus pensiones serán menores o que el gasto en defensa tendrá que aumentar, ni tampoco que la sanidad tal y como la conocemos tendrá que hacerse sostenible o desaparecer. Y lo cierto es que el populismo está hoy por todas partes. Y los racionales o realistas no consiguen persuadir, quizás porque no tienen a quién y eso es lo más dramático del asunto. ¿La Ilustración ha muerto?

No se pregunten si son de izquierdas o de derechas, pregúntense si son realistas o populistas, acabarán antes.

De los nuestros

Llevar un diario es una actividad de riesgo. Basta que alguien vuelva las hojas para que detecte contradicciones o incongruencias. El tiempo hace que las cosas caduquen, sin embargo, las opiniones o cualquier anotación sin mayor importancia son resistentes. Aunque nadie tenga ni la paciencia ni el interés en retroceder a través de este diario, a mí, sus páginas, sí me acechan sin necesidad de releerlas. En mi mesilla de noche, el género de diarios se ha impuesto como forma de recorrer otros caminos, casi en tiempo real, sin margen para el asombro.

El abandono de este diario tiene muchas explicaciones. Pero el amable lector sabe que nunca es un abandono definitivo. Siempre acabo por volver, aunque solo sea por escapar de los pretextos que me rodean.

St. Paul’s es un lugar de corrientes. Frías corrientes que pueden llevarte a la tumba. Las corrientes hay que evitarlas, el abrigo no las combate. Puede que evitar algo suene a huida y que la huida suene a cobardía. No es así. En ocasiones la única victoria es haber evitado la lucha y la propia derrota de tu adversario. Esas cosas se entienden con el tiempo.

En Estados Unidos el presiente electo está diseñando su equipo a su imagen y semejanza. Sus colaboradores serán el brazo ejecutivo de sus ideas y declaraciones. Sin sorpresas ni conflictos internos que dan muy mala impresión. Un jefe absoluto quiere subordinados absolutos. Un jurista, que niega la influencia de la actividad humana en el clima, dirigirá la Agencia de Medio Ambiente. El presidente electo tiene serias sospechas de que los hombres no tienen nada que ver con el cambio climático. Se las confirmará, con pruebas de obediencia, un exfiscal. Nadie señalará al presidente la contundencia de las conclusiones de la comunidad científica. Ni siquiera se tomarán el tiempo para discutir y hablar abiertamente del asunto. En materia de creencias todo se da por hecho.

La política estadounidense será un mar de contrastes. El primero es que los hombres del nuevo presidente serán inequívocamente de los suyos. Esos primeros e improbables apoyos, cuando nadie le tomaba realmente en serio, estarán en el gobierno. Su antecesor, el cuadragésimo cuarto presidente, Barak Obama, mantuvo y nombró a un secretario de defensa republicano. Además de haber designado a Hilary Clinton como secretaria de estado. Adversarios y rivales en el mismo bando, tras la lucha.

Son dos formas de entender el poder. La nueva se basa en su ocupación, todo el poder será mío (nuestro). La antigua considera el poder como una transacción entre opciones que no son absolutamente ni buenas ni malas. La búsqueda de un equilibrio imposible, débil y precario. La lucha de las ideas y los hechos frente a la acción, al rodillo. La mejor señal de inteligencia de quien manda es tener en su equipo a alguien ajeno cuyos consejos no sigan la «línea del partido». La presidencia de Obama ha sido una continua negociación, basta examinar su política exterior. En las buenas negociaciones nunca hay ganadores absolutos.

La política de los nuestros negará los hechos y tratará de imponer los principios sin que nadie pueda discutirlos. Ya sabemos que si el cambio climático no tiene nada que ver con la actividad humana, el hombre podrá volver a emitir lo que quiera. Cualquier retroceso en esto es un peligro para todos, pero el nuevo presidente no tendrá a nadie cerca que pueda decírselo.

Un diario como este es un diálogo mudo, pero no sordo.

Cartas babianas (XCVI)

Queridos veraneantes:

Por fin las conclusiones sobre Oakeshott. Este verano no es un verano para leer.

El principal eje en política es izquierda/derecha. Ahí está la Revolución Francesa y las disputas doctrinales entre Burke y Pain. En ese momento germinal, la derecha quedaba alineada con el Antiguo Régimen, escrito a brocha gorda, porque Burke aunque no era partidario de la Revolución tampoco lo fue del Antiguo Régimen. Esta distinción se quiera o no, no llega a tener un alcance objetivo, simplemente sirve como marca. En cada momento ha tenido una significación propia, al principio para la derecha era fundamental el derecho natural (preferentemente de origen divino-religioso) y la izquierda militaba en un racionalismo dogmático. Después de Marx la izquierda se caracterizó por ser materialista frente al idealismo romántico de la derecha (el espíritu del pueblo…). La izquierda, en aquel tiempo, fue internacionalista y solo reconocía al hombre –cualquiera que fuera su nacionalidad– como sujeto político, obreros del mundo uníos. Ahora se acepta la existencia de nacionalistas de izquierdas que como todo nacionalismo incurren en idealismo y metafísica dejando de lado el materialismo. La derecha hubo un tiempo en que era partidaria de la descentralización, de las regiones, aún lo es en Estados Unidos en la lucha entre la Nación y los Estados, decantándose claramente hacia estos. Después abandonó cualquier idea de intervencionismo económico y se identificó con los postulados liberales. En todo, menos en las costumbres donde sigue asimilándose a la norma cristiana, al menos en la Europa demócrata-cristiana.

