Anatomía de un instante. Javier Cercas busca explicar el 23 de febrero a partir del aguerrido gesto de Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Lo extraño es que lo consigue. Ha escrito un relato lineal, concienzudo, desechando las cábalas y exponiendo con verosimilitud los hechos. En realidad, coqueteando con la ficción (el fatal sino del escritor), ha conseguido poner fin a una historia interminable. Para valorar el logro, su lectura habrá de reposar y ser convenientemente cernida. Los que sólo sabemos por referencias ajenas, qué estábamos haciendo aquella noche, el que por fin amaneciera, nos ha aliviado, y en qué medida.
Los periodistas han urdido trabajosamente una trama inacabable, llena de flecos, de equis sin despejar, de silencios, de dudas, de insinuaciones, de fingimientos, de sombras… Con hechos deslavazados, alguna coincidencia pertinaz y extrapolaciones históricas tan extravagantes como socorridas, el 23 de febrero era un enigma sin resolver. Una conspiración más. No es que seamos conspiradores de café o salón, esencialmente somos un pueblo de conspiradores literarios. Lo sorprendente aquí, es que sea un escritor quien haga el conjuro expulsando a los demonios. La explicación sencilla se impone con estridencias, y expurga el rastro mítico del 23 de febrero. Ya no hay personajes inmaculados; la contradicción hace mella en todas las almas.
La ficción que contiene el libro se reduce a largos excursos basados en interpretaciones psicologistas. Marcadamente verosímiles, incluso conversaciones que si no ocurrieron así, hubieron de aproximarse. Cercas las recrea con sencillez, mostrando el lado más romo de personajes cebados por un instintivo e histriónico sentido de la responsabilidad histórica, bien como salvapatrias, bien como garantes del orden coronado. Y en todo caso, si no hubieran existido o si en medio del asedio hubieran conferenciado sobre la teoría del Estado, es decir, sin urgencia ni nerviosismo; insisto si así fuera, el libro quedaría indemne.
Los tres personajes que se mantienen erguidos, dirigen la narración, dirigida, insisto, a dar un final a una historia suspensa. El 23 de febrero pone fin a la transición y sepulta a los tres hombres. El presidente Suárez culmina de pie su obra, podría decirse, apurado por la lectura del libro, que nuestro hombre son sus gestos. Además de ese gesto, todos retenemos el rostro aliviado con el que vivió la aprobación de la Ley de Reforma Política, que acababa para siempre con quienes la habían aprobado.
Los lectores nos preguntamos: ¿a quién deja bien el libro? ¿con quién ajusta las cuentas el autor? ¿qué defiende? No hay respuestas, porque Cercas se aleja apoyado en datos. La realidad nunca corona a nadie, salvo que medie la fe de la secta. Por eso el libro desconcierta tanto, porque habla de la «placenta del golpe» de quienes limpiaron, armaron y cargaron aquellas armas. Expiadas todas las culpas, con el juicio a aquellos militares atrabiliarios y anodinos; las otras responsabilidades no desaparecieron, el libro las señala con claridad. La distancia parece traerme un cuadro de sujetos que se manejaron con cierta frivolidad, desestimando la amenaza o fantaseando frenarla con una operación ‘De Gaulle’ a la española. Delirante.
Javier Cercas ha desprogramado cualquier intento de consolidar una versión oficial, que por definición deje a todos bien parados. Al tiempo que ha evidenciado la insostenibilidad de un acontecimiento inexplicado, o de una trama velada. Ha puesto el guión de la película del 23 de febrero. El libro debería traducirse pronto al inglés y caer en las manos de Oliver Stone; de no ser así prefiero que el libro sea libro.



La polémica portada sirve de reclamo a