Por tanto, los confines de izquierda y derecha no están claros. Posiciones históricamente propias de la izquierda hoy son asumidas por la derecha. Rasgos tradicionales de la derecha aparecen en los discursos políticos de la izquierda. Hoy, y quizá siempre haya sido así, ser de izquierdas o de derechas responde a la autodenominación del partido al que uno se adhiera.

En el meollo de esta cuestión está sin duda la pregunta de por qué las personas de derechas e izquierdas piensan lo que piensan. Si nos atenemos al batiburrillo antes enunciado, la respuesta nunca podrá ser racional. Tomemos a la vida como ejemplo, las posiciones de la izquierda y de la derecha son diametralmente opuestas en relación con el aborto y la pena de muerte. Las circunstancias no son las mismas, pero sí lo es el bien a proteger en los dos casos, la vida humana como valor.

A pesar de todo, la etiqueta izquierda/derecha sirve para reconocer superficialmente las ideas de los individuos. Y en cualquier caso, así funciona nuestra política, que prescinde de cualquier complejidad perturbadora.

Este eje también se ha conocido como progresista/conservador, y Hayek lo rompe para formar su famoso triángulo: socialistas/conservadores/liberales. Pero cualquier nombre es demasiado brumoso para que de él nazca una categoría, lo que por otra parte sería de esperar.

Me tendrás que disculpar por lo lejos que he ido, y con una cierta sensación de simpleza que no me puedo sacar.

Oakeshott define lo qué es la tendencia conservadora:

Así pues, el gobierno, tal como lo entiende el conservador, no empieza con una visión de otro mundo, diferente y mejor, sino con la observación del autogobierno practicado incluso por hombres apasionados en la conducción de sus empresas; comienza en los ajustes informados de intereses entre sí que están destinados a liberar de la frustración mutua de un enfrentamiento a quienes tienden a enfrentarse. Estos ajustes son a veces no más que acuerdos entre dos partes para mantenerse cada una fuera del camino de la otra; a veces son de aplicación más amplia y de carácter más duradero, como ocurre con las reglas internaciones para la prevención de colisiones en el mar. En suma, la sugerencias del gobierno deben encontrarse en el ritual, no en la religión o la filosofía; en el disfrute del comportamiento ordenado y pacífico, no en la búsqueda de la verdad o la perfección.

(…) El custodio de este ritual es el “gobierno”, y las reglas que impone constituyen la “ley”.

Así pues, gobernar –tal como lo entiende le conservador– es proveer un vinculum juris para los modos de conducta que, en ciertas circunstancias, tienen menos probabilidades de conducir a un enfrentamiento frustrante de intereses; proveer reparación y medios de compensación para quienes sufren porque otros se comporten de un modo contrario; a veces aplicar castigo a quienes persiguen sus propios intereses independientemente de las reglas; y, por supuesto, proveer una fuerza suficiente para mantener la autoridad de un árbitro de esta clase. Así pues, se reconoce la gobernación como una actividad específica y limitada; no la administración de una empresa, sino la reglamentación de quienes se ocupan de una gran diversidad de empresas de su propia elección.

Esta es una idea luminosa, el gobierno de las reglas mínimas que permitan a los ciudadanos elegir y seguir su propio camino. La política entendida no como la plasmación de un ideal propio sino como la posibilidad de que cada cual pueda realizar el suyo, sin merma del de los demás.

No me resisto a una cita larga que podría servir de justificación para disolver todas las organizaciones políticas juveniles, que a lo único que sirven con toda eficacia es a descapitalizar a medio y largo plazo a sus mayores:

Entre las muchas implicaciones de esta visión de las cosas que podrían señalarse, advertiré solo una, a saber: que la política es una actividad poco apropiada para los jóvenes no a causa de sus vicios sino de lo que por lo menos yo considero sus virtudes.

Nadie pretende que sea fácil adquirir o sostener el talante de indiferencia que requiere esta manera de la política. Controlar nuestras propias creencias y deseos, reconocer la forma actual de las cosas, sentir el equilibrio de las cosas en nuestra mano, tolerar lo que es abominable, distinguir entre el crimen y el pecado, respetar la formalidad aun cuando parezca estar conduciendo al error: estos son logros difíciles que no deben esperarse de los jóvenes.

Los días de juventud de todos son un sueño, una locura deliciosa, un dulce solipsismo. Nada en ellos tiene una forma fija, nada un precio fijo; todo es una posibilidad, y vivimos felizmente del crédito. No hay obligaciones que deban observarse; no hay cuentas que llevar, nada está especificado por adelantado; todo es lo que puede hacerse de él. El mundo es un espejo en el que buscamos el reflejo de nuestros propios deseos. La atracción de las emociones violentas es irresistible. Cuando somos jóvenes no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el equilibrio de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un bate de críquet. No nos inclinamos a distinguir entre lo que nos gusta y lo que estimamos; la urgencia es nuestro criterio de la importancia, y no entendemos fácilmente que lo que es tedioso no es necesariamente despreciable. Nos impacienta la restricción, y creemos fácilmente, como Shelley, que haber contraído un hábito es haber fracasado (…) Puesto que la vida es un sueño, sostenemos (con una lógica plausible pero errónea) que la política debe ser un encuentro de sueños, en el que esperamos imponer el nuestro (…) Para la mayoría existe lo que Conrad llamaba la “línea de sombra” que, cuando la rebasamos, revela un mundo sólido de cosas, cada una de ellas con su forma fija, cada una con su propio punto de equilibrio, cada una con su precio, un mundo de hecho, no de imagen poética,en el que lo que hemos gastado en una cosa no podemos gastarlo en otra; un mundo habitado por otros aparte de nosotros mismos que no pueden reducirse a meros reflejos de nuestras propias emociones. Y el hecho de llegar a sentirnos cómodos en este mundo común nos califica como jamás podría hacerlo ningún conocimiento de la “ciencia política”), si así estamos inclinados y no tenemos nada mejor que pensar, para participar en lo que el hombre de disposición conservadora entiende que es la actividad política.

Puestos a ser largos, esta es su definición de la libertad bajo el prisma conservador:

Nos consideramos libres porque, tomando una perspectiva ni corta ni larga, nos mostramos reacios a sacrificar el presente a un futuro remoto e incalculable, o el futuro inmediato y previsible en aras de un presente transitorio. Y encontramos la libertad una vez más en una preferencia por los cambios lentos, pequeños, que tienen tras de sí un consenso voluntario de la opinión, en nuestra capacidad para resistir la desintegración sin suprimir la oposición, y en nuestra percepción de que es más importante para una sociedad moverse junta que moverse rápido o lejos.

A estas alturas ya te sentirás un conservador.

Cuídense.

Cartas babianas (XCII)

Queridos veraneantes:

Aquí siempre hay algo que hacer. Hemos saneado unas paredes ajadas por la humedad. El rastro de un invierno largo y duro. Este tipo de casas siempre están inacabadas, retan a la paciencia porque se van haciendo a retales, casi siempre con descartes de otras casas, en un reciclaje que recuerda que en verano todo puede servir.

Se ha cruzado Oakeshott, un politólogo británico que en sus obras de posguerra arremete contra el racionalismo en política. Considera que los racionalistas confían en que todo se puede aprender de un libro o a través de un curso por correspondencia. Les imputa su desdén por las tradiciones y por el conocimiento práctico. No quieren enterarse que un buen profesional cuesta al menos, dos generaciones. La verdad es que nunca me he cruzado con un racionalista de este tipo. Seguro que se han ido extinguiendo, pero no es difícil estar de acuerdo con Oakeshott sobre su aborrecible dogmatismo.

Cualquiera que se haya acercado al ejercicio de la política realmente existente, sabrá que es cierto que no todo se puede aprender de los libros, es decir, que no todo es técnica, aunque esta ayude. Es primordial saber medir los tiempos, descifrar con exactitud el momento idóneo para actuar o para estar parado. Analizar bien las circunstancias, los datos y la información es necesario pero no suficiente. Hay algo más, que seguro que nace de los datos, la información y el análisis, pero que es otra cosa y es determinante del éxito político. Solo puede aprenderse cuando se está cerca de quien fuera de todo pronóstico, deja de hacer algo y cuando lo hace le sale bien.

Obama, el mes pasado, en un discurso certero dijo que en la vida y en la política la ignorancia nunca es una virtud. Los populismos, incluso los barnizados de intelectualismo, suelen anteponer la voluntad o el espíritu del pueblo a la realidad. Por no decir nada de los populismos que directamente desprecian la academia.

Dentro del conocimiento está la tradición. No hay nada peor que considerar que una generación tenga que purgar todo lo de la anterior. Aquí, el nuevo recelo con que se analiza la Transición política es una manifestación de ese desprecio por la tradición. Como bien sabes, todos los no revolucionarios somos conservadores.

Cuídense.

Cartas babianas (XC)

Queridos veraneantes:

Los países con democracias poco consolidadas pueden ser pasto de intentos de golpe de Estado. Nosotros lo sabemos bien y aunque no fue el único, si fue el más llamativo, aquel 23 de febrero en el que los golpistas tomaron el Palacio del Congreso en medio de la investidura de un nuevo presidente. Todos los golpes de Estado presentan sus motivos, y todos, sin ninguna excepción, pretenden establecer un orden que creen conculcado. La mayoría de los golpes instauran un régimen autocrático, una dictadura militar o religiosa, o las dos cosas juntas. Muy pocos hacen lo que hizo Cincinatus, restablecer el orden y volver a arar la tierra. Roma es el ejemplo universal, los demócratas en la piel de Ciceron y su vigilancia de los valores republicanos, y los golpistas en el dictator romano.

Casi nunca se repara en los golpes que se frustran, y si se hacen en medio de un régimen democrático el post-golpe es definitivo. Si tomamos el ejemplo de nuestro 23-F, nos encontramos con un juicio y una sentencia: el Estado de derecho. Sabemos que nunca es definitivo, pero también que es lo más definitivo del mundo. Un juicio es una buena forma de zanjar un asunto complejo y delicado, piénsese en Nuremberg. Y póngase en relación con Guantánamo. Todo está inventado.

Las noticias que llegan de Turquía parece que apuntan a otra cosa distinta. Después del golpe se abre paso una retorsión no reglada, y que alcanza a estamentos del país que en principio no parece que hayan intervenido en el golpe, como los jueces. Sabemos por la Historia que el fin del Estado (de derecho) suele empezar por las purgas de los jueces. Observemos, porque hubo quien dijo que el partido en el gobierno de Turquía era una especia de democraciacristiana (islámica).

Por acabar con Hamilton, sabes de sobra que murió en un confuso duelo con el vicepresidente Aaron Burr. No se sabe bien, si fue por motivos personales o causas políticas. Pero, conociendo el final poco importa. Déjame que te apunte una interpretación psicologista que tiene que ver con un antecedente. Uno de los hijos de Alexander Hamilton murió en un duelo años antes, se dice que fue por defender el honor de su padre. Y que su padre le pidió que no disparara al cuerpo del contendiente, esperando que él hiciera lo mismo y las balas se perdieran, dando por despachado un duelo incruento. Él hizo lo mismo, pero el vicepresidente Burr tiró a matar.

Pero está bien, que el gran Alexander Hamilton escriba las últimas letras de la carta de hoy. Primero los motivos que él mismo se dio para no acudir al duelo y segundo la razón para acudir.

1)porque era acto inmoral; 2) porque podía destruir a su familia; 3) porque podía dejar deudas sin pagar; 4) porque no había ninguna razón personal contra Burr, sino únicamente razones políticas.

A aquellos que, aborreciendo como yo la práctica del duelo, pueden pensar que no debería aumentar el número de los malos ejemplos, les contesto que mi relativa situación, tanto en público como en privado, al reforzar todas las consideraciones que constituyen lo que los hombre de mundo denominan honor, me impone, o así lo pienso yo, la necesidad de no declinar la citación.

Cuídense.

Cartas babianas (LXXXVIII)

Queridos veraneantes:

Aquí, a la orilla del océano ha amanecido con un sol radiante. En cambio, otros días las nubes tardan en disiparse, como si se tratara de un pesado telón que nadie pudiera descorrer con rapidez. La luz invita a encarar el día de otra forma, al fin y al cabo, la luz es una rigurosa excepción. Aunque la queja no lo sea.

El presidente de Estados Unidos visita España, e inevitablemente aparece el antiamericanismo empeñado en convertir aquel país en la fuente de todos los males. Al mismo tiempo, se pueden leer y escuchar calificativos muy gruesos sobre la cuadragésimo cuarta presidencia. La visita se mueve entre la anacronía y la urgencia de gran parte de los opinadores patrios. Nada nuevo. Afortunadamente para la concepción racional de un mundo libre y democrático, la alianza entre ambos países es fuerte.

Este fin de semana he comenzado a leer la única monografía en español, que he encontrado, sobre Alexander Hamilton (‘Vida, pasión y muerte de Alexander Hamilton’ de Antonio Rodríguez Baixeras). Uno de los políticos más lucidos. Sobre la mesa de mi estudio, tengo, a modo de inspiración, un pequeño busto de Hamilton, regalo de mi hermano. Es uno de los padres fundadores de Estados Unidos, autor de buena parte de ‘El federalista’ y primer secretario del tesoro. Además de haber tenido gran protagonismo en la Guerra de Independencia y haber formado parte del estado mayor del general y primer presidente George Washington.

Su principal tesis podría resumirse en la necesidad de un gobierno central fuerte (energetic). Esta concepción solo triunfó parcialmente porque se oponía a la defendida por Jefferson y Madison, que se harían llamar republicanos, por oposición al centralismo hamiltoniano que entonces se tildaba como monárquico, no hace falta decir que con carácter peyorativo.

Por eso choca bastante que la alternativa que se ofrece a los nacionalismos españoles del siglo XXI, frente a la descentralización autonómica de la Constitución de 1978 sea la solución federal. Presentando esta opción como un paso intermedio entre el supuesto centralismo autonómico y el anhelado separatismo de algunos territorios. El federalismo implicará necesariamente refortalecer la estructura central. Y el primer paso debe ser delimitar con mayor claridad las competencias que tienen las distintas Administraciones. El segundo, establecer mecanismos eficaces que garanticen la coordinación y una necesaria uniformidad de todas las partes. Eso sí, podremos llamar a los Estatutos de Autonomía constituciones y trenzar jurídicamente esas relaciones como una cesión de un poder preexistente. Lo que en el caso español solo podría hacerse a través de una ficción, puesto que ningún territorio dispuso nunca de un poder originario, como sí tuvieron las trece colonias británicas desde la Declaración de Independencia en 1776. Esta comparación basta para comprender hasta que punto el debate es irracional, y como todos los de esta especie no tiene fácil salida, salvo la de dar vueltas. Lo que sí resulta necesario es argumentar frente a la fábrica de agravios centralistas en la que se han convertido nuestros nacionalismos.

Vuelvo a Hamilton. Construyó su idea de un Estado federal fuerte sobre un tesoro que también fuera fuerte y que se hiciera cargo de la deuda de todos los Estados. Te subrayo, aunque no es necesario porque ya te habrás dado cuenta, que esta polémica está de actualidad en Europa. Los argumentos que se oponían a esta decisión son los mismos que ahora sirven para rechazar los bonos europeos. Madison, representante de Virginia, argumentaba que no era posible que un Estado como el suyo saneado tuviera que compartir las deudas de otros Estados. En este punto decisivo, triunfó Hamilton, conocido por entonces como Alexander Assumption. De paso, triunfó la Unión política.

No quiero entretenerte más. Necesitamos un Hamilton nacional y europeo.

Cuídense.

En medio del bucle

Esta página siempre ha sido un desahogo. A veces un desahogo sin agravio, un desahogo invisible, inexplicable y sin ningún interés. En esta ocasión es distinto. El Reino Unido ha votado –quizá ese sea el primer error– por el Brexit. La belleza de la economía de la lengua inglesa, en dos sílabas han concentrado un mundo. Estoy abatido por cómo el mundo está cambiando y nos distanciamos de los mejores paradigmas: libertad y democracias abiertas. En realidad, la averiguación de la verdad y su explicación está cediendo ante las mentiras, los prejuicios y los mensajes simples. Ya no es que en los bares se solucione el hambre del mundo en cuatro patadas, sino que las cuatro patadas han pasado al discurso político. Y, en determinados sectores, empiezan a ser mayoritarias sino hegemónicas. Primero llega la simplificación, luego la mixtificación y después las desgracias.

Uno no puede ser europeo sin George Orwell, sin la agudeza de Chesterton, sin Locke, Hobbes ni Burke, sin John Stuart Mill, Bentham, sin Conan Doyle, Jules Barnes, sin Darwin, sin Churchill o Gordon Brown o sin las lecturas de Tony Judt, Adam Smith o Keynes. Y sin el gran John Donne. Cito en desorden algunos de mis héroes británicos.

Y también sería difícil explicar el derecho europeo sin: «vuestros súbditos han heredado esta libertad de no poder ser compelidos a contribuir con impuesto, exacción, ayuda o carga alguna sin el consentimiento general de la comunidad expresado en el Parlamento […] Por ello, suplican humildemente a Vuestra Excelentísima Majestad que nadie esté obligado en lo sucesivo a realizar donación gratuita, préstamo, ni pagar ninguna contribución, impuesto o carga similar sin el común consentimiento a través de una Ley del Parlamento; que nadie sea citado a juicio ni obligado a prestar juramento, ni a prestar servicios, ni pueda ser detenido, inquietado o molestado de ninguna otra manera, con motivo de dichas exacciones o por rehusar a pagarlas; y que ningún hombre libre sea encarcelado o detenido de la manera antes indicada […]» (Petition of Rights, 7 de junio de 1628).

Aquí está el principio de legalidad tal cual; y el Parlamento como órgano para resolver los grandes asuntos del Estado. Esto es la comunidad de derecho a la que se refiere el Tratado de la Unión Europea en su artículo 2: «[l]a Unión se fundamenta en los valores de respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos…».

Desde el suelo me regala una sonrisa honda y despreocupada. No puedo dejar de pensar que en su mundo, no habrá Erasmus en Inglaterra, ni una cola propia para ciudadanos de la Unión en las aduanas del Reino Unido.

Los hijos de quienes combatieron y ganaron la II Guerra Mundial convertidos ahora en abuelos parece que no quieren que el futuro de sus nietos se parezca al suyo: paz, sanidad, educación y pensiones. La prosperidad enterrada por el nacionalismo, nada nuevo. A nuestros bisabuelos no les asustó ¿y a nosotros?

¿Y mañana qué?

El día de reflexión terminaba con un concierto en directo de Vetusta Morla. Siempre resultan armónicos, y sus enigmáticas letras huyen a carreras de lo obvio. «Las palabras que no existen nos pueden salvar» es una cáscara en la que pueden viajar grandes ideas, sobre todo en un día como hoy en el que estamos obligados a pensar en mañana. Cosa que no hacemos a menudo y no siempre porque no queramos.

El voto oculto es clave. Se supone que es el voto inconfeso que las encuestas no pueden detectar. A estas horas todo el mundo tiende a pensar que es su voto, la inercia de creer lo que nos conviene. Sorprende que los partidos acepten mansamente que hay personas que no se atreven a decir en público que los votarían. Al fin y al cabo lo que cuenta es que finalmente los voten.

Este fenómeno es una manifestación más de la distancia de la política realmente existente y los ciudadanos. A estos les cuesta confesar su preferencia ideológica y a aquellos no les importa demasiado.

Empíricamente el voto oculto –al menos para las encuestas– en las últimas elecciones nacionales, las europeas, ha ido a parar a Podemos y en menor medida a Ciudadanos. Veremos si esta noche se puede decir otra cosa.

Para los que no hemos vivido la Transición, estas elecciones tienen especial interés. Hasta ahora el esquema político se movía entre dos grandes partidos nacionales que gobernaban en solitario o apoyados por los nacionalistas. IU se mantuvo al margen de la suma de mayorías, en el ámbito nacional. Sin duda, por decisión propia y suponemos que estratégica, pero también, porque la falta de senadores planteaba problemas prácticos a su socio natural, el PSOE. Este esquema se va a romper y posiblemente las muletas serán otros partidos, sin descartar que las mayorías hasta ahora apoyadas se conviertan en minorías de apoyo. El experimento ya se ha producido a escala autonómica, donde el PP ayudó a un gobierno autonómico de CiU, mientras CiU apoyaba al gobierno nacional del PP. Y el PSOE formó coalición con el PNV en el País Vasco, quien también sostuvo al gobierno nacional del PSOE.

Hasta 2004 la lógica de gobierno no obedecía a la lógica izquierda/derecha, puesto que los dos grandes partidos de cada ala se apoyaban en los mismos partidos. A partir de las dos anteriores legislaturas, se gobernó en base al eje izquierda/derecha, los gobiernos del PSOE buscaron la alianza de ERC, nacionalistas pero de izquierdas, con perdón del oxímoron y una mayor complicidad con IU.

En 2015 el panorama político nacional parece que va a cambiar, los nacionalistas dejarán de ser decisivos en el gobierno de España, sin dejar de reinar en sus territorios, mientras que, al mismo tiempo, emerge un partido que quiere la hegemonía de la izquierda española (Podemos) y otro (Ciudadanos), que en el corto plazo, podría ser bisagra para formar mayorías con los dos grandes partidos.

Para continuar habrá que esperar a que se esclarezca el voto oculto. Momento en el que ya no habrá sitio para la especulación y el consuelo.

Series políticas

Las series son uno de nuestros principales entretenimientos. Una trama dividida en capítulos sucesivos, que sin embargo puede consumirse de golpe. La televisión convertida en una novela que se puede llevar a cualquier sitio. Socialmente cumplen una misión formativa (ejemplarizante) que ningún otro agente podría hacer. El fin principal de toda ficción es tomar la realidad. Por eso nunca he entendido que el dicho: «la realidad supera a la ficción», se presente como una paradoja. La verdadera vocación de la ficción es alcanzar a la realidad, en otras palabras, la ficción siempre va por detrás. Solo cuando triunfa el modelo que propone, cuando ese es su objeto, podría decirse que adelanta a la realidad.

Todo esto para tratar de explicar que las series de médicos acaban por crear más médicos, las de abogados más abogados… Si una sociedad quiere tener mejores abogados, una buena forma de conseguirlo es proponiendo un modelo atractivo, ¿cómo? a través de una serie de televisión. Creo haber leído en algún sitio una correlación entre las vocaciones jurídicas de los años 80 y la famosa ‘Ley de Los Ángeles’.

Últimamente han ido apareciendo series políticas. ¿Será un intento de mejorar nuestra clase política? Buscamos a un Presidente como Barlet, o la vacuna contra la falta de escrúpulos de Underwood. La idea, por necesaria, no parece descabellada. Mientras que ‘West Wing’ nos ofrece un modelo (el deber ser), ‘House of Cards’ nos describe, pensemos que hiperbólicamente, el ejercicio político real (el ser). El éxito de estas dos series demuestra que existe un interés real por la política. Se ven los intereses que mueven a los políticos, que podrían reducirse al de su supervivencia, pero también, los dilemas que les salen a su paso.

En un sistema democrático el instinto de mantenerse en el poder, en principio no es malo, equivale a conseguir la mayor adhesión del cuerpo electoral. Sin embargo, cuando esa es la única preocupación del político diremos, peyorativamente, que son populistas. En consecuencia aceptamos que las decisiones políticas son complejas y que en ocasiones, las mejores no dan lugar a un aplauso general e inmediato. Siguiendo el argumento, el votante racional está dispuesto a admitir como óptimas, decisiones que no le beneficien; de lo contrario, el populista sería el gobernante deseado. Apurando la conclusión, el político ideal debe estar dispuesto a perder, es decir, debe actuar contrainstintivamente. Churchill ganó la Guerra y perdió las elecciones, pero un tiempo después volvió a ganarlas.

Ningún problema tiene una solución fácil, llegados a un punto, el político solo trata con dilemas, con soluciones que siempre son difíciles. El argumento de estas series siempre se arma sobre un dilema. Los espectadores vemos la justificación que sirve para desmontarlo, y las contradicciones que forman el irreductible núcleo de la decisión política.

Los políticos deberían darse cuenta de que los ciudadanos conocen estas circunstancias y actuar de acuerdo con ello.

‘Borgen’ es la serie europea que muestra el interior de la política parlamentaria de Dinamarca, con el interés añadido de que el poder está diseminado en varios partidos y el pacto es imprescindible. Con los tiempos que corren será bueno que todos la veamos aquí.

Politics & Penguins

Los pingüinos serán la referencia etic, los impasibles observadores. Hecha esta aclaración puedo comenzar, al fin y al cabo, la primavera ya se ha desatado. Los pingüinos nunca deberían escribir las biografías de los políticos. Lo he aprendido al pasar la última hoja del magnífico libro de Roy Jenkins sobre Churchill. Después de más de mil páginas cualquier pingüino podrá imaginarse cabalmente lo que significa gobernar, hacer política y el eco que reverbera en cada uno de los dilemas que hay que afrontar. Al lado de cada gran tema hay un detalle que la Historia considerará banal, pero que sin embargo, habrá definido el acontecimiento. Una carta o un comentario crítico al último discurso, un desplante, o no haber sido invitado a una cena. El poso amargo que a veces dejan los días. El pingüino nunca lo verá y si lo hace lo deformará en la exageración del hallazgo. Pronto veremos como se publica la colección de correos, mensajes o whatsapps de los políticos eminentes. Nunca la conversación escrita se ha parecido tanto a la hablada, pregunta y respuesta. Pero solo alguien que haya estado en política podrá colocarla en sus justos términos.

Churchill es un personaje tan transparente que era necesario descubrirlo, es decir, desvelarlo a través de sus decisiones, sus tácticas, sus silencios, sus cambios de humor e incluso de partido. Se confirma que a sus discursos les prestó sus mejores horas, y se nota.

Puede que llegue el día en que el juego limpio, el amor a los otros hombres, el respeto por la justicia y la libertad, permitan a generaciones atormentadas marchar hacia delante serenas y triunfantes después de la espantosa época en la que tenemos que vivir. Entretanto, jamás hay que acobardarse, jamás que cansarse, jamás hay que desesperarse.

Un buen político conoce siempre a quien se dirige, por eso usa las palabras precisas y por eso nunca se detiene ante el futuro ni se vuelve constantemente atrás en busca de un pretexto, una explicación o un dato técnico, ni siquiera en su última intervención.

A los pingüinos cada vez les interesa más lo que hacen los políticos. Los políticos se han dado cuenta y han comenzado a dejar que vean lo que antes no parecía importarle a casi nadie. Por mucho que las normas constitucionales y de representación sean las mismas, los términos de la delegación están cambiando por momentos. La confianza ya no se presume y la responsabilidad ha pasado de ser un concepto vago asimilado a la revisión cuatrienal a una responsabilidad del caso concreto.

Me he decidido a hablar de los pingüinos y de la política, así que continuará.

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Ha sido el primer gran éxodo de este año. Hay mucho sitio para aparcar y el barrio se queda vacío, salvo por algún distraído visitante. Desaparecen las distancias y disminuyen los ruidos. El vecindario también se ha ido y el largo pasillo está más desalmado que de costumbre. Este es un edificio de paso, una especie de gran colegio mayor en el que solo permanecen los recalcitrantes. En cada puerta hay una historia de viajes y aventuras. También de huidas precipitadas en las que los inquilinos abandonan todos sus enseres, porque la fuga lo merece. Fantaseo con que nunca regresen a su lugar de origen. Pero se van con pesadas maletas y eso me hace sospechar en que solo quieren aligerar su equipaje, se van donde los esperan.

Otros en cambio vienen contando grandes historias. Se mudan para alejarse de un amor fallido, y se aferran a la idea de que en casa nueva, vida nueva. Son esas personas que necesitan cambiar de lugar los muebles, al menos, una vez al año. Acaban descubriendo que nada de lo que tienen es realmente nuevo. Con el tiempo se irán, puede que encuentren un vecindario más distinguido que no los conozca y mientras dure su anonimato durará su felicidad.

Mañana

Se acerca el día y sigo sin poder escribir la entrada que debiera. Solo acierto a enviarte cartas durante el verano, como cada vez que nos separábamos. Siempre me respondías. Sigo sin poder releer tus respuestas y sin abrir durante más de dos segundos las fotos que tengo diseminadas por el ordenador y el teléfono. Sigo teniendo mucho miedo a la muerte de los que quiero. Los duelos se acumulan y solo los extingue la propia muerte. Es estrictamente falso que el tiempo cure, quizá alivie, no digo que no, como la esperanza de haber contribuido a alguna de las múltiples formas en las que fuiste feliz.

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El año hiperelectoral comienza, pero antes de que se desaten todos los fantasmas que han sido convocados conviene tomar aire. La Constitución Española de 1978 es una excepción en la Historia de España —esa Historia de todos los demonios—, porque ha permitido la alternancia política y que todos los ciudadanos hayamos podido vivir en libertad. Toda obra humana tiene padres, y las excepciones no se producen por casualidad. Podemos convenir que su desarrollo ha sido imperfecto y que por sus grietas ha entrado el malgobierno. Entendido como la corrupción, la ineficacia y los demás males. Nada que no tenga remedio. Entendiendo por remedio la regeneración, el cambio, la reforma; en una palabra, los ajustes que sean precisos para que el país funcione de la mejor manera posible. Lo que podrá hacer cualquier partido; los que ya lo han hecho y los que se postulan para hacerlo por primera vez. No obstante, sospechemos de quienes se atribuyen en exclusiva, aunque sea solo a efectos dialécticos, la capacidad para hacerlo. Este objetivo, antes como ahora, solo se podrá conseguir con un amplio acuerdo. Lo otro son imposiciones, y las imposiciones dialécticas no existen.

Inteligencia y temperamento

Hace tiempo que he dejado de oler el verano. Aquel característico sabor a hierba seca. Aquellos veranos interminables que siempre acaban con la impaciencia de empezar. El tiempo siempre se acorta. El tiempo siempre es temible. Pronto empezaré a escribirlo, no llevo la cuenta pero son varios años de cartas babianas. Resulta la mejor forma de descanso.

Escribir las cartas es una forma de sentarse a esperar. Sustituye al rítmico movimiento de pie o al ensimismamiento tan propio de los días de calor.

En un magnífico libro de Ignatieff, ‘Fuego y cenizas’ he descubierto una comentario que mi admirado Oliver Wendell Holmes hizo de Roosvelt, creo que se refería a Franklin y no a Theodore que fue el presidente que lo nombró. Lo importante es el comentario: «poseía una inteligencia de segunda y un temperamento de primera». Diría que es un elogio envenenado, como a la postre lo son todos. Puede decirse que el temperamento es hijo de la inteligencia, y en consecuencia que la inteligencia es la madre de todo lo que hacemos. Tampoco nos resulta extraño encontrar a pusilánimes listos y a ardorosos tontos. Con lo que la distinción, a efectos descriptivos es pertinente.

Si vemos el comentario como un elogio, concluimos que al político le pedía temperamento. A un político en guerra desde luego, por eso me inclino a pensar que se trataba de Franklin.

Forzaré la interpretación para asegurar que el inteligente no necesita el temperamento: poseía un temperamento de segunda y una inteligencia de primera. Me temo que precisamente por el temperamento de segunda, esta afirmación nunca podría existir, nadie conocería al sujeto.

El libro de Ignatieff es un libro sobre un intelectual metido en política. Un espacio que en ocasiones parece una reserva aborigen a la que no conviene acceder ni con la que interesa mezclarse. La valentía de Ignatieff es contar ese tormentoso viaje, sin que sea un ejercicio de expiación. Es un tratado de política, en el que se puede leer que es más importante que un político diga lo que va a hacer que diga lo que piensa. Estoy de acuerdo, la realidad y la teoría nunca compiten, siempre gana la primera. No se alarmen, no se trata de abolir los principios sino de que estos no sean un mero adorno.

Este libro es una notable referencia para observar la política de cualquier país civilizado (Canadá).

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